El legado crítico del artista Carlos Gorriarena llega al Centro Cultural Recoleta

El legado crítico del artista Carlos Gorriarena llega al Centro Cultural Recoleta

Lo había dicho él mismo; su paso por la Escuela de Bellas Artes había sido corto pero fructífero, cuando a los 17 años Carlos Gorriarena tuvo la oportunidad de formar parte de las aulas de Lucio Fontana y Antonio Berni durante los años 40. Su universo es motivo ahora de una muestra en el Centro Cultural Recoleta.

Aquellos años 40 fueron una época en la que el debate y la ruptura ingresaban en el arte argentino, con el surgimiento de lenguajes abstractos y corrientes como el Arte Concreto, que se alejaban con determinación del Nuevo Realismo que había dominado la década anterior, cuando la necesidad de denunciar la desigualdad social se materializó en la pintura.

Esa postura crítica, aunque con un tono mucho más irónico y estridente, también se colaría en la obra de Gorriarena, logrando incomodar y exponer las verdades de su tiempo.

Sin embargo, después de esa primera experiencia, el joven tomó la decisión de que la educación formal no era para él y se refugió en el taller de Demetrio Urruchúa, a quien describió como «un ejemplo de vida enrolado en un importante grupo de pintores sociales»–, que valoraba la individualidad de los alumnos que pasaban por su ala protectora y que también estaba enlistado en las filas de la pintura crítica y de contenido social, mostrando la cotidianidad y los avatares de la vida en grabados, pinturas y murales, como la que realizó junto a Berni, Castagnino, Colmeiro y Spilimbergo en Galerías Pacífico en el año 1946.

Juntos conformaban el Grupo de Arte Mural, inspirados en la figura de David Alfaro Siqueiros, aunque a diferencia de México, en la Argentina las paredes aún no estaban disponibles para los artistas, por lo que ese fue su único encargo.

Con esa herencia indirecta, la posibilidad de aferrarse a la pintura se mantuvo firme en Gorriarena–más allá de que a lo largo de su extensa carrera muchas veces se anunciara la muerte de esa disciplina–, sosteniendo un afán por materializar personajes, momentos y situaciones diversas por medio de un método estético que por momentos podía sentirse «de otra época»: una paleta colorida y muy cargada, pinceladas expresivas y una entrega al exceso pictórico.

Los personajes que protagonizan su trabajo tienen además una cierta deformación con la que buscaba desobedecer cánones históricos y una «impronta irónica mordaz» que le dio a su hacer la identidad inquebrantable con la que avanzó sin mirar hacia los costados, ni buscó sumarse a las tendencias que se sucedían una detrás de otra a partir de los años 50, más allá de un paso por el Informalismo. Por eso, en algún momento se empezó a decir que ya no existían pintores como Gorriarena.

Sobre esa exuberancia de la materia, Raúl Santana, crítico, curador y su gran amigo, sugería en un texto que a pesar de que la violencia y el aspecto crudo de la condición humana estaban presentes en su obra, «ello no significa que esta pintura no acceda a una materia suntuosa, hecha de goces y alegrías que propone a cada instante los gestos y acumulaciones propias de quien siente su arte como ese ámbito en el que, más allá de un único mensaje, suceden acontecimientos que tienen que ver con la pintura como laberinto y posibilidad de otras tramas».

Gorriarena buscó visibilizar miradas altaneras, curvas sugestivas, rostros borroneados y cuerpos recargados que se convirtieron en arquetipos de figuras que conforman cualquier sociedad: el político de turno, el milico, la señora “bien”.

Símbolos de una burguesía decadente y al borde de la disolución, pero que sin embargo son centrales en sus tramas, por momentos explícitas y por otros empapadas de misterio.

A pesar de eso, su obra se entiende a primera vista, ya que no solo interpela sino que retumba en la mente con una postura política e ideológica directa.

Quizás por eso, o por el legado que sembró entre artistas de generaciones posteriores que encontraron en su figura la esperanza de la pintura, se podría pensar que Gorriarena fue uno de los grandes artistas del pueblo, a pesar de que no llegó a completar el casillero de lo popular, como sucedió con su maestro Berni, pero que entendía al humor como una herramienta para desafiar y brindar una visión histórica paralela, representando los acontecimientos de su tiempo, la conciencia colectiva y la defensa de la imagen –ese terreno donde las palabras no pueden abarcarlo todo–.

Quizás por eso, Gorriarena también fue un anarquista que expuso la “densa realidad» a través del color, ayudando a digerir lo complejo con una cuota de satisfacción.

En el 2025 habría cumplido 100 años y por esa razón se realizaron diferentes acciones, entre ellas una muestra en el Museo de Bellas Artes y este homenaje en el Centro Cultural Recoleta, que reúne un reducido conjunto de pinturas, fotografías y textos que funciona como un gesto que recuerda el estrecho vínculo que Gorriarena mantuvo con la institución durante muchos años, incluyendo una gran retrospectiva que se realizó a modo de despedida en el 2009, dos años después de su fallecimiento.

Carlos Gorriarena, en el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930), de martes a viernes de 12 a 21 y sábados, domingos y feriados de 11 a 21.

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