En febrero de 2015, Oliver Sacks le contó al mundo que se estaba muriendo. El famoso neurólogo se había enterado poco tiempo antes de que el raro melanoma que había tenido hacía nueve años en su ojo, y por el que había quedado parcialmente ciego, ahora había hecho metástasis en su hígado. La mala noticia le había llegado dos días después de haber entregado el manuscrito de su autobiografía En movimiento.
Saber que ese trabajo, al menos, estaba completo lo consoló ante la abrumadora tristeza. Para otro, hubiera sido una clausura poética, un cierre casualmente adecuado que invitaba al retiro. No para Sacks. Habría lugares a los que ya no iría y personas a las que no conocería, eso era cierto, pero todavía podía dedicar sus últimos meses a escribir todo lo que pudiera. Fruto de ese tiempo de trabajo contrarreloj, son los libros póstumos Gratitud (2015), El río de la conciencia (2017) y Todo en su sitio (2019).
Esos textos tardíos del “poeta laureado de la medicina”, según lo bautizó The New York Times, dan cuenta de su curiosidad arbórea y su característica voz, entre el rigor científico y el sentido del humor. Sacks da rienda suelta a su apasionamiento por todo el espectro de las ciencias naturales y las artes, así como a su sensibilidad, especialmente palpable en los textos en los que reflexiona sobre su propia vida.
En su obra, publicada en castellano por la editorial Anagrama, Sacks utilizaba casos clínicos de personas con diversas afecciones neurológicas –síndrome de Tourette, consecuencias de ACV, migrañas, casos de sordera, Parkinson, autismo, etc.– para explorar no solamente la enfermedad, sino también el funcionamiento del cerebro normal en temas como la percepción, la memoria o la creatividad.
Un enfoque empático
Sacks hizo bandera de un enfoque empático, privilegiando la escucha para descubrir el trasfondo de las condiciones de sus pacientes. En sus relatos de divulgación, recuperó una tradición narrativa presente desde el inicio de la medicina, más cercana a la crónica que al informe académico.
El río de la conciencia, de Oliver Sacks (Anagrama). Foto: imagen generada con inteligencia artificial.Mientras que por sus investigaciones se ganó el respeto de sus colegas (no sin sus detractores), sus singularidades lo convirtieron en una personalidad de la cultura popular. Uno de los personajes de la película Los excéntricos Tenenbaum está basado en Sacks, la banda escocesa Travis nombró a su segundo disco en honor al libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, que fue, a su vez, convertido en ópera, obra de teatro y una de las fuentes de inspiración de la serie de la NBC Brilliant Minds, estrenada en 2024.
Sin duda, la más memorable de las adaptaciones de las obras de Sacks es la película Despertares (1990) basada en el libro homónimo y dirigida por Penny Marshall. En el film, que recibió tres nominaciones al Oscar, el siempre carismático Robin Williams encarnaba al neurólogo y Robert De Niro, a uno de sus pacientes que despertaban casi milagrosamente de un estado catatónico provocado por una encefalitis letárgica gracias a la administración de L–Dopa. La historia tenía, como la mayoría de los trabajos de Sacks, condimentos de sorpresa, tragedia y dulzura.
Espantosamente tímido
Pese a su exposición pública, Sacks se consideraba a sí mismo como espantosamente tímido y, bajo su apariencia risueña, se ocultaba un hombre que padeció la soledad. Había nacido en 1933 y era el más joven de los hijos de un matrimonio de médicos de religión judía, Samuel Sacks y Muriel Elsie Landau, una de las primeras mujeres cirujanas en Inglaterra. A los seis años, fue evacuado de Londres para escapar de los bombardeos alemanes e ingresó en un internado.
Sacks plasmó sus vivencias de aquellos años en El tío Tungsteno. Recuerdos de un químico precoz, una primera autobiografía en la que daba cuenta de los maltratos que sufrió en el internado, pero también, del descubrimiento de un refugio en las ciencias físicas. Aunque la química fue su primer amor, terminó decantándose con entusiasmo por la profesión de sus padres. Tras el fin de la guerra, ingresó en Oxford para licenciarse en fisiología y biología y, finalmente, volcarse a la medicina.
Por esa época, también, se produjo un hecho que modificaría el rumbo de su vida. “Poco a poco me volví indiferente a las creencias y costumbres de mis padres, aunque no hubo ningún momento específico de ruptura hasta que cumplí los dieciocho años. Fue entonces cuando mi padre, al interrogarme sobre mis tendencias sexuales, me obligó a admitir que me gustaban los chicos”, escribió Sacks en uno de los cuatro íntimos ensayos de Gratitud. Al enterarse, su madre dijo una frase que él no olvidaría jamás: “Eres una abominación. Ojalá no hubieras nacido”.
Así, decidió dejar su Inglaterra natal, en donde todavía estaban vigentes leyes que penaban la homosexualidad, para instalarse en América. Tras un paso por Canadá, al que también le dedicó un libro, se instaló definitivamente en Estados Unidos, en donde residió hasta su muerte.
En la bulliciosa California de la década del 60, Sacks se aplicó a probar los extremos del cuerpo. Se integró a una comunidad de levantadores de pesas y llegó a romper récords, ganándose el mote de “Dr. Sentadillas”. El resto de su tiempo libre, lo dedicaba al consumo de drogas y desarrolló, según sus palabras, “una adicción casi suicida a las anfetaminas”.
Sacks ejercía sus excesos con disciplina y curiosidad científica, dejando registro de sus alucinaciones. Sus experimentos lo llevarían a tener una comprensión en primera persona de ciertas percepciones sensoriales que luego escucharía en boca de sus pacientes, muchas de las cuales contó en su libro Alucinaciones (2012).
Objeto de su propia curiosidad
Esa tendencia a constituirse en objeto de su propia curiosidad, tan a contramano de una ciencia que propicia la distancia y los roles fijos entre el rol del investigador y aquello que se estudia, no se limitó a su consumo de drogas. Sacks tenía él mismo una condición neurológica que le impedía reconocer rostros y, tras un accidente, también experimentó y escribió sobre la sensación de tener un miembro fantasma en Con una sola pierna (1984). En El río de la conciencia dedicó uno de sus ensayos a analizar los errores de la escucha, que se le habían vuelto más frecuentes con la edad.
Gratitud, de Oliver Sacks (Anagrama). Foto: imagen generada con inteligencia artificial.Al mudarse a Nueva York, fue dejando atrás los consumos, reemplazó las pesas por la natación y empezó trabajar en un hospital para enfermos crónicos en donde descubrió su vocación de narrador. Su carrera de escritor empezó en 1970 con Migraña. Luego, vendrían obras como Un antropólogo en Marte (1995), Musicofilia: relatos de música y el cerebro (2007) o Los ojos de la mente (2010).
Abocado a su profesión, Sacks fue célibe durante treinta y cinco años hasta que, a sus setenta y siete, finalmente encontró el amor que había anhelado en su juventud. El fotógrafo y escritor Bill Hayes fue su compañero hasta sus últimos días y es una de las firmas de los prefacios en las obras póstumas de Sacks.
En el escritorio en donde redactó sus últimos libros, el neurólogo tenía cajitas con elementos de la tabla periódica que le regalaban sus amigos en sus cumpleaños. El número ochenta y tres hubiera sido el de bismuto, un metal gris y modesto que le despertaba simpatía por ser tan marginado como esos pacientes a los que él había dedicado su vida.
Sacks se despidió a los ochenta y dos, la edad del plomo, con la esperanza de “perdurar en el recuerdo de los amigos y de que algunos de mis libros puedan seguir ‘hablando’ a la gente después de mi muerte”. Una década después, se intuye que su deseo se seguirá cumpliendo.
Gratitud y El río de la conciencia, de Oliver Sacks (Anagrama).









