Pedro Bonifacio Palacios nació el 13 de mayo de 1854 en San Justo, provincia de Buenos Aires. Su madre murió cuando él tenía cinco años, y su padre lo abandonó poco después.
Fue criado por una tía, en un hogar modesto pero lleno de libros. Desde chico mostró una inteligencia precoz y una sensibilidad aguda. Leía a los clásicos españoles, a los románticos franceses, y escribía versos con furia adolescente.
Una anécdota temprana lo define: a los 12 años, tras leer a Espronceda, escribió un poema titulado La libertad del alma.
Su tía, al leerlo, le dijo: “Pedrito, vos vas a tener problemas con los poderosos”. Y no se equivocó.
A los 16 años comenzó a trabajar como maestro rural en Chacabuco. No tenía título habilitante, pero su vocación era indiscutible. Enseñaba historia, literatura, dibujo y, sobre todo, pensamiento crítico. Los chicos lo adoraban, los inspectores le temían.
La beca que nunca llegó y el adiós a la pintura
Almafuerte también era pintor. En 1874 solicitó una beca para estudiar arte en Europa. La respuesta fue un silencio burocrático. El joven Pedro, herido, escribió una carta al ministro de Educación que terminaba con esta frase: “Si no me dan alas, aprenderé a volar con los puños”.
Esta frustración lo llevó a abandonar la pintura y volcarse por completo a la poesía. En sus versos, Europa aparece como símbolo de lo negado, lo deseado, lo lejano. En 1884, cuando se sancionó la Ley 1.420 de educación común, la burocracia lo expulsó del sistema por “carecer de título oficial”.
Almafuerte respondió con un poema incendiario: “¡Qué importa el papel sellado, si el alma enseña a pensar!”
En La Plata, trabajó como periodista en El Pueblo y El Nacional. Sus artículos eran demoledores: denunciaba la corrupción, la miseria, el abandono de los pobres.
En 1894, el presidente Luis Sáenz Peña lo convocó para ofrecerle un cargo público. Almafuerte lo rechazó con una frase que quedó en la historia: “Preferiría seguir siendo el perro que lame los pies del amo, antes que el perro que muerde el polvo del camino”.
El poeta que enseñó a no tener miedo
Almafuerte no escribía para los salones literarios. Escribía para los obreros, los marginados, los que no tenían voz.
Sus poemas son arengas, gritos, desafíos. En ¡Avanti!, uno de sus textos más célebres, dice: “Los que no tienen nada, ¡tienen todo! / ¡Tienen el porvenir en sus manos!”
Y en Più Avanti, su manifiesto vital: “¡No te des por vencido ni aun vencido, no te sientas esclavo ni aun esclavo!”.
El músico Ricardo Iorio nombró Almafuerte a su grupo musical en homenaje al poeta. / Archivo ClarínEstos versos se recitaban en fábricas, en sindicatos, en escuelas nocturnas. Almafuerte se convirtió en un símbolo de resistencia cultural.
En sus últimos años vivió en La Plata, donde fue bibliotecario y traductor. Allí compartió tertulias con Florentino Ameghino, Juan Vucetich, Alejandro Korn y Carlos Spegazzini. Los llamaban “los cinco sabios de La Plata”.
Pero Almafuerte decía: “Yo no soy sabio, soy un desesperado con buena memoria”.
Una anécdota de esta época: en 1915, un joven le pidió consejo para escribir poesía. Almafuerte le dijo, adelantándose unas décadas a Homero Expósito: “Primero viví. Después sufrí. Y recién entonces escribí”.
Murió el 28 de febrero de 1917, pobre, enfermo, pero rodeado de discípulos. Su entierro fue multitudinario. Los obreros llevaron sus libros como estandartes. Un niño gritó: “¡Murió el que nos enseñó a no tener miedo!”
Hoy, Almafuerte es recordado como el poeta de la dignidad, el maestro sin título, el rebelde sin partido. Su obra sigue viva en cada verso que desafía la resignación.
Una gran película argentina, Almafuerte, lo recuerda. Dirigida por Luis César Amadori y protagonizada por Narciso Ibáñez Menta, fue estrenada en Buenos Aires el 20 de diciembre de 1949.










