En el vestuario visitante del estadio José Amalfitani, después de que su equipo cayera por tercera vez consecutiva en la Liga Profesional y acumulara 10 derrotas en 15 partidos, Marcelo Gallardo estuvo media hora en soledad antes de saludar uno por uno a los jugadores, a los que les dijo “cabeza alta y mañana hablamos”, agarrar su maletín, y caminar lento hasta subirse al micro que había llevado a la delegación. Se fue sin hablar y a través de sus interlocutores de prensa se excusó de que era momento para reflexionar y meditar. Y les pidió a los dirigentes 24 horas para evaluar su futuro. La decisión ya estaba en su cabeza.
El Muñeco se fue de Liniers con la sensación de que la situación era irreversible y que lo mejor era dar un paso al costado, lo que anunció el lunes por la noche.
A pesar de la leve mejoría que había tenido el equipo en el segundo tiempo con el ingreso de los pibes, después del espantoso primer tiempo que jugaron los futbolistas de más experiencia, en un partido que era una prueba de fuego contra el Vélez de los Mellizos Guillermo y Gustavo Barros Schelotto, y de la bronca que tenía en el entretiempo, el entrenador terminó de darse cuenta que las cosas no daban para más, ni aun forzándolas.
El mensaje, evidentemente, ya no llegaba como el Muñeco quería o como pasaba en su primer ciclo. Y cuando eso sucede, la confianza y los estímulos se debilitan.
El lunes por la mañana Gallardo habló con sus principales laderos, Matías Biscay y Hernán Buján, que más que ayudantes de campo, son amigos de la vida. Y ellos le devolvieron la misma sensación: que el ciclo estaba cumplido.
A las 16.10 del lunes, una hora y cincuenta minutos antes del inicio del entrenamiento, en el que volvería a verse las caras con los jugadores, Gallardo llegó al predio de Ezeiza a bordo de su Mercedes negro. Antes del inicio de la práctica, le comunicó a todo el cuerpo técnico la decisión y esperó al plantel para darle la noticia de que el jueves sería su último partido.
En el medio, hubo una comunicación con el presidente Stefano Di Carlo, quien no tenía pensado ir al búnker del cuerpo técnico y el plantel, pero ante esta situación salió de Núñez para Ezeiza y antes de que terminara la práctica, pasadas las 19, llegó al RiverCamp en un auto gris, junto a su chofer. Allí ya estaba también Enzo Francescoli, quien había llegado a bordo de su camioneta como lo hace habitualmente y también participó del cónclave.
Di Carlo esperó el final del entrenamiento y allí se dio una charla con la presencia de referentes del plantel (Franco Armani, Lucas Martínez Quarta, Gonzalo Montiel, Juanfer Quintero, Germán Pezzella), en la que el entrenador le comunicó al titular del club, quien le renovó su contrato hace apenas tres meses, que no seguiría. Y acordaron que lo mejor era despedirse en el Monumental con el público riverplatense.
Acto seguido, junto a su equipo de prensa, Gallardo grabó el video con el mensaje de su partida en el que le agradeció a “aquellos que han creído en mí y en mi cuerpo técnico para representar a esta enorme institución”, destacó el “amor recíproco para con todos los hinchas” y deseó que “esta institución modelo en toda la región próximamente pueda encontrar buenos resultados futbolísticos para engrandecer todavía más lo que significa River en el mundo”. Y a las nueve de la noche la institución de Núñez emitió el comunicado anunciando el final del segundo capítulo de Gallardo como entrenador del club.
Y eso que el Muñeco había dicho la semana pasada, tras la agónica y sufrida victoria sobre Ciudad de Bolívar por la Copa Argentina que tenía “fundamentos” como para no pensar en renunciar. Que no seguía por ser “necio” a pesar de que los resultados no se le daban. ¿Qué habrá pasado en menos de una semana para que cambie la postura? Quizás, exageró esa declaración en San Luis para acompañar al grupo e intentar darle más confianza. Habló también de las “tres patas unidas”. Pero, en la cancha no hubo respuesta. Y las cosas podían ponerse más espesas y entrar de nuevo en ese tobogán de derrotas en el que había ingresado en 2025.
Como sea, de todos modos, trece derrotas (incluyendo el empate con Independiente Rivadavia que lo derrotó por penales en las semifinales de la Copa Argentina) de los últimos 20 partidos y 10 caídas de 15 en la Liga Profesional fueron suficientes como para entender que el problema exclusivo fue futbolístico y que el Muñeco no pudo llegar con ese mensaje que predicaba tan bien en su primera etapa y mucho menos encontrarle la vuelta a un plantel del que probó un sinfín de nombres y esquemas. Pero también falló mucho en los mercados de pases. Entre la mitad de los jugadores que trajo hay algunos que no juegan o lo hacen poco y otros que ya se fueron. Ya no podía dominar el barco como antes. Y todo llegó a un inevitable final.
Gallardo claudicó pero lo hizo con entereza, sin perpetuarse en el cargo y poniendo el club por encima de todo, a pesar del dolor que le genera irse de la institución. El jueves, ante Banfield en el Monumental, su casa, dirigirá su último partido como técnico de River tras un segundo ciclo para el olvido.










