Finalmente, se acabó el verso de que, si te considerás mujer, podés competir contra mujeres. El anuncio del Comité Olímpico Internacional de cara a los Juegos de Los Ángeles 2028 destruyó el argumento de la autopercepción. La medida marca un antes y un después en un conflicto deportivo que comenzó este siglo y abrió una “caja de pandora” de la cual ya escribimos en este diario desde hace más de una década.
El gran enigma sobre cómo comportarse con la reasignación de género ya se avizoraba. No cabe duda de que, de acuerdo con la mirada de Kuhn, hay un cambio de paradigma en la sociedad. Nuestra constelación de creencias, valores y técnicas compartidas por los miembros de una determinada comunidad entraron en discusión y los organismos internacionales que nuclean al deporte venían esquivando posicionarse desde hace años.
A pesar de que todos sabíamos que sentirte mujer no te convierte en mujer para el deporte, y la ventaja física de desarrollarte como hombre no retrotrae más allá de que limites tus niveles de testosterona, algunos quedamos circunstancialmente del supuesto lado equivocado, a contracorriente de los aires de inclusión de comienzo de siglo. Éramos los “conservadores” arcaicos que no queríamos aceptar una sociedad más abierta en que las mujeres trans compitiesen contra las mujeres.
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Para todos los que quedamos de este lado de la brecha fueron tiempos difíciles. A muchos nos acusaron y difamaron, incluso otras mujeres. Tal vez, el momentum de mayor algidez fue cuando la AFA sostenía la postura de aceptar a Mara Gómez, una mujer trans, en la competencia máxima del fútbol femenino y se mezclaba el feminismo con el movimiento LGBT en una misma corriente.
En aquel entonces, parafraseamos a Bill Clinton (“Es la testosterona, estúpido”) y no nos equivocamos. La nueva normativa justamente propone un criterio claro de diferenciación y se remonta a lo más fundante: la presencia o ausencia del gen SRY, asociado al desarrollo sexual masculino. El COI finalmente escuchó los reclamos de las mujeres deportistas que son quienes al fin de cuentas debían enfrentar a rivales de mayor desarrollo físico y dio un viraje firme.
Para entender los cambios, vayamos en orden. En primer lugar, conviene ordenar lo que es conceptual. El deporte de alto rendimiento no es un espacio neutral: es un sistema de clasificación y competición con premios, reconocimientos y retribuciones tanto pecuniarias como extrapecuniarias.
Para competir en un marco de paridad, los deportistas se agrupan por edad, por peso, por capacidad funcional. Por eso existe la categoría femenina, no por una cuestión identitaria, sino por una necesidad competitiva: la de compensar diferencias biológicas estructurales que otorgan ventajas significativas en fuerza, potencia y velocidad.
En su textual, el documento del COI afirma lo que ya sabíamos: “En consonancia con los efectos funcionales de los niveles más altos de testosterona circulante, los hombres tienen músculos esqueléticos y huesos más grandes y fuertes, corazones más grandes y fuertes, mayor tamaño pulmonar, más glóbulos rojos y menor grasa corporal que las mujeres entrenadas a un nivel equivalente”.
Pero además de las cuestiones estructurales, hay también diferencias funcionales entre mujeres y varones que incluyen al ciclo menstrual, el tejido mamario y la gestación, y diferencias anatómicas, como la laxitud periódica de los ligamentos o el ancho de caderas.
Hubo un tiempo en que esto, que siempre fue así de claro, se puso en discusión producto de una tensión política y cultural. ¿Que si bajamos la testosterona alcanza? ¿Que si entonces exigimos una cirugía de reasignación de género? Nada de eso sirve. Si te criaste como hombre, nunca vas a ser biológicamente como una mujer, aunque bajes tu testosterona o te operes. Ya que nunca vas a menstruar, ni aumentar tu tejido adiposo mamario, ni modificar tu esqueleto óseo.
Durante la última década, el deporte de alto rendimiento intentó integrar a atletas transgénero bajo distintos modelos regulatorios. Todos los modelos fracasaron, demostraron limitaciones y despertaron cuestionamientos, cada vez más crecientes, desde el colectivo de atletas mujeres. La discusión dejó de ser abstracta cuando se empezó a observar en resultados concretos, en clasificaciones y podios. Deportistas de alto rendimiento mediocres como hombres se convertían en superlativos en las competencias femeninas.
Por eso, había que ponerle el cascabel al gato, y el criterio de presencia o ausencia del gen SRY simplifica la determinación desde lo operativo, aunque no necesariamente resuelve por completo el tema desde lo biológico.
La sociedad no es binaria, pero el deporte tiene que tener su marco de contención basado en la paridad competitiva. Existe una diferencia enorme entre padecer una alteración cromosómica y la autopercepción femenina.










