Con la verde pradera geopolítica de antaño convertida en un campo minado, hay signos de que la Unión Europea y China caminan hacia una versión más pragmática de una relación marcada hasta ahora por la desconfianza. Es apenas un acercamiento táctico, motivado por la hostilidad de Estados Unidos. Cargado de suspicacias por ambos lados. Y que en Europa protagonizan más algunas cancillerías que las propias instituciones comunitarias. Bruselas sigue agarrándose a la retórica del apaciguamiento con el trumpismo, y el negativo fotográfico de ese atlantismo no permite alegrías con China. Pero han surgido voces que piden dar un paso adelante, sin líneas rojas, con Washington y con Pekín.
Cuando EE UU era el aliado histórico, la Comisión Europea definía a China como “socio, competidor y rival sistémico”, una macedonia confusa en la que primaba el énfasis en la rivalidad. Ese sesgo negativo no ha desaparecido. Pero la beligerancia del presidente Donald Trump obliga a la Unión a reconsiderar su mirada hacia Oriente, como ha hecho Canadá. Es lo que relatan, con mil y un matices, una quincena de fuentes consultadas para esta crónica en Bruselas, en varias capitales y entre los think tanks (laboratorios de ideas) y académicos europeos, chinos y estadounidenses.
Si el propio Trump se ha visto obligado a entenderse con Xi Jinping, ¿por qué no debería Europa hacer lo mismo? Bruselas recela por el papel de China en la guerra entre Rusia y Ucrania. El vínculo de Pekín con Moscú provoca sarpullidos en los países cercanos al conflicto. Además, el boom exportador chino está castigando a la industria continental.
“La última cumbre China-UE fue un desastre diplomático, con [Ursula] Von der Leyen [presidenta de la Comisión Europea] elevando el tono de sus críticas por los derechos humanos y el proteccionismo, a remolque de las posiciones de EE UU. Pero Trump ha virado en su relación con China, y varios países reclaman a la UE menos atlantismo y más pragmatismo”, describe Josep Borrell, exjefe de la diplomacia europea.
España abrió camino a esa vía tras un viaje de los Reyes en noviembre. Esa aproximación levantó cierta controversia, pero Pedro Sánchez sigue con el propósito de profundizar en la asociación estratégica integral con Pekín; en abril está prevista su cuarta visita en tres años. Franceses, británicos, finlandeses, irlandeses y checos han organizado viajes al más alto nivel. Canadá ha ido más lejos, con el discurso de Mark Carney en el Foro de Davos y sus acuerdos con China. Bruselas está pendiente de Alemania para ver si ese giro es posible.
Eso se verá pronto: la semana entrante. El canciller alemán, Friedrich Merz, viaja a Pekín el martes con una treintena de capitanes de industria. Merz ha consumido sus energías entre la profunda crisis de su modelo económico, Ucrania, el gasto militar y la complicada relación transatlántica. Y lleva el susto en el cuerpo: su industria pierde mercados y destruye empleo, presa del pánico por el empuje de China.
Esa sensación se extiende por patronales, sindicatos y think tanks. “Hay que enviar señales fuertes para proteger a la industria”, ha dicho el primer ejecutivo de BASF, Markus Kamieth. “Alemania se enfrenta al riesgo de desindustrialización”, subraya el sindicato IG Metall. Merz tiene ante sí un desafío colosal: redefinir una relación económica desequilibrada sin caer en una espiral negativa de intercambio de golpes. Ha adelantado que buscará una “asociación estratégica” con China, que recuerda a la vía canadiense, pero su círculo apunta que habrá también mensajes duros: el tradicional jein alemán, un sí pero no.
El rifirrafe a cuenta del coche eléctrico es quizá el mejor termómetro de la relación con los chinos. Cuando en 2024 Bruselas impuso aranceles a los vehículos chinos por sus subvenciones, el tono se agrió. Pekín lanzó una batería de represalias contra el porcino, los lácteos y el brandy de la UE. Más adelante, en plena refriega con EE UU, China impuso controles a la exportación de tierras raras y estuvo a punto de paralizar las fábricas alemanas.
Eso ha cambiado: hace unas semanas, mientras Trump amenazaba a Groenlandia, Bruselas rebajaba la tensión al permitir que los exportadores chinos de vehículos eléctricos puedan beneficiarse de aranceles cero si se llega a un acuerdo de precio mínimo de venta en la UE. Y China ha rebajado sus aranceles.
En contraste con las continuas bravatas del trumpismo, Pekín interpreta ese acuerdo como un triunfo de su diplomacia: “Refleja el espíritu de diálogo entre China y la UE”, celebró el Ministerio de Comercio. Un “aterrizaje suave”, lo bautizó el Global Times, parte del aparato de propaganda del Partido Comunista. “Es una noticia que podría hacernos ver la luz al final del túnel”, admite con cautela una fuente europea en Pekín. “Está por ver”, continúa, “pero hay señales positivas, o menos negativas de lo esperado”.
“Europa está redefiniendo los riesgos con Washington y eso incluye su relación con China”, subraya el politólogo Reuben Wong. “La actitud de la UE ha cambiado”, señala Wang Yiwei, de la Universidad Renmin de China, pero más entre los mandatarios de cada país y “no tanto” en Von der Leyen y las instituciones. El cambio tiene mucho que ver con la inestable falla transatlántica: Wang considera que la UE comparte hoy con su país (más que con EE UU) la lucha en favor del multilateralismo, aunque esta sintonía sea algo que Bruselas “no puede reconocer”, al menos abiertamente.
Y así es: al menos abiertamente. Las fuentes consultadas se aferran a los últimos discursos de Von der Leyen, en los que se queja amargamente de las dificultades de acceso al mercado chino, de la sobrecapacidad, de las medidas coercitivas sobre minerales críticos, del apoyo de Pekín a los rusos. Otras fuentes admiten, en privado, que Trump obliga a Europa a moverse. “Canadá ha marcado un camino y varios socios están dispuestos a explorarlo”, afirman. Olivier Blanchard, execonomista jefe del FMI, cree que Europa debe seguir viendo a China como socio, competidor y rival sistémico, “pero nunca como enemigo”. “Debe acostumbrarse a negociaciones difíciles, pero hay que dejar atrás la amenaza de una guerra comercial”, opina.
El Gobierno español admite las suspicacias, pero subraya que varios países piden más realismo. “Hubo críticas a España tras su acercamiento, pero muchos socios han hecho exactamente lo mismo antes y después. El viaje de Merz [la próxima semana a China] es importante”, remarcan fuentes del Ejecutivo. Ignacio Molina y Miguel Otero, investigadores del Elcano, explican que España tiene “menos ansiedad estratégica” que otros países en las grandes agendas internacionales, y abogan “por usar esa palanca con inteligencia”.
El déficit comercial europeo con China ronda los 360.000 millones. Es un agujero colosal que crece a toda velocidad. Los aranceles estadounidenses han provocado que China descargue en Europa su exceso de capacidad de producción. Bruselas teme que varios países europeos pierdan sectores enteros de la economía por esa entrada de producto chino, y critica los subsidios. Los chinos contraatacan diciendo que Europa también subsidia. Pero las políticas industriales de China ascienden al 4% del PIB; Europa gasta el 1,5%, según el FMI.
Charles Grant, del Centre for European Reform, apunta que China “ve con desdén a los europeos, como una potencia en declive”. El grupo Rhodium estima que la industria del continente pierde 500 empleos al día por la competencia china. Goldman Sachs afirma que el déficit comercial lastra dos décimas de PIB por año a Europa. El Banco Central Europeo (BCE) admite que la columna vertebral de la industria (automoción, química, maquinaria industrial y equipos eléctricos) está perdiendo pie.
“El impacto de la avalancha de exportaciones, junto con la sospecha de que Pekín va a usar su poder de mercado en cuellos de botella como las materias primas críticas, dificulta el pragmatismo: es probable que veamos medidas defensivas en la UE”, vaticina Andrew Small, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, un think tank con sede en Berlín.
Hay varias propuestas cocinándose. El comisario Stéphane Sejourné ultima la estrategia made in Europe, a través de la Ley de Aceleración Industrial. Y reclama a los chinos que compartan tecnología en sus inversiones. El presidente francés, Emmanuel Macron, hizo un llamamiento a “reequilibrar urgentemente la relación con China” en su última visita a Pekín, aunque parte de ese fiero proteccionismo debe leerse en clave interna, por el empuje de la ultraderecha de Le Pen.
En París y Berlín preocupa que los chinos hagan inversiones de baja calidad en Hungría (y en menor medida en España): temen que Pekín se limite a construir centros de ensamblaje para sortear los aranceles. “Un acercamiento acrítico a China podría ser suicida”, resume Small.
Estados Unidos, el tercer vértice de ese triángulo, escruta ese giro pragmático: en Madrid, la embajada estudia cada una de las inversiones chinas en España y los gestos del Gobierno. Daniel S. Hamilton, de Brookings, apunta que la frustración con Trump es comprensible, pero añade: “La ira no es una buena política, no puede cegar a Europa respecto al papel de China con Rusia, a los enormes subsidios que usa, al espionaje chino en Europa o al intento de instrumentalizar las tierras raras”.
China está logrando sacar partido de las embestidas de Trump: solo el 18% de los europeos cree que la UE debe alinearse con EE UU en su rivalidad con China; el 52% prefiere que Europa se sitúe a la misma distancia de Washington y de Pekín, según sondeos recientes. Pero el gigante asiático tiene sus propios líos, con una economía que roza la deflación. Sigue creciendo a ritmos del 5%, pero ha perdido fuelle, con una demanda interna declinante y una fuerte dependencia de las exportaciones subvencionadas. La burbuja inmobiliaria lleva cuatro años pinchando.
“Hay un interés mutuo en encontrar soluciones a los problemas, porque a nadie le gusta el estilo de Trump”, interpreta Rafael Dezcállar, exembajador de España en China. Dezcállar cree que el presidente estadounidense ha abierto un espacio para que los países busquen otras opciones al comercio “impuesto en términos inaceptables” por Washington. El reto para Bruselas es trasladar a Pekín un problema de fondo: “No pueden seguir con el business as usual”, señala el diplomático. Europa cuenta con una gran baza: a China le interesa el acceso a su mercado de 450 millones de habitantes de alto nivel adquisitivo. “Los chinos tienen que comprender que Europa va a jugar esa carta, que ya no van a poder imponerle sus condiciones”, concluye Dezcállar.










