Juan Gabriel Vásquez, que ahora tiene 53 años, era un muchacho en 1999 cuando se encontró en la Feria del Libro de Bogotá con Alfredo Bryce Echenique. El escritor peruano se había acercado al stand de Alfaguara y allí esperaba el joven autor a su editora, Pilar Reyes, y a quienes se acercaron al stand. Yo estaba allí y me fijé en la pasión literaria que ya marcaba la presencia de aquel joven que desde tiempo es uno de los grandes escritores de la lengua española. En esa ocasión, el muchacho que todavía era Juan Gabriel se puso de pie, saludó a Bryce y no parecía seguro de si debía seguir en esa posición erguida o se tenía que sentarse ante aquel escritor que no fue del boom, pero lo era, y que estaba allí para presentar su libro La amigdalitis de Tarzan…
Nunca olvido ese gesto: como si Juan Gabriel se preparara para que algún día el mismo recibiera también el saludo de los que vendrían a verle firmar en las ferias… A lo largo de los años lo he visto crecer en la escritura y en la vida, y ahora es, además, un maestro que sigue a los que le antecedieron con los nombres de Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa. Ahora ha recopilado una amplia selección de los artículos que publica en El País. Autor de Volver la vista atrás o de Los nombres de Feliza, son sus últimos títulos, esta colección de sus opiniones es un libro nacido de la pasión literaria y de la rabia política.
Es, desde el principio hasta el final, un libro, no tan solo una recopilación, en la que aparecen los grandes del boom y personajes como Albert Camus, Mario Vargas Llosa o Salman Rushdie. Lo que escribe sobre el ´caso Padilla`, que acabó con la Cuba de la literatura, es parte de los escalofríos que conmueven en la literatura rabiosamente humana de este heredero de Albert Camus. En la entrevista que sigue he querido centrarme en algunos de los personajes que aborda. El libro tiene 524 páginas. Se titula con una frase de Camus, Esto ha sucedido.
–Hay en este libro varios homenajes al periodismo. Uno de tus artículos se titula de plano Defender el periodismo. ¿De qué hay que defenderlo?
–El periodismo es hoy el lugar de resistencia, por excelencia, contra la principal amenaza que sufren nuestras democracias: la conjura entre las plataformas tecnológicas y los nuevos autócratas. Esa conspiración es el gran reto al que nos vamos a enfrentar en los años que vienen. El lugar desde donde estamos resistiendo los ciudadanos a los peores excesos, denunciándolos, resistiéndonos a ellos, es el periodismo. Por eso Elon Musk, Trump, Zuckerberg o Milei invierten tanto tiempo y tanta energía en desprestigiar el periodismo tradicional y envenenar su lugar en nuestras sociedades. Por eso Milei, ante un público de miles de personas, nos llama hijos de puta. Y por eso Trump dice que el periodismo es el enemigo público. Yo quiero que este libro se lea también como una defensa del periodismo, contra un cambio de clima que ha hecho que nosotros, los ciudadanos, perdamos confianza en el oficio. Eso me parece un error, una miopía de mucha gravedad política.
–¿Por qué ahora está peor?
–Porque hay una confluencia de intereses muy empeñada en que desaparezca el periodismo como lugar de encuentro ciudadano, de observación de la realidad. Para esa conspiración de fuerzas los Trump y los Musk de este mundo consideran esencial que el periodismo pierda la confianza de la ciudadanía. Todo su proyecto de manipulación depende de que no haya un tercero en discordia tratando de decir la verdad de lo que pasa. Depende de que desaparezca la noción de verdad objetiva. Ese es el esfuerzo mayor.
–¿Y qué es la verdad?
–La verdad comprobable, la verdad objetiva, la verdad de los hechos. Epistemológicamente, podemos hablar de lo que es la verdad, pero la verdad de los hechos es lo que vemos con nuestros propios ojos, como por ejemplo que una mujer llamada Renée Wood no está atacando a los agentes de ICE con su coche, sino que se quiere ir. O que un enfermero llamado Pretty no está sacando su pistola del cinto para matar a los agentes, sino que tiene un teléfono en la mano. Ante esas imágenes que todos hemos visto en nuestro mundo de cámaras ubicuas, hay fuerzas muy potentes que nos han dicho: eso que usted vio, no lo vio en realidad. Eso que usted cree que ocurrió, no ocurrió en realidad. Y lo hacen con éxito. Y eso es lo que nos pide ahora la cadena Fox, eso es lo que nos pide la cuenta de X de Elon Musk. Y, desde luego, eso es lo que lleva muchos años pidiendo Donald Trump, por lo menos desde el 6 de enero de 2021, cuando el asalto al Capitolio… Trump instaló entre los conservadores norteamericanos la versión de que aquello no había sido un ataque violento, sino un día de paz y patriotismo. Y lo ha sostenido tantas veces que ese engaño ya forma parte de la versión de la realidad que tienen sus votantes. Es una de las enfermedades más graves que sufrimos ahora.
–Albert Camus te inspira aquí otro renglón importante del periodismo. El hombre sigue siendo rebelde es el artículo que le dedicas.
–Ese era un gran periodista y es uno de los fantasmas que me rondan constantemente. Creo que con el tiempo nos daremos cuenta, si es que ya no lo sabemos, de cuánta razón tenían los Orwell, los Camus. Y la suya era una razón periodística. Es decir, había un periodista instalado en el interior de estos novelistas. Y eso lo cambia todo. Cada día le doy más importancia a una mirada sobre el mundo que podemos llamar periodística, incluso para hacer novelas. Los editoriales de Camus, los artículos de periodismo de Orwell, están constantemente al alcance de mis manos. Los tengo ahí, en la biblioteca. Hay muy pocas cosas tan difíciles como lo que hicieron ellos, que es conservar la clarividencia en un mundo de inmenso ruido, que exigía sectarismo. Su mundo le exigía a Camus cohonestar con los peores excesos del estalinismo, y él no lo hizo. Él tuvo la mirada clara para decir: esto está mal, contra Sartre y contra Simón de Beauvoir… Y estos modelos son, me parece, tan vigentes o más ahora.
El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez posa durante una entrevista con EFE en el Palacio Nacional de la Cultura en Ciudad de Guatemala (Guatemala). EFE/ Mariano Macz–En tu libro haces algunas visitas que están entre la nostalgia y la rabia. Por ejemplo, visitas a Carlos Fuentes, que ahora parece dormir un tiempo demasiado largo en el purgatorio…
–Sí, en la tercera parte del libro, que reúne lugares de la literatura y del arte que son importantes para mí, aparecen muchas de esas vindicaciones. Algunas son francos alegatos, como el artículo sobre Fuentes, que me parece un autor de novelas tan grandes para nuestra tradición. Y luego también hay esos ejercicios de nostalgia, casi como el pago de una deuda, que es ir a visitar la tumba de William Faulkner, que es probablemente el autor en el siglo XX que más modeló la literatura latinoamericana… Yo creo que hay dos tipos de personas en el mundo: los que van a las tumbas de los escritores y los que no. Y yo soy de los que sí van.
–Hay también despedidas… Por ejemplo, la despedida a Joan Manuel Serrat, cuando anuncia que va a dejar los escenarios…
–Hay dos figuras que han marcado mi vida reciente en España, por el hecho de haberla marcado antes como artistas y ahora como amigos. Son Serrat y Sabina, desde luego. Cuando Serrat se retiró de los escenarios para mí se cerró un capítulo de mi vida que se abrió al principio de mi vida adulta. Yo tendría 19 ó 20 años cuando empecé a oír con seriedad a Serrat. Y con Sabina ha pasado lo mismo. Ahora que se han retirado, se cierra también esa relación que sus canciones me han dado con España, que es mi otra patria, y con mis propias emociones. Son dos chansonniers, como dicen los franceses, que para mí son ante todo poetas y a los que voy por la relación que tienen con las palabras.
–¿Cómo se juntan en tu escritura la literatura y la música?
–Simplemente por la importancia que tiene para mí la sonoridad, el ritmo, la eufonía de una frase. Eso hace toda la diferencia. Me revienta que una novela no pueda constituirse exclusivamente de versos, que la novela tenga que rebajar de vez en cuando su exigencia verbal, que de vez en cuando haya que escribir: La marquesa salió a las cinco.
–En tu caso, ¿a qué hora sale la marquesa?
–Pues esa es una de las obsesiones que tengo como escritor y que trato también de reproducir en el periodismo: los valores de la frase, que suene bien, que sea eufónica, que respete el oído del lector. Y nada me enfurece más que volver a mis artículos, a mis textos, y descubrir una frase que hace un sonido raro, que son casi inevitables en un trabajo largo. Pero esa es la presencia de la música en mis textos, es la música de las palabras.
–Tienes ahora 53 años. Naciste después del boom. Y ahora tú eres un adalid del boom. Todo tu libro, de alguna manera, está marcado por esa presencia. ¿Nunca acabó el boom?
–Lo que dices es verdad. Yo nací después del boom porque creo que el boom como fenómeno se acabó en el 71, con el caso Heberto Padilla, con esos cataclismos de la política, que fueron cataclismos literarios también. Pero los escritores de esa generación siguieron escribiendo las novelas más grandes de mi lengua. Es posterior al final del boom La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa. Es posterior Terra Nostra, de Carlos Fuentes. Son posteriores El amor en los tiempos del cólera y Crónica de una muerte anunciada… De manera que yo tuve el privilegio de coincidir en el mundo con esos maestros que tienen para mí la importancia que un Flaubert o un Victor Hugo tienen en la tradición francesa. De manera que para mí poder hablar con Vargas Llosa, poder hablar con Carlos Fuentes, era como si un francés de mi generación pudiera levantar el teléfono y hablar con Flaubert y con Stendhal. Yo no dejo de asombrarme por lo que hizo esta generación en los años 60, llamando la atención además sobre los que venían de antes: Borges, Onetti, Rulfo. Para mí esto es uno de los grandes fenómenos del siglo XX. Y no dejo de agradecer la fortuna de escribir en esa tradición.
–De hecho, el capítulo donde centras tu admiración por el boom se llama Atentamente, el boom latinoamericano. ¿Por qué pusiste ese énfasis, Atentamente?
–Es un juego con el libro que estoy tratando de comentar, el libro que sirve de pretexto al artículo, que son Las cartas del boom, un documento extraordinario. Es uno de los libros que más he disfrutado recientemente, entre otras razones porque te das cuenta de que esta generación, que para muchos lectores y muchos ciudadanos hoy es un grupo de señores encorbatados y representantes del establecimiento literario, en realidad la constituyó un grupo de revolucionarios que pusieron patas arriba todo lo que ocurría en la literatura latinoamericana. Y hay un momento de Historia personal del boom, de José Donoso, en que él se pregunta si un día esta generación que está analizando va a necesitar nuevos rebeldes. Y lo que hemos visto es que sí, que hay en este momento una especie de rebeldía, de contestación, como si los autores del boom se hubieran convertido en una sombra para los que vinieron después. Es algo que no comparto. Yo he preferido siempre entrar en conversación con esos maestros y no tener que asesinarlos para encontrar mi camino.
–El caso Padilla rompió el boom, pero también rompió a mucha gente que creía en Cuba, por ejemplo. ¿Cómo viviste tú aquella intervención de Padilla ante lo que podríamos llamar el pelotón de fusilamiento que lo juzgó entre escritores cubamos de entonces?
–El caso Padilla es algo que los lectores de literatura latinoamericana conocemos desde muy jóvenes, aunque no lo hayamos vivido. Yo nací en el 73, eso había ocurrido antes. Pero, por más que tú sepas de una manera académica lo que sucedió, la persecución de un poeta por sus posiciones incómodas para el régimen y por sus versos críticos o incluso sarcásticos, y luego la autocrítica lamentable que él hace…, nada te prepara para lo que sale en el documental de Pavel Giroud… Lo que vemos ahí, la aparición de Padilla frente a las cámaras, el discurso que hace en su contra, pero también en contra de sus amigos, de sus colegas, de su esposa… Esa especie de entrega obscena y cobarde a los censores de la revolución… Ese es un espectáculo de una enorme tristeza que a mí me sacudió, me dejó realmente muy impresionado durante varios días… Verlo empapado en sudor, imaginar el calor de esa habitación en La Habana, el calor de la presencia de todos y el silencio con el que todos recibían esta flagelación del hombre que se desprecia… Es tremendamente impactante. Yo creo que debería formar parte de la educación de los latinoamericanos ver este documental.
–Entre los textos de este libro es quizá el que más impacta…
–Fue un momento especial, una sacudida… Cuando hablo con mis colegas cubanos o con Sergio Ramírez o con Gioconda Belli, expulsados de otro infierno, la Nicaragua de los Ortega, salen en la conversación los ataques más salvajes de nuestros autoritarismos latinoamericanos, y nos preguntamos si no estaremos caminando en círculos… Yo creo que en cierto sentido la América Latina de hoy está reeditando las conversaciones de la Guerra Fría y estamos viendo, por un lado, a autoritarios como Milei y como Bolsonaro, aunque éste ya no esté, que son herederos al menos ideológicos de las dictaduras militares, y por el otro lado, los herederos de las fracasadas revoluciones socialistas, como el chavismo, Maduro y Ortega. Es como si estuviéramos condenados a vivir el título de Mario Vargas Llosa, Sables y utopías: estamos viviendo entre los herederos de los sables y los herederos de las utopías fracasadas. Y no logramos, los pobres socialdemócratas como yo, la apertura de ese canal de la izquierda moderada y democrática que tan necesario es en América Latina.
–No te olvidaste de Cortázar. A él le das un abrazo en tu libro…
–Sí, sí, Cortázar… Yo recuerdo siempre esa frase de Borges en la que decía que uno puede admirar a Quevedo, pero no puede ser amigo de Quevedo; uno es amigo de Cervantes… Hay muchos escritores a los que yo puedo admirar en la literatura latinoamericana, pero de los que no puedo ser amigo; de Cortázar sí. Y, como es amigo, le perdonamos los malos libros y los dislates ideológicos, y nos siguen acompañando sus mejores escrituras, que son maravillosas. Yo vuelvo constantemente a El perseguidor, a cuentos como Cartas de mamá o incluso como Casa tomada, que cuesta trabajo pensar que fue el primer cuento, o uno de los primeros, que publicó. Y es una compañía que sigue estando ahí.
–Rushdie es también uno de tus encuentros más extraordinarios. A ti te resultaba raro que él se obstinara en escribir el libro que nació después del atentado que estuvo a punto de costarle la vida…
–Fui a visitarlo en abril del año siguiente al atentado [12 de agosto de 2022]. Lo hice con mucha ansiedad, preguntándome qué me iba a encontrar. Él había perdido un ojo, las manos no le funcionaban convenientemente… Y el hombre que me abrió la puerta en abril, en Nueva York, era un tipo que no solo no quería esconderse del mundo, sino que quería inmediatamente ponerse a hablar de lo que le había ocurrido. Inmediatamente empezó a contar todo, hasta los peores detalles, frente a estos visitantes que no sabían si tenían derecho a preguntar nada. Él empezó a contar todo: lo que le habían dicho los médicos, que el cuchillo había estado a un milímetro de una parte del cerebro que lo habría dejado completamente transformado. Y yo lo primero que hice fue preguntarle: ¿vas a escribir sobre esto? Y me dijo: “Sí, no lo sabía antes, pero ahora ya lo he decidido”. Y el libro Cuchillo me parece un añadido extraordinário a su obra.
El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, hablando durante una entrevista con EFE, en Ciudad de México (México). EFE/ José Méndez–La propia palabra cuchillo, ¿cómo te suena en un libro?
–El libro en inglés tiene la palabra knife… En inglés comienza con K… Es una palabra en punta, angulosa, con la que sientes que eso puede herir. Es rara esa exploración de lo que le ocurrió a él, tan clarividente, tan franca. A mí me parece Rushdie un escritor extraordinario. Tiene dos o tres libros que me parecen obras maestras. Pero, aparte, creo realmente que haber mantenido la jovialidad que todavía tiene —un gusto por la vida y, sobre todo, un interés por seguir militando por las causas de la libertad de expresión, de la libertad de imaginación— me parece heroico. Y no puedo admitir el más mínimo cinismo cuando se habla de él.
–Tienes tres textos en torno a Mario Vargas Llosa. Despedida de un novelista, El joven del Hotel Wetter y Regreso a la Catedral. ¿Se ha muerto Mario Vargas Llosa?
–Bueno, se murió él, pero es autor de una obra que va a quedar, ya lo sabemos. Era el último integrante del boom latinoamericano tal como lo definió José Donoso… De esas cuatro sillas que los juntan, él era el más joven y con su muerte ahí sí que se cerró para mí una parte de mi vida que es inseparable de lo que soy. Empecé a leer al boom latinoamericano con 11 años. Creo que tenía esa edad cuando leí El coronel no tiene quien le escriba, leí La ciudad y los perros cuando tenía la edad de sus protagonistas… El boom ha sido una manera de entender el mundo para mí, de la exploración de la identidad latinoamericana, pero también de lo que hacen las novelas, para qué se escriben novelas. El boom es la exploración de la historia latinoamericana, de la política latinoamericana, de la intersección de la historia y la política… Es parte de las razones por las que yo escribo. Con la muerte de Vargas Llosa no solo murió un escritor que marcó mi vida literaria, sino también una manera de entender la literatura.
–¿Qué recuerdo te dejó él personalmente?
–El recuerdo más claro, que más me impresionó siempre, fue la generosidad de su inteligencia, en el sentido de la curiosidad constante. La inteligencia de Mario, su presencia como novelista, fue siempre refractaria a todo tipo de cinismo, de amargura alrededor de la literatura. Y verlo al final de su vida vivir con emoción la publicación de un libro nuevo, las conversaciones que ese libro suscitaba, nunca con amargura, nunca con cansancio, nunca con cinismo —los ataques que recibió le habrían podido justificar cierto cinismo—, pues eso para mí fue una lección. La curiosidad con la que establecía conversaciones con la gente que lo rodeaba… Como no estábamos de acuerdo en todo políticamente, teníamos conversaciones a veces muy ricas, y él escuchaba los argumentos del otro con mucho interés, como si fuera a aprender algo que antes no supiera. Y esa generosidad intelectual a mí me parece extraordinaria.
Juan Gabriel Vásquez básico
- Nació en Bogotá, en 1973 y es autor de las colecciones de relatos Los amantes de Todos los Santos y Canciones para el incendio (Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana) y de las novelas El ruido de las cosas al caer (Premio Alfaguara, Premio Gregor von Rezzori-Città di Firenze, The International IMPAC Dublin Literary Award), Las reputaciones (Premio Real Academia Española, Premio Literario Arzobispo Juan de San Clemente, Prémio Casa da América Latina de Lisboa), La forma de las ruinas (Prémio Literário Casino da Póvoa) y Volver la vista atrás (Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa), entre otras.
- Vásquez ha publicado también dos recopilaciones de ensayos literarios, El arte de la distorsión y Viajes con un mapa en blanco, y una breve biografía de Joseph Conrad, El hombre de ninguna parte.
- Ha traducido obras de Joseph Conrad, Victor Hugo y E. M. Forster, entre otros.
- Ha ganado dos veces el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. En 2012 ganó en París el Prix Roger Caillois por el conjunto de su obra. En 2016 fue nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de la república francesa, y en 2018 recibió la Orden de Isabel la Católica. Sus libros se publican en 30 lenguas.
- Es columnista del periódico español El País.
Esto ha sucedido, de Juan Gabriel Vásquez (Alfaguara).










