Mientras sonaba la elegante música de Bruce Broughton y los créditos finales de El secreto de la pirámide se deslizaban por la pantalla, veíamos un carruaje avanzar sobre la nieve, el mismo carruaje desde el que su protagonista, un joven Sherlock Holmes, se había despedido del fiel Watson. O eso creían los espectadores despistados. La sorpresa llegó cuando, tras adentrarse en un hotel, contemplábamos por fin el rostro del viajero y leíamos su firma en el registro de huéspedes: Moriarty. Un caramelo para cualquier seguidor de la obra de Conan Doyle, que acababa de descubrir el origen de un personaje esencial. ¡El enemigo de Holmes no había muerto y además se iba a convertir en su futura pesadilla! ¿El problema? Que en ese momento la mitad del público había abandonado la sala.
“Mucha gente no se quedó a ver los créditos”, reconoció su protagonista Nicholas Rowe en The Telegraph. “Y es una escena muy divertida”. No es raro que sucediese en su estreno, del que en España se cumplen estos días 40 años, pero ocurre todavía. Si uno no está atento, se lo lleva por delante la impaciente cuenta atrás de Netflix, la plataforma que la ha incorporado en su catálogo hace unas semanas. Hoy casi todas las películas de superhéroes o animación cuentan con no una, sino dos o hasta tres escenas postcréditos, pero a mediados de los ochenta apenas se habían visto un par de ejemplos que habían funcionado casi como un premio para los espectadores que se quedan en la sala. Además, en aquellas ocasiones su fin era humorístico y no afectaba a la trama principal, pero aquí era relevante. Mucho.
No fue la única aportación singular de la película de Barry Levinson; en ella aparece por primera vez un personaje generado íntegramente por ordenador. Fruto de la alucinación de un personaje, vemos que un caballero medieval armado con una espada abandona la vidriera a la que pertenece y le ataca. Tardaron seis meses en grabarla, aunque apenas dura medio minuto. Un hito que le sirvió para conseguir una nominación a Mejores Efectos Visuales, aunque perdió ante Cocoon. En el equipo estaba John Lasseter, que años después revolucionaría el cine de animación desde Pixar. Además de los últimos avances digitales, El secreto de la pirámide utilizaba también stop motion e incluso marionetas, como en la aterradora secuencia de los pastelitos de apariencia encantadora que atacan a Watson.

Watson es, al igual que sucede en las novelas de Arthur Conan Doyle, el encargado de contar la historia. El secreto de la pirámide comienza con su llegada a la ficticia Escuela Brompton, un prestigioso colegio masculino en el que conoce a Sherlock Holmes, un alumno inteligentísimo junto al que se ve envuelto en una investigación que implica varios asesinatos y una secta de adoradores de Osiris que busca vengarse de un grupo de británicos que años antes habían profanado las tumbas de cinco princesas egipcias. ¿Colonialismo? No, gracias.
Michael Eisner, jefe de Paramount, le había dado la premisa a Chris Columbus y este había desarrollado la historia. Un par de años antes, Columbus había enviado a Steven Spielberg un guion suyo sobre unas criaturas maléficas que había escrito mientras todavía estaba en la universidad. El director de E.T. se sintió fascinado por la historia de aquel chaval y Gremlins se convirtió en uno de los grandes éxitos de 1984. La unión no se acabó ahí; en aquel momento, Columbus estaba preparando una nueva película para Spielberg, así que escribía Los Goonies de día y El secreto de la pirámide de noche.
Como productor ejecutivo, Spielberg no pasó demasiado por el rodaje (estaba inmerso en El color púrpura), pero hizo aportaciones al guion y, tras desechar dirigirla, eligió a la persona que lo haría: Barry Levinson. “Sentí que Barry era una especie de director de acción-aventura frustrado que siempre había querido una oportunidad para hacer una película de aventuras; estaba convencido de que podía hacerlo”, afirmó Spielberg en The New York Times.

El primer escollo a superar fueron los herederos del autor original. Columbus confesó que estaba “muy preocupado por ofender a algunos de los puristas de Holmes”. Y nadie más purista que Dame Jean Conan Doyle, la hija de Sir Arthur. La heredera se horrorizó al ver las imágenes violentas de la película, tan alejadas de la pluma de su padre, y pidió cambios en el comportamiento de los personajes. Para ahorrarse problemas y representar con exactitud algo que les resultaba tan ajeno como la Inglaterra victoriana, Eisner contrató al experto en Sherlock John Bennett Shaw y al novelista inglés Jeffrey Archer para que actuara como consultor de guion y lo adaptase al inglés británico. Paramount también incluyó al inicio y al final un cartel que advertía que no está basada en los relatos de Doyle, sino que era una “especulación afectuosa” sobre cómo pudo haber sido la juventud del detective.
Columbus no tenía interés en los aspectos de la personalidad del detective que todos conocíamos ya. “Lo que más me importaba era por qué Holmes se volvió tan frío y calculador, y por qué estuvo solo el resto de su vida”, reveló. “De joven, se dejaba llevar por las emociones, conoció al amor de su vida y, como resultado de lo que sucede en esta película, se convierte en la persona que fue más tarde”. Ese era el cambio fundamental. Por lo demás, era una adaptación que respetaba la imagen que todo el mundo tenía del detective y su fiel compañero, que realmente era la de las adaptaciones cinematográficas de Basil Rathbone y Nigel Bruce a las que se homenajea durante el metraje. Para ello seleccionaron a dos actores que podrían evolucionar hacia esos personajes.
El desconocido Nicholas Rowe fue elegido entre once mil aspirantes, entre los que se encontraba Hugh Grant. Algo más de experiencia tenía Alan Cox (hijo del protagonista de Succession, Brian Cox), seleccionado para interpretar a Watson. Como era mucho más delgado de lo que exigía el personaje, se vio obligado a asistir al gimnasio para aumentar su volumen y usar prótesis para simular una gordura que no tenía, y como durante el rodaje creció demasiado, cosas de la adolescencia, en las últimas secuencias grabadas aparece sentado o en la lejanía. Junto a ellos estaba la también adolescente Sophie Ward, interpretando al interés romántico de Holmes —y poco más, es un personaje desaprovechado— y un nutrido grupo de prestigiosos actores británicos de carácter, la mayor parte vinculados de alguna manera al universo Holmes.

El Holmes de El secreto de la pirámide es canónico: alto, espigado, agudo y arrogante, y el guion de Columbus introduce con gracia sus elementos característicos (la gorra de cazador, la pipa, el violín, la capa Inverness y hasta el “Elemental, querido Watson”, tan familiar aunque nunca fuese escrita por Conan Doyle). También su capacidad de deducción a través de detalles aparentemente insignificantes y el Lestrade de Scotland Yard, que entonces era simplemente sargento. Todo suena familiar, excepto el carácter frío y distante del detective, que solo cambia cuando mira a su amada Elizabeth.
Sin embargo, a pesar de esas innovaciones refrescantes y de retratar a uno de los personajes más célebres de la literatura y que han generado una producción audiovisual más copiosa —la última, El joven Sherlock, estrenada en Prime Video y también centrada en su época de juventud—, esta es una película relativamente poco conocida. O sea: no es Los Goonies o Gremlins, a pesar de que también es obra de Spielberg y Columbus. Por eso sorprendió su escaso rendimiento en taquilla. Con un presupuesto de 18 millones de dólares, apenas recaudó 70 en todo el mundo, lo que frustró cualquier plan para una secuela esperable tras su secuencia postcréditos.
“Teníamos un posible contrato para tres películas”, reconoció Rowe. “Estaban esperando a ver cómo le iba a la primera”. El público le dio la espalda y la crítica no se enamoró, pero tampoco se cebó con ella, excepto Pauline Kael, que dijo que era “entretenida de forma insípida”. Spielberg no culpó al guionista. “Aunque su concepto de Holmes y Watson adolescentes no atrajo al público general, creo que sus personajes quedaron mejor plasmados en esa película que en Los Goonies o Gremlins”. Además, ha reconocido que es una película por la que siente un gran cariño.

¿Qué pudo suceder? Era demasiado infantil para los adultos, pero aterradora para los niños. Era una producción de Spielberg, pero faltaban elementos esenciales y enternecedores: aquí no había familias unidas y cálidas, sino niños desamparados que sufren peligros inimaginables. No hay figuritas adorables, no hay perritos dulces, hay personajes que se suicidan, se planean crímenes espantosos. Demasiado para los niños que acudían a las salas atraídos por el nombre del director de E.T.
Además, muchos encontraron demasiadas similitudes con el exotismo, las maldiciones y los sacrificios humanos de Indiana Jones y El templo maldito, película que fue escrita después que El secreto de la pirámide pero se estrenó antes. Hubo quien, directamente, la consideró un plagio.
Los espectadores modernos, sin embargo, perciben similitudes con otra saga literaria: Harry Potter. A lo largo de estos años, cada vez que un fan de los personajes de J.K. Rowling descubre el clásico de los ochenta, surgen las comparativas. No es difícil llegar a esa conclusión. Tres jóvenes, dos chicos y una chica, uno espigado y otro con gafitas redondas que, como nuevo en la institución, sirve para descubrirnos sus secretos. Todos viven en un internado inglés entre cuyos centenarios muros hay un rival petulante y adinerado cuyo pelo acaba siendo rubio oxigenado —¿alguien ha dicho Draco Malfoy?— y están amparados por un profesor jubilado, miembro de un claustro formado por personajes bastante peculiares. No hay competición de Quidditch, pero sí de esgrima, impartida por un hombre alto y oscuro al que no costaría ver interpretando a Severus Snape. Hasta hay un personaje con una herida en el rostro que no cicatriza.

Tal vez una joven J.K. Rowling fue al cine en 1985 y algo de lo visto en pantalla se quedó en su subconsciente. La escritora, que tiene opinión sobre tantas cosas ajenas a su desempeño, nunca ha mencionado nada al respecto. Sí ha hablado Columbus sobre las similitudes entre la ambientación de ambas producciones. Allgo comprensible; después de todo, él fue el guionista de El secreto de la pirámide y el primer director que en Harry Potter y la piedra filosofal plasmó en pantalla el universo imaginado por Rowling. “El secreto de la pirámide fue, en cierto modo, un precedente de esta película”, confesó a la BBC. El secreto de la pirámide no tuvo un éxito instantáneo, pero su recuerdo prevalece en la memoria de muchos jóvenes a los que la oscuridad de la propuesta les hizo sentirse tratados como adultos.









