La Bienal de Arte Sacro celebra 40 años en el Museo de Arte Decorativo con obras de 10 países

La Bienal de Arte Sacro celebra 40 años en el Museo de Arte Decorativo con obras de 10 países


En el Museo Nacional de Arte Decorativo se inauguró ayer la XIV Bienal de Arte Sacro Contemporáneo, una exposición que, con el auspicio de Clarín, reúne obras de artistas de la Argentina y del exterior y que, en esta edición, celebra cuatro décadas de historia.

La apertura contó con la presencia del secretario de Cultura de la Nación, Leonardo Cifelli, junto a María Pimentel de Lanusse, a cargo de la dirección y curaduría; monseñor Daniele Liessi, consejero de la Nunciatura Apostólica –quien bendijo la muestra–; el presbítero Eduardo Pérez dal Lago, presidente de la Fundación La Santa Faz, Hugo Pontoriero, director del museo, y Celina Meade, presidenta de la Fundación Vetrano.

Con una afluencia de público que superó las expectativas, se anunciaron también los ganadores del Concurso de Artes Visuales. El jurado de selección –integrado por Xil Buffone, Ernesto Ballesteros y Santiago Villanueva– evaluó 1250 propuestas provenientes de países como Bolivia, Brasil, Chile, España, Estados Unidos, Italia, México, Paraguay, Uruguay y Corea del Sur.

El jurado de premiación, conformado por José Emilio Burucúa, Marcela López Sastre y Julio Sánchez Baroni, distinguió al artista correntino Blas Aparecido con el primer premio por «Ay, Taty, mis chinas viejas». El segundo lugar fue para Ignacio Cassas por «Veo desde un estómago»; Ramiro Pasch recibió una mención por «Logos» y Leonardo Cavalcante el Premio Estímulo por «Suspensión». También fueron reconocidos Gaba de Dios y Marcolina Dipierro con menciones especiales.

En el imponente edificio que fuera el palacio Errázuriz –residencia de Matías Errázuriz Ortúzar y Josefina de Alvear– se dieron cita figuras del ámbito cultural como María Silvia Corcuera, Teresa González Fernández, la embajadora Alejandra Pecoraro, Elena Oliveras, Ángel Navarro, Roxana Punta Alvárez; Javier Iturrioz; Mauro Herlitzka, la gestora cultural Diana Saiegh, Claribel Terré Morell, Matías Bassani, Teresa Tedin Uriburu, entre otros académicos y artistas.

La obra premiada de Blas Aparecido se titula "Ay, Taty, mis chinas viejas"  y está construida a partir de bordados. Foto: Benjamín Vizcaino, gentileza XIV Bienal de Arte Sacro Contemporáneo.

“Siempre fue un concurso de artes visuales que buscaba acercar a los artistas a la temática sacra –explica la curadora María Pimentel de Lanusse–, pero yo lo abrí más. Le puse el adjetivo contemporáneo y la intención fue pensar lo sacro como una categoría abierta y poner en circulación una pregunta incómoda y persistente: qué entendemos hoy por lo sagrado”.

El desplazamiento es conceptual. Supone dejar atrás la idea de un arte sacro ligado a la ilustración de dogmas o a la repetición de iconografías para pensarlo como un territorio de exploración. “Ya no se trata de repetir imágenes, sino de habilitar una categoría donde los artistas contemporáneos, con sus lenguajes, puedan expresar su relación con lo sagrado. Cambian los tiempos, pero también los lenguajes”, señala.

Convocatoria extraordinaria

El desafío inicial fue cómo convocar a artistas que no se reconocían en esa tradición. “Si no, se presentaban quienes trabajan con iconografías más clásicas”. La clave estuvo en el armado de los jurados. La apertura funcionó: “Fue una convocatoria extraordinaria”.

La Bienal de Arte Sacro celebra 40 años en el Museo de Arte Decorativo con obras de 10 países. Foto: Martín Bonetto.

En esa línea, la curadora retoma una idea del antropólogo belga Julien Ries: “La historia del hombre es la historia de la búsqueda de lo sagrado”. Lo sagrado aparece así no como un repertorio fijo, sino como una dimensión constitutiva, una forma de interrogar la trascendencia. Bajo ese marco, la Bienal se abre a prácticas que no necesariamente remiten a lo religioso en sentido estricto, pero sí a experiencias límite.

La edición actual profundiza ese enfoque. El resultado es un mapa heterogéneo, donde conviven obras que dialogan con la tradición y otras que la tensionan o la abandonan. “La idea es instalar esa reflexión: qué es lo sagrado hoy”, insiste Lanusse. Y el eco es claro: “Los artistas jóvenes responden muchísimo”.

En ese entramado, la obra premiada de Blas Aparecido condensa varias de esas líneas. «Ay, Taty, mis chinas viejas» propone un homenaje íntimo a sus tías correntinas, figuras que le enseñaron que “lo sagrado habita en cada uno”. La pieza, construida a partir de bordados minuciosos, retoma elementos de la iconografía religiosa –la Virgen, los ornamentos– y los desplaza hacia una memoria afectiva.

La elección marca un giro respecto de la edición anterior, donde la obra ganadora era abstracta y sugería pensar el vacío como experiencia. Aquí, en cambio, lo sagrado aparece ligado a lo íntimo, a la memoria, a lo heredado. Dos caminos distintos que, sin embargo, convergen en un mismo desplazamiento: correrse de la ilustración para pensar lo sagrado como experiencia.

La Bienal de Arte Sacro celebra 40 años en el Museo de Arte Decorativo con obras de 10 países. Foto: Martín Bonetto.

“No hay aquí una escena de devoción clásica, sino un gesto de transmisión –describe la curadora–. El bordado, repetitivo y paciente, se vuelve una forma de rito. Cada puntada sostiene una historia, un vínculo, una enseñanza”. En ese sentido, la obra no representa lo sagrado: lo encarna.

La muestra, que reúne 79 obras, está organizada en cinco núcleos: umbral, dolor, rito –repetición y gesto–, devoción y revelación. No se trata de categorías cerradas, sino de recorridos posibles.

También la premiación marcó un punto de inflexión. La obra ganadora de la edición anterior “era totalmente abstracta”, recuerda. Una decisión que desconcertó a parte del público. “Pero en ese desconcierto se jugaba algo más que una elección estética: la posibilidad de pensar el vacío como experiencia. No un vacío como ausencia, sino como umbral, como espacio de lo posible. Allí donde no hay imagen reconocible, aparece otra forma de lo sagrado: menos ligada a la representación y más cercana a la experiencia”.

La Bienal de Arte Sacro celebra 40 años en el Museo de Arte Decorativo con obras de 10 países. Foto: Martín Bonetto.

Cinco núcleos

Lejos de organizar la muestra como una acumulación, la curaduría propone un recorrido en cinco núcleos: umbral, dolor, rito –repetición y gesto–, devoción y revelación. No son categorías cerradas, sino modos de lectura.

“Umbral es ese lugar donde todo está por acontecer, pero todavía no”. En ese territorio incierto, varias de las obras seleccionadas trabajan con materiales frágiles, con estructuras abiertas, con imágenes que apenas se insinúan. “Lo sagrado aparece como latencia”, subraya Lanusse.

En “dolor”, en cambio, la intensidad es otra. “Hay muchas obras que hablan del dolor como experiencia límite”, señala. No se trata de una representación literal del sufrimiento, sino de su espesor: el dolor como aquello que desestabiliza y, en ese movimiento, abre una pregunta por la trascendencia. “En varias piezas, el cuerpo –ausente o sugerido– funciona como campo de inscripción de esa experiencia”.

La obra premiada de Blas Aparecido se titula "Ay, Taty, mis chinas viejas"  y está construida a partir de bordados. Foto: Martín Bonetto.

El eje del rito introduce una temporalidad distinta: la repetición. Bordados, gestos mínimos, prácticas insistentes que, en su reiteración, adquieren una dimensión casi meditativa. “Ese hacer, como una oración. Allí, lo sagrado no irrumpe: se construye en el tiempo, en la paciencia del gesto”.

La sección de devoción desplaza la mirada hacia lo colectivo. Aparecen formas de religiosidad popular, celebraciones compartidas, imágenes que circulan fuera de los circuitos institucionales. “Lo sagrado, en este caso, se vuelve comunitario, encarnado en prácticas y creencias que persisten”.

El segundo premio de la XIV Bienal de Arte Sacro Contemporáneo fue para "Veo desde un estómago" de Ignacio Cassas. Foto: Benjamín Vizcaino, gentileza XIV Bienal de Arte Sacro Contemporáneo.

Finalmente, “revelación” no propone una epifanía espectacular. “No es una luz que enceguece –aclara la curadora– sino una intención”. En esas obras, algo se deja ver: una presencia tenue, una aparición que no se impone, pero insiste.

Ahí, quizás, una de las claves de esta Bienal: lo sagrado ya no como un repertorio fijo, sino como una experiencia que se desplaza. Del dogma al vacío, del vacío a la memoria, de la imagen al gesto. Una pregunta que, lejos de agotarse, vuelve a formularse en cada obra.

Declarada de interés cultural por la Secretaría de Cultura de la Nación, con el auspicio de Clarín, el patrocinio del Dicasterio para la Cultura del Vaticano y el respaldo de Mecenazgo de la Ciudad de Buenos Aires, la muestra podrá visitarse hasta el 3 de mayo en el Museo Nacional de Arte Decorativo, Avenida del Libertador 1902.

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