Después del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, ninguna figura del Gobierno de Brasil atesora más proyección internacional que Marina Silva, que acaba de dejar el Ministerio de Medio Ambiente y Cambio Climático para concurrir al Senado en las elecciones de octubre. La veterana política de 68 años puede presumir de haber cumplido la misión que Lula le encomendó al reclutarla para su regreso al poder en 2022: la deforestación ha caído a la mitad, ha reconstruido la capacidad de fiscalización del ministerio tras los catastróficos años Bolsonaro y Brasil acogió la cumbre del clima de la ONU en Belém, en la Amazonia. Sin embargo, la antigua activista ambiental también ha sufrido algunos reveses importantes y un ataque abiertamente machista.
Silva ha dejado el ministerio por exigencias de la ley, que impone un plazo de seis meses fuera del Gobierno para concurrir a los comicios. Una senda que ha tomado la mitad del Gabinete de Lula. La ya exministra, que dejó el cargo hace unos días, es precandidata al Senado por São Paulo con el partido Rede, que cofundó hace una década. Participará en la campaña para la reelección de Lula. La ambientalista era cortejada por varios partidos, incluido el Partido de los Trabajadores, al que perteneció años atrás, pero ha preferido no mudarse de sigla.
Ella personifica sin duda la política medioambiental de Brasil en este siglo XXI, siempre de la mano de Lula. La ambientalista estuvo al lado del mandatario en su primera etapa en el poder hasta que en 2008 dio un portazo y dimitió en protesta por la construcción de Belo Monte, una central hidroeléctrica en la Amazonia que ha causado notables estragos ambientales. Después de aquello fue senadora e incluso candidata a la presidencia de la república. Su biografía recuerda a la de Lula. Creció en una plantación de caucho y aprendió a leer de adolescente.
Al regresar al ministerio, Silva también tuvo que moverse entre las dos almas de los Gobiernos Lula, que defienden la protección del medio ambiente, con la Amazonia como la jota de la corona, pero al mismo tiempo tiene un arraigado carácter desarrollista y es una potencia petrolera que no renuncia a buscar nuevos pozos.
Marina Silva y Lula volvieron a hacer equipo en este mandato. Ella exigió y logró que la cuestión medioambiental fuera prioritaria para el presidente y que otros ministerios también se participaran además de más medios y fondos tras el desmantelamiento del ministerio por parte del expresiedente Bolsonaro, que eliminó la cartera, envalentonó a los que explotan ilegalmente la selva tropical y no demarcó un centímetro de tierra indígena. La deforestación aumentó a un ritmo acelerado hasta alcanzar en 2021 el pico de los últimos 15 años.
Con Silva de vuelta al Ministerio de Medio Ambiente, en los últimos tres años han aumentado las inspecciones y las multas, de modo que la tala ilegal ha caído a la mitad en la Amazonia y se ha frenado notablemente en el Cerrado, otro ecosistema que sufre por la expansión del pujante sector agropecuario. También han convertido a los bancos en fiscalizadores ambientales. “Los resultados en el control de la deforestación son su mayor triunfo (…) En Brasil tiene un impacto climático directo porque la deforestación es la primera causa de la emisión de gases de efecto invernadero”, explicó Suely Araujo, del Observatorio del Clima, una coalición de ONGs, al diario Folha de S.Paulo.
En estos años el Gobierno también logró reforzar los mecanismos de financiación de proyectos ecológicos y retomó la demarcación de tierras indígenas con la protección de 13 nuevas áreas, cuidadosamente seleccionadas para evitar controversias.
La principal derrota política que ha sufrido Marina Silva fue la aprobación en el Congreso en 2025 de una ley que fragiliza notablemente los procedimientos para obtener una licencia ambiental. El lobby agropecuario es uno de los más poderosos del Parlamento. También durante una sesión parlamentaria fue atacada con comentarios machistas como que “las mujeres merecen respecto, pero la ministra no” o “sepa cuál es su lugar”. Abandonó la sesión ante semejante falta de respeto.
Otro pulso que perdió es la apertura de una nueva frontera petrolera mar adentro frente a la Amazonia con la autorización para que Petrobras perfore frente a la desembocadura del río Amazonas. El presidente Lula abrazó de inmediato el proyecto que finalmente, tras una riada de informes y contrainformes, avalaron los técnicos del Ministerio Brasileño de Medio Ambiente. Petrobras aún no ha confirmado si hay petróleo y si la explotación es económicamente viable.
El permiso para buscar petróleo en frente a la costa amazónica fue otorgado a las puertas de la COP30, que reunió en Belém a mandatarios de todo el mundo y a los que diseñan la política ambiental de los países.










