«Estamos negociando con ellos, quieren hacer un trato pero no hemos escuchado las palabras secretas: ‘Nunca tendremos un arma nuclear’», declaró Donald Trump ante congresistas reunidos en el Capitolio, en función de un posible ataque a Irán, un escenario que escaló desde que a principios de año dispuso el mayor despliegue militar en Medio Oriente desde la guerra de Irak.
Pasada la medianoche del miércoles, el mandatario estadounidense habló en un Congreso donde la mayoría de los republicanos se levantaba cada cierto tramo del discurso a aplaudirle con entusiasmo, especialmente cuando mencionaba sus «triunfos» en política exterior, como la presión sobre Teherán para limitar su programa nuclear o la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, dos de los eventos que sacudieron la política mundial en los últimos meses.
Clima de tensión en el Capitolio
La mención era apenas parte de un discurso intenso, largo y dividido, en el que el presidente estadounidense buscó anclar su gestión internacional en hitos visibles y simbólicos, mientras a su alrededor se sentía la ruptura interna en relación a otros temas divisivos como la economía o las deportaciones masivas.
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«Errático» y con la economía en duda: así ven los estadounidenses a Trump previo a su discurso anual
El tono del hemiciclo en el recinto fue inequívoco: cada vez que Trump habló de medidas económicas o de seguridad —esa misma «firmeza» que definió contra Teherán—, los aplausos resonaron; cuando abordó temas migratorios, que en los últimos meses desencadenaron intensas redadas de ICE y protestas en diversas ciudades, el entusiasmo fue menor, y algunos legisladores demócratas miraron con abierta desaprobación desde sus escaños. En medio del fervor republicano, incluso se escuchó un grito aislado de protesta y un silencio tenso cuando representantes como Ilhan Omar y Rashida Tlaib abandonaron la sala tras intercambios acalorados con el líder republicano.
En ese ambiente polarizado, una de las imágenes más llamativas llegó apenas comenzada la intervención: el representante demócrata Al Green, de Texas, fue escoltado fuera de la Cámara tras levantar un cartel que decía «Black people aren’t apes» («las personas negras no son monos»), en protesta por un video compartido por Trump en sus redes sociales que representaba a Barack y Michelle Obama como simios. Una escena que definió el clima de tensión que se vivió no solo en la capital estadounidense sino en varios puntos del país en los últimos meses.
Venezuela e Irán: las «perlas» de la política exterior de Trump
Aferrado a la técnica del storytelling, el creador y presidente vitalicio de la Junta por la Paz dio vuelta la página a temas de economía —la principal preocupación ciudadana— y destacó los hitos su política exterior, cuyos dos pilares más nítidos fueron la presión a Irán y la captura de Nicolás Maduro en Venezuela a principios de enero.
Con un discurso que duró cerca de dos horas y 48 minutos —el más extenso en la historia reciente, superando a Bill Clinton—, el presidente afirmó que Irán había desarrollado misiles capaces de amenazar Europa y bases estadounidenses y que estaba trabajando para construir proyectiles que pudieran alcanzar territorio continental, pero sin presentar pruebas que justificaran el masivo despliegue militar en el Golfo Pérsico desde principios de enero.
En ese marco, recordó los ataques estadounidenses del año anterior contra tres instalaciones nucleares iraníes, durante la guerra con Israel. E insistió en que, aunque su «preferencia era resolver el problema [NdR: el acuerdo nuclear] a través de la diplomacia», nunca permitiría que Teherán, que calificó como «el principal patrocinador del terror en el mundo”, obtuviera armas nucleares.
La manera en que presentó este desafío global fue parte de una narrativa más amplia: reclamar liderazgo internacional y seguridad nacional como logros palpables de su administración, incluso cuando estos temas provocaron rechazo de algunos sectores del Congreso o de sectores del movimiento MAGA, que prefieren el aislacionismo de EE.UU. en política exterior.
La transición en Venezuela: friend or foe
La otra gran escena exterior fue la narración del bombardeo a Caracas y el arresto del expresidente venezolano Nicolás Maduro, ocurrido el pasado 3 de enero. Trump presentó en la tribuna del Congreso a Enrique Márquez, excandidato presidencial venezolano que había sido detenido en enero de 2025 por oponerse al régimen chavista, y lo describió como un testimonio vivo de su política de mano dura.
«Alejandra, me complace informarte que no solo han puesto en libertad a tu tío, sino que esta noche está aquí, para celebrar su libertad contigo en persona”, dijo Trump mirando a la sobrina del político que estaba de pie, apelando a combinar ese momento «emotivo» de «liberación» con un logro geopolitico, una escena que se replicó en varios momentos del discurso con otros invitados.
Trump vinculó esta operación con los avances energéticos y la colaboración con la nueva presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, calificando al país sudamericano como un «nuevo amigo y socio» y resaltando que Estados Unidos había recibido «más de 80 millones de barriles» de crudo venezolano después de meses de escalada bélica en el Caribe. La producción de petróleo estadounidense, sostuvo, también aumentó en 600.000 barriles diarios, una prueba más de lo que él llamó una «remontada histórica» de su país.

En tanto, la iniciativa de Trump para intervenir en Venezuela, aun presentada como un logro, se produjo en un contexto de escepticismo ciudadano sobre el papel de Washington en la región. Según los últimos datos de Pew Research Center, de enero de 2026, la opinión pública está dividida sobre la intervención estadounidense en Venezuela: el 45% considera que EE. UU. no debería involucrarse mucho o en absoluto en la gobernanza del país en los próximos meses, mientras que un 32% cree que debería hacerlo de manera moderada y un 21% apoya un involucramiento muy activo.
En contraste con estas escenas internacionales, los temas internos sobre inmigración parecieron navegar con menor aprobación en el salón. A pesar de que el discurso abordó —como era esperado— políticas migratorias duras, en las últimas semanas los operativos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) desataron protestas masivas en EE.UU. luego de la muerte de dos estadounidenses a manos de agentes federales, un contexto que no pasó desapercibido entre los legisladores demócratas asistentes.
Por otro lado, la ausencia de cualquier mención significativa a la guerra en Ucrania, el papel de la OTAN o los vínculos tradicionales con Europa también fue notable en su intervención. Tampoco hubo referencias al caso de Jeffrey Epstein, la piedra en el zapato que en las últimas semanas volvió al centro de la discusión pública y mediática, reavivando cuestionamientos sobre transparencia y vínculos con figuras del establishment.
La viuda de Charlie Kirk: «Que Dios te bendiga»
Más allá de los temas de política exterior, Trump también insertó referencias emotivas y simbólicas en su discurso. La viuda de Charlie Kirk, Erica, a quien mencionó con especial énfasis, lloró en la tribuna mientras le respondía «God bless you» («que Dios te bendiga»), un gesto que se encuadró en el universo MAGA y en el nacionalismo cristiano que Trump buscó reforzar en sectores de su base.
«Hubo una renovación tremenda en la fe en Dios y en el cristianismo, gran parte tuvo que ver con mi gran amigo Charlie Kirk, un gran muchacho que fue convertido un mártir por sus creencias», subrayó Trump.
Además, agradeció directamente a figuras como Marco Rubio, reforzando alianzas dentro de la bancada republicana en momentos en que la cohesión interna no es un hecho garantizado.
En paralelo, la respuesta de los demócratas no pasó desapercibida. Decenas de legisladores optaron por boicotear el discurso, y varios hablaron desde el icónico National Mall en un mitin alternativo, denominado «People’s State of the Union”, como forma de protesta. Entre esos legisladores estaban figuras como Pramila Jayapal o Maxwell Frost, reflejo de la fractura interna dentro de la oposición, que también se encontró dividida entre quedarse en la sala o salir ante cada pasaje más polémico del discurso.
A su vez, la reacción de la bancada republicana fue casi monolítica en los temas de política económica y seguridad exterior: cada propuesta sobre aranceles, energía o fuerza frente al exterior era recibida con aplausos y vítores, mientras que las menciones a inmigración o a tensiones internas provocaban miradas menos uniformes y silencios tensos. El accionar de Trump en estos campos —desde la política de aranceles, que enfrentó una reciente decisión de la Corte Suprema, hasta las redadas migratorias— fue también tema de debate posterior entre analistas y legisladores, que parecieron coincidir en su división sobre el rumbo del país.
Al concluir su largo discurso, Trump buscó imponer una narrativa en la que la captura de Maduro, la amenaza de Irán y el reforzamiento de la seguridad energética y económica funcionaron como puntos fuertes para defender una gestión frente al escepticismo y la polarización política, apenas algunosde los desafíos que atraviesan a Estados Unidos en un momento clave de su historia política.
ML










