«La cosa no está bien, pero si me va a pasar algo quiero que sea siendo el DT de Boca»

«La cosa no está bien, pero si me va a pasar algo quiero que sea siendo el DT de Boca»

Las últimas horas fueron dolorosas. Con el cuerpo vencido y la certeza de que el final estaba cerca, le pidió un último deseo a su familia, partir vestido con la ropa de Boca. Sí, Miguel Angel Russo quería dar el paso a la inmortalidad de azul y oro. Ya no comía ni bebía, pero aquella frase que esbozó entre lágrimas cuando creyó que le había ganado la batalla a la cruel enfermedad, sobrevolaba la habitación: «Todo se cura con amor».

Y con afecto extremo se fue Russo. Rodeado de su mujer, Mónica, y sus hijos Natalia y Nacho. Acompañados por un párroco enviado por Claudio Tapia que le brindó la extremaunción. A las 19 del miércoles, su corazón dijo basta.

Contó Gonzalo Belloso, presidente de Rosario Central y amigo: «El cura dijo unas palabras muy lindas de cómo es el paso al cielo. Y de la mano de su señora. Y cuando se terminó de rezar el padre nuestro, falleció Miguel. Una cosa única, increíble. Y entiendo que se fue en paz». Atrás había quedado el sufrimiento del hombre que vivió aferrado a la pelota hasta el último instante. La que siempre estaba debajo de su cama, como confesó hace algunos años.

Entonces, empezaron a trascender las historias que se construyeron a partir del llamado de Juan Román Riquelme y un pacto con el amigo. Russo estaba con trabajo en San Lorenzo, a punto de disputar un partido trascendental ante Argentinos Juniors, pero su teléfono sonó y supo que era la última oportunidad. «¿Estás para volver a agarrar Boca?», preguntó el presidente, quien supo acompañar al técnico en la gesta continental de 2007, el que le dio una segunda chance cuando se lanzó a la dirigencia de la mano de Jorge Amor Ameal. «La cosa no está bien. Pero si me va a pasar algo, quiero que sea siendo el técnico de Boca», fue la respuesta del entrenador, que ya intuía su destino.

No es momento de analizar el contexto. Si la decisión tuvo racionalidad o no, si buscó un paraguas protector. Riquelme, que siempre divide aguas, eligió el costado humano. Y Russo mostró esa sonrisa de publicidad, con los dientes blancos y relucientes, un sello propio. Los resultados, ahora mismo, son anecdóticos. También, esa racha sin victorias porque el principal éxito de Miguel es el reconocimiento del fútbol, de su vida, de su mundo.

El pacto que establecieron Román y Russo excedió la relación dirigente-técnico. Porque incluso cuando el propio Riquelme tuvo que echarlo en agosto de 2021 para descomprimir una campaña cargada de decepciones, el vínculo no se rompió. Miguel continuó en contacto con «el mejor jugador que dirigió», según sus propias palabras.

El Mundial de Clubes, el regreso a la arena internacional que supo respirar en la recordada final contra el Milan de Carlo Ancelotti, lo rejuveneció. Pero el cáncer volvió a despertar. Y el deterioro se hizo indisimulable. Riquelme nunca pensó en despedirlo. Respetó el deseo de Russo, muy a pesar de que las victorias no llegaban y los hinchas reclamaban. Entonces, mandó a decir a través de sus satélites que no iba a entrometerse en su tratamiento médico. Que podía ausentarse del entrenamiento cada vez que quisiera. Y si no podía dirigir, ahí estaba Claudio Ubeda, su escudero, que continuará el camino que iniciaron en junio.

Las internaciones empezaron a ser más recurrentes. Primero, fueron de 24 a 48 horas. Russo estaba cada vez más débil. La imagen en Mar del Plata, cuando fue captado durmiéndose en el medio del choque con Aldosivi, fue impactante. Aquel domingo llovía intensamente y para que no tuviera frío, le pusieron una almohada debajo de la campera. Por respeto, la dirigencia de Boca y de la AFA les pidieron a los encargados de las transmisiones de TV que no volvieran a enfocarlo durante los siguientes partidos.

Miguel hizo un último esfuerzo, consciente de que el adiós era inminente. Viajó a Rosario, donde dejó una imborrable huella, para volver a sentir el cosquilleo de la ovación. El abrazo de esos hinchas que lo adoptaron como un ídolo por todo lo que les dio en cuarto etapa como entrenador, la última a bordo de una inolvidable vuelta olímpica. Al punto de quebrarse, enarboló un mano y devolvió los saludos.

Sin embargo, su última vez en una cancha fue en la Bombonera, ahí mismo, donde se cumplieron los sueños que cobijó desde que asumió por primera vez, casi dos décadas atrás, en diciembre de 2006, un año antes de alzar la sexta Copa Libertadores. Boca le regaló el mejor primer tiempo de su tercer ciclo. No pudo sostener la victoria en el segundo tiempo y Central Córdoba lo empató. Un rato después, habló en conferencia de prensa. Fue su última declaración pública.

La última foto fue un abrazo de Riquelme y una sonrisa, que puede interpretarse como una manifestación de afecto o una utilización política, de acuerdo al prisma del receptor. La realidad es que, más allá de los que crean unos y otros, Román lo quería a Miguel. Por eso se fue devastado de su casa el lunes, cuando lo visitó.

“El hecho de ver rodar la pelota me sanaba más que lo demás”, sostuvo Russo alguna vez. Por eso murió como vivió, con los colores que adoptó de grande. Con el respeto de propios y ajenos. Con la llama viva, incluso cuando el fuego se estaba apagando.

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