Jenni Fagan recuerda cuando vivía en un edificio en Edimburgo que era tan pero tan angosto que para tener lugar para lavar la ropa tenía que levantar la cama y apoyarla en vertical contra la pared. Hace memoria y se ve a sí misma subiendo las escaleras, esquivando drogadictos y regalándoles sánguches a los linyeras que dormían en el piso. La electricidad iba y venía, el baño no era un lugar seguro, en el ático había escondidos huesos humanos.
Vivió diez años en el edificio que inspiró Luckenbooth, su tercera novela que fue recientemente editada en castellano por la nueva editorial argentina Queequeg Press.
Fagan empezó a escribir cuando tenía siete años, hace cuatro décadas. Para ese entonces, había vivido en quince lugares distintos de Escocia y cambiado de nombre legal cuatro veces (el actual lo obtuvo a los cinco). La cifra exacta de sus mudanzas superaría la de cuarenta y cinco. Se empezó a dar cuenta de que le gustaba la escritura cuando vivía en un barrio de casas rodantes.
Allí solía frecuentar una biblioteca móvil. “El libro que me cambió fue El Hobbit”, recuerda la autora en conversación con Viva, y le otorga menciones especiales a Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak, y los cuentos de Roald Dahl. Aunque eran libros para niños, desconocía muchas palabras -tenía siete- y sus dudas las resolvía recurriendo a un diccionario.
No sabe por qué sintió el impulso de escribir. Empezó a mano en esos días de motorhome. Dejaba palabras sueltas en los libros que conformaban la biblioteca. Un día, cuando se encontró con sus escrituras frente a frente, tuvo una epifanía: “Mis poemas todavía estaban ahí. No sabía lo que pensaba hasta que lo vi escrito. Fue la primera vez que vi mi voz”.
Desde entonces, nunca dejó de escribir.
Tuve un entrenamiento muy dramático en el mundo, y una vida traumática que estaba completamente fuera de mi control.
La niña sin nombre
Pero su relación con los libros había empezado mucho antes. En el primero que tuvo a mano, ella misma era la protagonista. Jenni Fagan se crió en el sistema de cuidados infantiles de Escocia. En 1977, su madre estaba internada en un hospital psiquiátrico victoriano cuando la dio a luz. Jenni pasó de un hogar de tránsito a otro desde sus primeros días; una rara normalidad que definió su vida.
Como documento de su identidad, los trabajadores sociales del sistema iban llenando un cuaderno con su biografía. En esas hojas quedaría su desprolijo perfil infantil. “Cuando tenía tres o cuatro años corté el libro porque no me gustó la historia, no era real”, dice. Si a los siete encontró su voz gracias a la biblioteca móvil era porque antes la había perdido.
A los dieciocho, después de vivir con varias familias, se mudó al edificio de Edimburgo que inspiró Luckenbooth. Pertenecía a una asociación de viviendas públicas; una torre “asombrosa” y muy antigua.
Más adelante, ya con dos novelas y varios libros de poesía editados, la autora recordó que ese lugar tenía todo para ser protagonista de su nueva historia, e inventó una alrededor de él.
La trama de Luckenbooth se desarrolla a lo largo del siglo XX, desde 1910 hasta 1999. Son nueve historias divididas en tercios, cada una protagonizada por personajes que de alguna manera u otra habitan esta oscurísima “vivienda multifamiliar”. Muchos de los relatos se complementan con otros, pero todos son autoconclusivos.
El personaje nodal, Jessie, asesta una maldición al 10 de Luckenbooth Close después de que el propietario, el Sr. Udnam, comete un acto atroz contra ella y sus seres queridos. Es identificada como “la hija del diablo” y, para Jenni Fagan, representa “la consecuencia del capitalismo occidental”: “En cierto grado, todos somos la hija del diablo. Cuando pensás en los edificios hermosos de Escocia, Londres, París o Roma, muchos de ellos fueron financiados por el daño substancial de la esclavitud, la colonización o el robo de los recursos”.
Más allá de que los personajes son inventados (a excepción del escritor William Burroughs, protagonista de una de las historias), todos habitan la verdadera Edimburgo. Fagan pensó en la ubicación del callejón Devil’s Advocate Close para situar su edificio ficticio. Con Luckenbooth Close como núcleo, todas las referencias a la capital de Escocia corresponden a la Edimburgo real, la que se puede buscar en los mapas. La narración refiere a muchísimos sitios existentes y los pinta de modo tal que a veces la novela parece funcionar mejor que una guía de turismo. Aunque no una cualquiera: su Edimburgo es oscura, subrepticia, gótica, violenta, oculta.
“Quería crear un libro que fuera mi carta de amor a Edimburgo, pero que a la vez pudieras entrar en él. Tiene mucha vida”, asume.
-¿Pensás que yo, como lector, después de leer Luckenbooth tendría ganas de ir a Edimburgo?
-Sí. De hecho, conocí un montón de lectores que me vinieron a ver a lanzamientos y me contaron que se mudaron a Edimburgo solamente porque habían leído Luckenbooth. Un chico canadiense respondió a un aviso de una compañía de viviendas para mudarse y la persona que lo entrevistó ahora es su esposa.
Jenni Fagan propone ingresar a la ciudad desde su puerta chica. “Siempre estoy interesada en las historias que no se cuentan. A veces las personas vienen a la ciudad y viajan por las áreas de Luckenbooth. Pueden ver exactamente donde llegó la hija del diablo. Pueden ir a la costa donde ella desembarcó en su ataúd y, literalmente, caminar toda la ruta que hizo. Todo está ahí.”
La escritura fue y es mi compañera más antigua, mi familia más larga, mi manera de estar.
Transformar el pasado
En la contratapa de Luckenbooth hay un comentario de Mariana Enriquez sobre la novela. La obra de la autora argentina, como la de Fagan, prefiere las historias subterráneas a las superficiales y sirvió de inspiración para la escocesa.
-Hay muchos puntos de unión en Luckenbooth y los relatos de Mariana Enriquez. ¿Qué pensás de ella?
-Creo que es extraordinaria. Una de nuestras mejores escritoras. Amo su trabajo. Creo que tiene una mente y una imaginación increíbles. Es formidablemente inteligente; una escritora real. Hay muchos escritores que son geniales, pero hay algunos que son escritores reales. Y sé que fui influenciada por ella.
Al igual que en la literatura de Enriquez, el impacto de la coyuntura en las vidas aporta los elementos fundamentales para constituir el horror.
“Tuve un entrenamiento muy dramático en el mundo, y una vida traumática que estaba completamente fuera de mi control. Y creo que nací así. No tuve mucha suerte en la vida, pero sí conté con esta habilidad de observar a la gente y a las cosas, y luego convertirlas en trabajo. Si no me levanto y hago un cambio político, ¿cuál es el valor de lo que hago?”, acepta.
Jenni Fagan es doctora en Filosofía por la Universidad de Edimburgo, donde vive con su hijo. Publicó cuatro novelas: El panóptico (por la cual fue elegida en 2013 como una de las mejores novelistas jóvenes británicas por la revista Granta), Los peregrinos de la luz del sol, Luckenbooth y Hex. Casi todas fueron premiadas.
También escribió seis volúmenes de poesía y un libro de memorias, publicado en 2023 y que se titula Ootlin. En él documenta su “dramática” vida.
-¿Sentiste dolor cuando reviviste tu pasado para escribir Ootlin?
-Fue lo más difícil que hice. Soy una persona muy privada, nunca lo habría compartido. Me tomó mucho tiempo. No quería ser juzgada o definida por mi historia. Pero un día tuve un almuerzo con mis agentes en Londres, en donde hablé de mi vida y dije que no escribiría sobre ex compañeros. Pero ellos se rieron y dijeron que habría mucha gente que escribiría sobre mí, “mientras estés viva y cuando estés muerta”. Y pensé: “Ninguna de esas personas sabría lo que mi vida había sido”.
-¿La escritura te ayudó a sanar?
–Creo que me mantuvo viva. Y que sin ella no estaría aquí. Como si no leyera, viera obras de arte o escuchara música. Escribir fue algo que hice cada día. Durante cuatro décadas, la escritura fue y es mi compañera más antigua, mi familia más larga, mi manera de estar. Es tan fundamental para mí como es posible que sea.
Ootlin nació de un pacto con Dios. De su profunda convicción de que debía ser ella quien le pusiera voz a sus muertos:
“Me di cuenta de que estaba en una posición muy extraña. Había logrado sobrevivir al estilo de vida que venía llevando, pero también sabía que tenía la capacidad de articular algo que muchas personas no sabrían. Sentí que tenía una responsabilidad moral y social.”
A punto de morir de COVID y con el borrador de la biografía ya esbozado, Fagan revisó su pasado e hizo “un acuerdo con Dios”: le preguntó qué podía hacer por su vida si sobrevivía. “La respuesta fue que ya había escrito el libro político más importante, y que tenía que revisarlo y publicarlo.” Ootlin fue un éxito y obtuvo el año pasado el premio Gordon Burn. Fagan ya está escribiendo el guión para convertirlo en película.










