En una escuela de Estados Unidos, los chicos no tienen docentes que expliquen matemáticas en el pizarrón ni profesores que corrijan exámenes sino que durante dos horas al día se sientan frente a una pantalla y un sistema de inteligencia artificial decide qué ejercicio hacer, cuándo avanzar y qué reforzar. Se llama Alpha School y mientras es celebrada por muchos, están quienes sospechan que debajo de este nuevo modelo hay viejas prácticas y errores.
Esta flamante institución parte de una intuición bastante extendida: si un algoritmo puede personalizar el contenido al nivel exacto de cada estudiante, detectar en tiempo real dónde se equivoca y ajustar el ritmo de aprendizaje, ¿por qué mantener el esquema tradicional de una clase homogénea para todos?
Creada por la emprendedora MacKenzie Price y el empresario tecnológico Joe Liemandt, en Alpha School aseguran que su método, en el cual sólo hay dos horas de clase junto a un tutor algorítmico y el resto son actividades creativas grupales, logran que los niños aprendan el doble de rápido que las escuelas tradicionales.
En este paradigma, la inteligencia artificial no es un complemento sino el corazón del sistema, ya que enseña, evalúa y organiza el recorrido académico. Los adultos no diseñan los programas, determinan los contenidos ni califican trabajos sino que cumplen el rol de “guías” que acompañan el proceso.
El aprendizaje no es solamente la adquisición de contenidos sino también es experiencia compartida.
En un contexto donde los sistemas educativos en todo el globo arrastran problemas estructurales, aulas superpobladas y resultados alejados de las expectativas, la idea resulta irresistible. Sin embargo, el entusiasmo convive con preguntas incómodas, ya que la semana pasada la web 404 Media publicó documentos internos en los que se denuncia que en ocasiones los exámenes generados eran de una dificultad notable y algunos de los programas creados eran defectuosos.
Sin embargo, el debate relevante es cómo determinar lo que sucede cuando la arquitectura pedagógica deja de estar diseñada por docentes y pasa a estar gobernada por modelos algorítmicos, históricamente diseñados para la eficiencia y maximizar los recursos.
Pero el aprendizaje no es solamente la adquisición de contenidos sino también es experiencia compartida, conversación y conflicto, a la vez que necesita de tiempos muertos, desvíos inesperados y hasta la frustración compartida.
La escuela es un espacio de socialización y de contacto con lo diferente en donde se desarrollan tanto habilidades cognitivas como emocionales, no solo competencias medibles. Cuando el sistema se optimiza exclusivamente para avanzar más rápido, ¿qué tipo de subjetividad estamos formando?
Incorporar inteligencia artificial en el aula puede abrir oportunidades valiosas, desde tutorías personalizadas hasta herramientas de apoyo para estudiantes con necesidades específicas, pero en esos casos es un instrumento más y no la estructura central. Hacer esa transición requiere formas claras de medir su éxito o no y un debate que incluya a alumnos, docentes, familias y el resto de la comunidad educativa.
Si educar implica formar ciudadanos capaces de pensar críticamente, convivir con otros y tolerar la complejidad, los modelos algorítmicos no parecen ser la mejor estrategia posible.










