En Miami se ha instalado en las últimas semanas una expectativa inusual. La captura a comienzos de año de Nicolás Maduro en Venezuela —el que era hasta ese momento el principal aliado de La Habana— y las reiteradas afirmaciones de Donald Trump de que el régimen cubano “va a caer pronto” han reforzado el anhelo de la libertad de Cuba en el corazón del exilio. Con los nuevos bríos, ha reflotado una pregunta que atraviesa a la comunidad desde hace décadas, entre el anhelo y la ambición: ¿quién podría liderar una Cuba poscastrista?
Opositores, empresarios e influencers que se han posicionado, de forma más o menos explícita, como posibles arquitectos de una transición, son observados con atención desde ambas orillas del estrecho de la Florida. Sobre ellos cuelga además la incertidumbre de cuánto de ese futuro liderazgo dependerá de Estados Unidos, en un isla sumida en la peor crisis de su historia reciente y que no ha visto elecciones libres en 70 años.
A lo largo de esas décadas, el exilio ha producido sus propios referentes políticos para representar la aspiración de una Cuba libre. Desde figuras históricas como Huber Matos —el comandante que rompió con Castro— o el líder de Bahía de Cochinos, Manuel Artime, hasta políticos como Lincoln Díaz-Balart y activistas como Jorge Mas Canosa, de la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA), que organizaron a la oposición por la causa de la democracia. Hoy, una nueva generación de líderes, con distintos perfiles y trayectorias, se ha posicionado en la palestra.
Al margen, sin embargo, el presidente Trump ha llegado a sugerir que le gustaría “poner” al frente de Cuba al secretario de Estado, Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubanos nacido en Miami. Y al mismo tiempo, Rubio ha estado negociando con el régimen castrista, lo cual ha puesto sobre la mesa nombres vinculados a la familia Castro, como el de Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl, y el del ministro Oscar Pérez-Oliva Fraga. Pero estos contactos han generado incomodidad entre los exiliados, que en un mitín la semana pasada en Hialeah, al norte de Miami, rechazaron de plano un diálogo con el régimen.
Un plan diseñado en el exilio
Orlando Gutiérrez-Boronat, de 61 años, quien lidera la Asamblea de la Resistencia Cubana, una coalición de más de 50 grupos opositores con sede en Miami que asegura ha estado en contacto con la Administración Trump, está convencido de que se está “cerca de un cambio real en Cuba”. Los opositores han elaborado un detallado programa de transición para Cuba desde hace décadas, explica Gutiérrez-Boronat. El mes pasado, la Asamblea se unió con otra coalición, Pasos de Cambio, también integrada por medio centenar de grupos, lanzada en 2019 por Rosa María Payá, hija del histórico opositor Oswaldo Payá, para suscribir un Acuerdo de Liberación. El documento establece un cambio de gobierno en la isla y contempla un consejo provisional de 51 miembros que funcione como Parlamento, y un Ejecutivo compuesto por un presidente y dos vicepresidentes.
La mayoría de los miembros del consejo sería “gente que está dentro de Cuba”, dice Gutiérrez-Boronat. Incluso si participan actualmente en la política bajo el Gobierno comunista, siempre y cuando “no tengan las manos manchadas de sangre y hayan contribuido a la liberación de Cuba”. Bajo este plan, el consejo gobernaría por dos años y los miembros no aspirarían a la reelección, “para demostrar el compromiso democrático”.
Gutiérrez-Boronat evita dar nombres concretos de posibles líderes, pero resalta el papel del exilio en la política estadounidense hacia la isla. En particular, la Ley de Libertad Cubana, conocida como Helms-Burton, “un gran logro del exilio cubano y la oposición”, dice Gutiérrez-Boronat. La legislación, de 1996, condiciona el levantamiento del embargo económico a un cambio político en la isla.
El principal motor de la Helms-Burton fue la FNCA, fundada en 1981 por Mas Canosa, la figura más influyente del exilio en la política estadounidense hasta su muerte en 1997. Su hijo, el multimillonario Jorge Mas Santos, de 63 años, dirige la fundación y ha manifestado recientemente su interés en contribuir a la reconstrucción de Cuba. Tras una visita el mes pasado a la Casa Blanca con el equipo de fútbol del que es propietario, el Inter Miami FC, declaró que que el patrimonio de su familia estaba “al servicio de una Cuba libre”; y que Trump le había dicho que los cubanos podrían regresar “muy pronto” a su país, ya que un cambio era inminente.
Ese protagonismo del exilio, sin embargo, también ha sido objeto de crítica. Ricardo Herrero, del Cuba Study Group, que promueve una transición a través del diálogo entre la isla y la diáspora, afirma que “si tiras una piedra en Miami encuentras a varios que quieren ser presidentes” de Cuba. Además advierte que en el exilio “el tema de Cuba es una moneda que se ha usado para avanzar los intereses personales”. Por ello, “el cambio y los próximos líderes tienen que venir de adentro”, afirma Herrero. “Podemos plantar a un gobernante, pero va a haber una gran desconexión con el cubano de a pie”, agrega.
Las líneas entre el exilio y la oposición interna, sin embargo, no siempre son tan claras. Al tiempo que se gestaba la Helms-Burton en EE UU, el opositor Oswaldo Payá fundó el Movimiento Cristiano de Liberación para impulsar un cambio desde Cuba. Payá murió en 2012 en un choque de autos del que ha sido declarado responsable el Gobierno cubano por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), pero su hija tomó el testigo desde el exilio y fundó Cuba Decide, una iniciativa que pide un plebiscito, y más tarde lanzó Pasos de Cambio. El año pasado fue elegida miembro de la CIDH, nominada por el Gobierno de EE UU.
Payá sostiene que los cubanos deben ser “protagonistas del cambio”, con un liderazgo “cubano y apoyado por la comunidad internacional”. Explícitamente borra la línea entre la isla y el exilio: “El pueblo cubano es uno solo, y cómo tal estamos actuando. Los que por ahora vivimos en el exilio tenemos la oportunidad y la responsabilidad de participar y contribuir en la transición a la democracia”.
“Rosa María Payá y Orlando Gutiérrez-Boronat son líderes que están muy capacitados y pueden llevar adelante una transición real y definitiva en la isla”, opina Alexander Otaola, un influencer de 46 años que se ha convertido en una de las voces más visibles de la oposición, con grandes audiencias en la isla y en Florida para su programa en línea “¡Hola! Ota-Ola!”, donde combina chismes de la farándula cubana con críticas al régimen.

Otaola mismo se postuló en 2023 a la alcaldía de Miami-Dade —quedó en tercer lugar—, creó la Fundación Cubana Anticomunista en Miami el año pasado y organizó el reciente rally en Hialeah. No obstante, asegura que no aspira a ocupar un cargo público en una Cuba futura, aunque quisiera ayudar a “la nueva nación cubana libre”.
Pero sí advierte sobre lo que considera un mal de fondo: la desconexión de los cubanos con la política. “El pueblo cubano no conoce ni siquiera a los comunistas que lo dirigen. La gente no tiene conexión con nadie, ni dentro ni fuera, solo con el dólar y con la remesa que reciben de sus familiares en el exterior”, afirma.
La autoridad del sacrificio
No todos los opositores conciben el liderazgo de igual manera. Para José Daniel Ferrer, de 55 años, quien ha pagado en carne propia el precio de la disidencia, la legitimidad no se construye con acuerdos, sino con la resistencia interna. Ferrer fue uno de los 75 disidentes encarcelados durante la llamada Primavera Negra de 2003, y al salir de prisión, en 2011, fundó la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU). Después fue detenido en múltiples ocasiones, y pasó los últimos años encarcelado hasta que fue liberado el año pasado con la condición del destierro.
Ferrer se considera parte de los opositores en posición de liderar un proceso de transición, y sostiene que el factor clave para el liderazgo es la legitimidad del pueblo, más que los recursos o la visibilidad. “En democracia al presidente lo elige el pueblo. Por mucho dinero que se pueda tener, por mucha propaganda que se pueda hacer, estoy seguro que el pueblo cubano va a tener presente quién fue el que se esforzó durante mucho tiempo, luchando por la libertad, ya sea desde las prisiones, desde las calles de Cuba o desde el exilio. Nuestra gente tiene buena memoria, y va a saber preguntar ‘dónde estabas cuando me apaleaban, cuando me acostaba sin comer’”, apunta.
El desenlace, reconoce Ferrer, dependerá de si EE UU termina forzando la salida del régimen, como en Venezuela, donde “Trump decidió que Delcy Rodríguez era la persona adecuada para ese tránsito de la dictadura a la democracia”. “Es mejor que ocurra de la manera en que pueda ocurrir a que no ocurra de ninguna”, agrega.
Aún así, Ferrer sostiene que el exilio puede hacer “mucho más que firmar documentos”. La UNPACU hace activismo clandestino dentro de Cuba —con pintadas, cacerolazos y quema de basura— que a su juicio será clave para influir en un escenario de transición. “Debemos demostrar que nuestra lucha se ha mantenido en alto a pesar de la represión. Cuanto más protagonismo tengamos, más podremos exigir y evitar que pase como con [la líder opositora] María Corina Machado en Venezuela, que Trump dijo que la querían mucho, pero no respetaban suficientemente”, dice.
Uno de los líderes de la UNPACU que se exilió en 2020 tras amenazas contra su familia es Carlos Amel Oliva, de 38 años. Oliva cree que el liderazgo de la transición surgirá de las condiciones del momento. Si surge de un levantamiento popular como las protestas masivas del 11 de julio de 2021, lo asumirá “quien esté dentro de Cuba liderando esa resistencia”. “No hay plan que sobreviva al combate. La legitimidad se dará por la fuerza del hecho”, resume.
Oliva considera que Cuba “está preparada para una transición” gracias en parte a que “la brecha entre Cuba y Miami se ha estrechado”. “La gente ya no se informa por el Noticiero Nacional, sino que abre Facebook y está mirando al primo que ayer estaba allá y hoy está aquí. Por eso ya no vemos al cubano protestando por hambre o electricidad. Piden libertad, piden cambio, dicen ‘abajo el comunismo’”.
La oposición, asegura, está lista para formar un Gobierno “muy exitoso” del que quisiera hacer parte, aunque no sabe “qué posición pueda ocupar”, o si lo llamen. “Pero estoy dispuesto a dejarlo todo e irme a Cuba a reconstruir mi país”, asegura.
El riesgo de promocionar una quimera
Pero los analistas ven con cautela los acontecimientos. Ted Henken, profesor de sociología y experto en temas de Cuba de la City University de Nueva York, considera que la crisis en la isla y la política agresiva de Washington ha generado “una expectativa exagerada” que alimenta lo que llama “la industria de ser un líder cubano en el exilio”.
“Algunos tienen muy buenas intenciones, pero también es una especie de industria que no necesita producir resultados porque no gobierna. Es como una campaña electoral donde se promete todo sin asumir responsabilidades, atribuyendo los límites a la dictadura actual. Es, en cierto modo, una postura irresponsable”, sostiene.
Rubio, agrega, parece que está “preparando a la comunidad cubanoamericana para una decepción, para que entiendan que el acuerdo que se logre puede que no sea el que ellos preferirían”, apunta. “Es posible que el Gobierno cubano vuelva a resistir, o incluso si se produce un cambio, muchas de las promesas no se cumplirán —o no de inmediato”.









