Omar Viñole nació en General Villegas en 1904. Fue veterinario, poeta, filósofo, lo que hoy llamaríamos performer, humorista y provocador público. Su apodo, “el hombre de la vaca”, no fue una ocurrencia sino el resultado de una acción sostenida: durante años, Viñole caminó por Buenos Aires acompañado de una vaca, a la que trataba como compañera, símbolo y manifiesto.
En una Argentina marcada por el conservadurismo, el autoritarismo y la represión institucional de la “década infame”, Viñole encarnó una forma de resistencia que combinaba el absurdo, la ternura y la crítica feroz. Su vida fue una obra de arte viviente.
La vaca que lo acompañaba no era solo un animal: era una declaración política. En un país donde la ganadería representa poder económico y tradición, Viñole la convirtió en un símbolo de disrupción. La llevaba por la ciudad, la sentaba en cafés, la paseaba por la Plaza de Mayo. En una ocasión, intentó entrar con ella al Congreso, alegando que “la vaca tenía más sentido común que muchos diputados”.
Esta acción, repetida durante años, generaba reacciones que iban desde la risa hasta la indignación. La Policía lo detenía, los diarios lo ridiculizaban, pero él persistía. “La vaca no es loca -decía-, locos son los que creen que esto es normal.”
Viñole entendía el escándalo como herramienta pedagógica. En una época sin redes sociales, usaba el espacio público como escenario.
Algunas de sus intervenciones más recordadas incluyen:
1) La camiseta del jefe de Policía: se presentó en una comisaría con una camiseta que decía “Soy más honesto que vos”, y pidió que se la firmara el comisario. Fue detenido por “insultos a la autoridad”.
2) Cabalgando en un silbido: organizó una “cabalgata invisible” por la Avenida Corrientes. Invitó a la gente a montar caballos imaginarios y recorrer la ciudad “como si fueran libres”.
3) El silencio de Dios: durante una misa en la Catedral, se paró y gritó “¡Dios no habla porque ustedes no escuchan!”. Fue expulsado por “blasfemia”.
Estas acciones no eran improvisaciones: estaban pensadas como dispositivos de ruptura. Viñole creía que el arte debía incomodar, descolocar, abrir preguntas.
Aunque su figura pública era extravagante, Viñole tenía una formación sólida. Estudió veterinaria, filosofía y teología. Escribió ensayos, poemas y manifiestos que circulaban en mimeógrafos, cafés y ferias barriales. Algunos títulos: El hombre de la vaca (1942), La lógica del absurdo (1945), Manual para desobedecer con elegancia (1951), Dios está en la risa (1957).
En estos textos, Viñole reflexionaba sobre el poder, la religión, la ciudad, el cuerpo y el lenguaje. Su estilo mezclaba aforismos, humor negro y filosofía existencial. Influencias como Kierkegaard, Artaud y Macedonio Fernández se entrelazan en su obra.
En su cumpleaños número 60, organizó un desfile de vacas pintadas con frases filosóficas. La Policía lo acusó de “alterar el orden público con animales pensantes”.
En una entrevista con Ramón Mosquera, en 1965, dijo: “Yo no quiero cambiar el mundo. Quiero que el mundo se dé cuenta de que está dormido. Si para eso tengo que pasear con una vaca, lo haré hasta que me muera”.
Vivió sus últimos años en una isla en Tigre, rodeado de animales, libros y jóvenes que lo visitaban para escuchar sus historias dedicándose a las artes plásticas.
Nunca tuvo reconocimiento institucional, pero su figura fue recuperada por artistas y académicos en los años 80 y 90. Murió en 1967.
Hoy, Viñole es considerado un precursor del arte de acción en Argentina.
Su vida es una obra que desafía los límites entre lo público y lo privado, lo humano y lo animal, lo serio y lo absurdo.










