la final en que Pitufo se hizo pasar por árbitro y ayudó a un futbolista profesional a ganar con sus amigos un torneo que iba a terminar muy mal

la final en que Pitufo se hizo pasar por árbitro y ayudó a un futbolista profesional a ganar con sus amigos un torneo que iba a terminar muy mal


Lo esencial del potrero es invisible a la tele en vivo y directo. Es como pretender televisar una riña de gallos y que el público saque en la tiquetera virtual su entrada QR (más el cargo por del servicio). Son mundos incompatibles. Si es potrero es rústico, marginal y regado de apuestas con billetes uno sobre el otro cómo único medio de pago. Ahí nadie le hace acordar a los chicos, como el Dibu Martínez en la publicidad, que si son menores no pueden jugar. Hay cantina y el partido se juega aunque la gente pise la raya y un poco más. Si hay penales, todos adentro de la cancha. Sucio y desprolijo, sin pretensiones de lo contrario. La Copa Potrero tiene planteles de sobrado nivel para cualquier potrero, pero la puesta en escena televisiva diluye lo medular de lo que pretende evocar con su nombre comercial. Tiene más de Kings League que potrero.

Si es de potrero, el partido tendrá una anécdota que no se consigue en el fútbol organizado bajo la órbita de la FIFA. En todo caso, en lo único que se parecen esos dos planetas es que en ambos se juega por plata. Mucha, en cada contexto. “Yo ya era jugador profesional y jugaba esos campeonatos. Hay plata, eh. Buena plata”, cuenta hoy un entrenador que como futbolista era un férreo marcador central y que, a cambio del anonimato, le cuenta a Clarín una anécdota que es apenas una muestra ínfima de lo que significa jugar a la pelota en términos de potrero.

«Esos campeonatos yo los jugaba arriba, de 9. Yo no podía jugar, obviamente, pero cuando podía, ahí estaba los miércoles a la noche igual. Una vuelta, fuimos pasando de fase y llegamos a la final con unos chilenos. Eran muy picantes, mala leche. Además, toda la comunidad chilena del Oeste estaba de hinchada. Y jugaban bien, así que empezamos a armar un equipo para estar a la altura”, recuerda. Tal vez en la misma época jugaba en Estudiantes, o San Lorenzo. Al mismo tiempo que esperaba estar entre la lista de concentrados para el domingo, juntaba jugadores para armar un buen cuadro y jugar el miércoles. No hay inferiores ni suplentes ni muchos más que los dos o tres que son el alma del equipo, que tiene permanentemente abierto el libro de pases.

Un verdadero potrero, en medio de Fiorito. Ahí mismo, jugó Maradona. Foto: AP / Natacha Pisarenko

“Llevamos a Cachín, un verdulero de Moreno que tiene unas masas en las patas que son dos pinos de fuertes que son. Un toro, un animal que iba al frente como loco. Peleador. Le dijimos, ‘Cachín, mira, te queremos llevar a jugar abajo, pero el tema tuyo es que no nos podemos quedar con uno menos porque perdemos, mirá que estos juegan bien de verdad’”, cuenta sobre el reclutamiento para la finalísima con los chilenos. Lo mismo le indicaron otro convocado con cualidades extrafutbolísticas: “Pablo, otro boxeador, gran peleador de la zona”. A ese le pidieron que por nada del mundo mostrara su destreza, a menos que fuera inevitable. El equipo del barrio se preparaba para el partido del miércoles, pero también para una eventual batalla cuerpo a cuerpo, bien de potrero. La noche de la final, había unas 100 personas agitando y apostando por los chilenos y unas cinco o seis que llegaron desde Moreno con el otro equipo finalista. Entre ellos Pitufo, un amigo del equipo que tenía la costumbre de mirar el partido solo, lejos de los suyos.

«Empieza el partido. Muy picante como se esperaba, me venían fuerte y me daban. Pero yo jugaba en Primera, si querían pelear conmigo no se la llevaban fácil, porque uno sabe moverse, sabe pegar, es ágil y yo estaba ágil en aquel momento. En una, un defensor me pega una piña en las bolas ¡No sabés! Casi tengo que salir porque me dolía un montón. Lo recontraputeé y le dije que se la iba a cobrar. En un córner me queda el flaco a tiro y le meto la cabeza por debajo de la axila y sin que me viera el árbitro, pero si la gente, le pego una piña y le corto abajo del ojo”, cuenta y no hace falta que de muchos detalles de lo que siguió.

Quedan pocos potreros, pero están en todo el país. Este, en Rosario. Foto: Juan MABROMATA / AFPQuedan pocos potreros, pero están en todo el país. Este, en Rosario. Foto: Juan MABROMATA / AFP

La gente entró, hubo algunos golpes, amenazas de muerte y la sensación de que el partido no iba a continuar. Tal vez todo eso sucedía en la previa de a algún partido del otro mundo, por Copa Libertadores o Sudamericana, pero no era tan importante como ese momento.

“Me tiraron algunas piñas, cobré bastante. Fue una pelea generalizada, pero me fueron cubriendo: ahí Cachín el verdulero que jugaba en el fondo, se plantó adelante y no pasaban más. Pero como también corrieron al referí, no quería reanudar el partido”, remarca.

Los organizadores, las personas que se encargan de la cancha, el árbitro y las apuestas, necesitaban que el partido siguiera. La suspensión no resolvía las apuestas y eso le abría las puertas a una gresca mayúscula y difícil de parar. El árbitro propuso continuar el partido sin intervenir en la jugada de la discordia, pero siempre y cuando los dos equipos se comprometieran a jugar en paz. Dijo que no favorecería a nadie, pero la vehemencia de los reclamos lo alentó a preservar su vida: “Yo no sigo dirigiendo. Les dejo las tarjetas y el silbato, sigan ustedes, me voy a mi casa”, les dijo y dejó la discusión entre algo así como los capitanes y los organizadores.

Los chilenos estaban al frente por 3 a 2 y decían que sin árbitro no seguían. Además reclamaban el premio por considerarse ganadores del partido. Los de Moreno, querían seguir jugando para intentar darlo vuelta y sin la burocracia de un Tribunal de Disciplina, los organizadores adelantaron que el partido se tenía que completar en ese mismo instante y que no había chances de dejar las cosas así. Los de la cantina opinaron igual: no habían despachado ni la mitad de lo previsto para esa noche. El espíritu competitivo no era la variable que dominaba las situaciones. Además de plata, había viajes a Bariloche, órdenes de compra. “Cómo sea, tenemos que terminar”, cortó la discusión un organizador mientras terminaba la cerveza que tomaba del pico de una botella.

Así se festeja en el potrero. Foto: Gabriel Pecot Así se festeja en el potrero. Foto: Gabriel Pecot

Y entonces sucedió lo que solo puede pasar en un potrero. El mismo defensor que tal vez a esa altura ya jugaba profesionalmente pero en el potrero seguía de nueve, tuvo la chispa necesaria para intentar una hazaña con riesgo de vida. Se le ocurrió una alternativa que no pensó ni consultó y simplemente ejecutó. “Busquemos a uno de la tribuna que quiera dirigir… Ese por ejemplo: flaco, flaco, ¿te animás a terminar el partido?”, le dijo, como hablando a un desconocido pero dirigiéndose a Pitufo, el amigo que había llegado en auto con ellos, pero que por costumbre miraba el partido solo, alejado de los suyos y entre el público de los chilenos. “Y Pitufo la caza al vuelo y dice: ‘Sí, si no me protesta nadie y si están todos de acuerdo, yo no tengo problemas en dirigir porque fui referí”, tiró como si no se hubiesen visto nunca en la vida. A los chilenos les pareció convincente y aceptaron.

Campeón de potrero, de noche y a la luz del farol. Campeón de potrero, de noche y a la luz del farol.

El partido se reanudó, el equipo de los chilenos tenía que defender un 3 a 2 en los 15 minutos que restaban. El nuevo árbitro comenzó con suficiencia, fue muy riguroso y el público no sospechó nada: cada falta que recibía su equipo era sancionada y ante los reclamos del rival –los amigos del árbitro-, se multiplicaban las amarillas.

«Pitufo, al toque, empezó a improvisar el personaje. Cuando le abren la reja, entra diciendo: ‘No me proteste nadie que ya estuve viendo que es un partido muy caliente’. Una locura, era nuestro amigo. Si se daban cuenta nos mataban ahí mismo. No sabés lo que fue. Al principio lo queríamos cagar a piñas nosotros porque las chiquitas, el chiquitaje, se la cobraba todo para ellos ¡Qué bien la hizo! Porque cuando llegaban a nuestra área, ahí cobraba en favor nuestro. Andaba a los gritos: ‘No proteste que lo echo’ y conseguimos el empate: 3 a 3 y todo abierto en los minutos finales”, reconstruye.

El partido se terminaba y parecía que se encaminaba a una definición por penales, que hubiese renovado la serie de apuestas. El delantero de potrero, que como defensor profesional transitó en el Ascenso, Primera o copas internacionales estaba cansado de que los árbitros le cobraran penal por las mañas de los atacantes para fabricar faltas, aplicó el método en su favor y se tiró en el área tomando a su marcador y sonó el silbatazo del penal a tres minutos del final. Se sintió el silencio por primera vez en la canchita. Amarilla para un chileno que protestó y un amago de roja para otro y, tras la carrerita corta, el gol. Los de Moreno habían dado vuelta el partido. En el único momento que Pitufo se equivocó en su interpretación del árbitro fue en final: ni 15 segundos de más dejó seguir aunque se habían jugado apenas 10 del último cuarto de hora. El final fue escandaloso.

Así son los vestuarios en el potrero. Foto: Gabriel Pecot Así son los vestuarios en el potrero. Foto: Gabriel Pecot

El pitazo no terminó de apagarse y la cancha se volvió un hormiguero. Los campeones se abrazaban y los chilenos discutían entre ellos mientras dos buscaban al árbitro para lincharlo. Pitufo ya había bajado la vista como si fuera un árbitro de verdad que simplemente había cumplido con su deber. El festejo fue breve, Pitufo los buscaba con disimulo como para entender cómo seguía el asunto ¿Cómo se iba del campito? Nadie había pensado en esa parte del plan. Si alguno hilaba fino, tal vez podían darse cuenta de que el árbitro era amigo de los campeones. La organización anunció una promoción de choripanes a mitad de precio para calmar los ánimos. En ese mismo momento el equipo ganador rodeó a Pitufo como un anillo, no para participarlo de los festejos, sino para esconderlo y salir por un costado.

“Rajá para tu casa, ya. Ni te des vuelta”, le indicaron y Pitufo sin preguntar nada se puso una gorrita y se camufló en el entorno. Apuró el paso hacia la calle de tierra, donde la luz de un reflector muerto lo tragó como si nunca hubiera estado ahí. Mientras tanto, en la cancha, los chilenos seguían reclamando, señalando hacia el arco, hacia la línea, hacia el cielo. Pero ya no tenían a quién reclamarle. El árbitro original se había esfumado, Pitufo también, y los organizadores improvisaban explicaciones sobre la procedencia del “cuarto árbitro neutral” que nadie había visto llegar y ya nadie veía. Todos juntos, los jugadores campeones tomaban sus cosas para retirarse lo más rápido posible, antes de que alguien atara cabos. No hubo vuelta olímpica ni foto ni copa levantada. A veces en el potrero las hazañas tienen un precio que se paga en silencio. En esa canchita donde las reglas se inventan a medida que se rompen, el mayor triunfo no había sido ser campeones, sino haber salido enteros de ahí.

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