«Si todo lo demás sucumbiera y él quedara, yo seguiría existiendo; y si todo lo demás permaneciera y él fuera aniquilado, el universo se volvería un gran extraño; yo no podría parecer parte de él», dice Catherine Earnshaw en un momento de Cumbres borrascosas, la novela de Emily Brontë. Calificada en su momento de depravada, violenta y tenebrosa, la obra vuelve a ser protagonista a partir del estreno de la polémica versión de Emerald Fennell, protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi.
Desde su publicación en 1847 –firmada por Ellis Bell, el seudónimo masculino de Emily–, el libro ha sido leído de diversas maneras y etiquetado como romance, tragedia, alegoría gótica, relato de venganza, herejía sentimental contra la moral victoriana y texto de lectura marxista.
«Cómo alguien pudo haber escrito un libro semejante sin suicidarse antes de terminar una decena de capítulos es un misterio. Es una compilación de depravación vulgar y horrores antinaturales«, se alarmó el universo literario ante la obra de Emily. Fue su hermana Charlotte, autora de Jane Eyre, quien develó su nombre en la segunda edición, prologada por ella y publicada en 1850, tiempo después de la temprana muerte de Emily, ocurrida el 19 de diciembre de 1848. Tenía 30 años.
La revelación generó una gran sorpresa: ¿cómo aquella historia de pasiones que trascienden la muerte –con una galería de personajes irredimibles, un clima de violencia física y emocional, enfrentamientos de clase e insinuaciones de incesto, necrofilia y una sed de venganza cruel– podía haber nacido de la mente de una mujer?
Los páramos eternos
«Como sospecho que le ocurre a la mayoría de quienes leyeron Cumbres borrascosas en sus primeros años de vida, la novela ha permanecido viva en mi mente desde entonces, reavivándose con la relectura regular«, reflexionó John Sutherland, académico británico, columnista y autor. Es profesor emérito Lord Northcliffe de literatura inglesa moderna en University College London.
En «La magnanimidad de Cumbres borrascosas», publicado originalmente en Critical Inquiry (1983), Joyce Carol Oates sintetiza, como solo ella puede hacerlo, el espíritu de la obra de Emily: «Esta gran novela, aunque no excesivamente larga ni –contrariamente a la creencia general– excesivamente complicada, logra ser varias cosas: un romance que desafía brillantemente las presunciones básicas de lo “romántico”; un “gótico” que evoluciona, con una gracia absolutamente inevitable, hacia su opuesto temperamental; una parábola de la inocencia y la pérdida, y la inevitable derrota de la infancia; y una obra de consumada maestría en su nivel primario, es decir, el nivel del lenguaje».
Uno de los mayores atractivos de Cumbres borrascosas es, sin duda, Heathcliff. En Infernales. La hermandad Brontë (Taurus), la escritora Laura Ramos reflexiona que no solo se trata de una novela genial, sino que Emily crea un héroe malvado y logra climas y personajes llenos de perversidad, sexualidad y furia que escandalizaron a su época.
Oates reafirma esta idea al señalar: «El atractivo perdurable de Heathcliff se asemeja al de Edmund, Yago, Ricardo III, el intermitente Macbeth: el villano que impresiona por su energía, su astucia, su peculiar valentía; y por sus apartes, que invitan, como lo hacen, a la colaboración del público o del lector en su maldad. Brontë acierta plenamente al hacer que su villano nos diga, a través de la Sra. Dean y Lockwood, que la brutalidad no siempre repugna; y que hay personas –a menudo de carácter débil, cobarde y poco desarrollado– que la admiran de forma innata, siempre que no se sientan ofendidas (…) Infaliblemente cruel, pero lo suficientemente astuto como para parecer exasperado con las pruebas de crueldad de sus víctimas, Heathcliff despierta en el lector este peculiar vínculo de colaboración mediante la pura fuerza de su lenguaje y su ingenio: pues ¿acaso no es él, con su amada perdida, la fuerza vital desatada?».
La escritora Mariana Enríquez confesó en varias oportunidades su amor por Heathcliff. Se enamoró de él a los 12 o 13 años, cuando leyó la novela por primera vez. Le atrajo lo extraño, lo demoníaco, ese ser que no es del todo humano. «En términos de corrección política, el hombre del que una mujer debería huir. Un maldito».
Tal fue el impacto de Cumbres borrascosas que Enríquez reconoció que, en sus primeros libros, esa fuerza de la naturaleza –con resentimiento y la belleza del Satanás de Milton– la atrapó lo suficiente como para que algunos personajes le recordaran. En su texto El otro lado (Anagrama), escribe: «Cuando escribí Bajar es lo peor, Cumbres borrascosas y Sobre héroes y tumbas eran mis novelas favoritas de aquellos años».
Hubo un tiempo, a principios del siglo XX, en que se exploró la idea de identificar a Emily Brontë con Heathcliff, como la «hija adoptiva» de la naturaleza y «una criatura de los páramos» que conocía los secretos «de cosas antiguas e inalterables».
En el homenaje a Emily Brontë realizado en la Biblioteca Güiraldes, de la Ciudad de Buenos Aires, en 2018, Luis Chitarroni leyó un profundo análisis sobre la autora y su obra cumbre. En un pasaje de aquel texto señala: «Otra vez Heathcliff. No era peregrino sino una voluntad del Romanticismo y otra, por lo menos, de la fundación/fundición del gótico en ciernes, que los índices del mal se impusieran sobre los del bien en la descripción del protagonista. En Heathcliff, sin embargo, y a espaldas de su descripción, están las astucias despiadadas de los personajes de Waverley, de Walter Scott, demasiado caballeros o soldados como para que una abstracción se detenga en ellos, y Satán, Lucifer y Calibán, que es algo así como el extranjero absoluto».
Feroz a su tiempo
La fascinación por este universo generó numerosas adaptaciones y sigue siendo una fuente de inspiración inagotable. Entre las versiones más conocidas figuran Wuthering Heights (1939), de William Wyler, con Merle Oberon y Laurence Olivier; Abismos de pasión (1954), de Luis Buñuel; la versión de Peter Kosminsky (1992), con Ralph Fiennes y Juliette Binoche; y la de la británica Andrea Arnold (2011), con James Howson y Kaya Scodelario.
También existen versiones alemanas, italianas, japonesas y filipinas, producciones de Bollywood y la olvidada miniserie argentina de 1978, con Rodolfo Bebán y Susú Pecoraro. Incluso mereció un sketch de Monty Python en el que Catherine y Heathcliff intercambian apasionadas declaraciones de amor a través de los páramos usando banderines de semáforo.
Juliette Binoche en 1992 durante el rodaje de Cumbres Borrascosas. Archivo Clarín.Resulta imposible no mencionar a Kate Bush y su inolvidable himno de 1978, «Wuthering Heights», cuyo estribillo repite: «Heathcliff, soy yo, soy Cathy. He llegado a casa y tengo mucho frío. Déjame entrar en tu ventana».
Las obras de las hermanas Brontë han sido analizadas a lo largo de la historia y continúan despertando interés. El escritor mexicano Jorge Volpi, en el monumental ensayo La invención de todas las cosas. Una historia de la ficción (Alfaguara), sostiene que, más allá de sus convenciones y su imaginería gótica, «en sus mejores novelas las hermanas Brontë jamás dejan de criticar la ferocidad de su tiempo, en particular hacia quienes no se adecuan al modelo patriarcal: los pobres, los locos, los desheredados, los no blancos y, sobre todo, las mujeres».
Las hermanas Brontë también fueron objeto de análisis para Virginia Woolf. En 1925 publicó en The Common Reader el texto «Jane Eyre y Cumbres borrascosas», donde asegura que no hay un «yo» en la novela: «Hay amor, pero no es el amor de hombres y mujeres (…) No es extraño que así sea; más bien, es asombroso que ella pueda hacernos sentir lo que ella misma tenía dentro de sí».
Confesa admiradora de Woolf, la argentina Victoria Ocampo fue responsable, en 1938, de la edición en castellano de la obra de Emily Brontë. Con traducción de María Rosa Lida y prólogo de Ocampo, la editorial Sur presentó Cumbres borrascosas, una edición particular: como indica un análisis en la página del Instituto Cervantes, «en ella se verifica la coexistencia de diferentes normas de traducción (…): para la traductora, la protagonista de Brontë es Catalina; para la prologuista, es Catherine».
En el ensayo dedicado a Emily Brontë, Terra incognita, Victoria Ocampo afirma que Cumbres borrascosas es el alma de su autora: «Si algún ser humano ha habido que se confundiera con el lugar que lo vio nacer y con los objetos que lo rodearon fue, sin duda, Emily Brontë. El viento que sopla en este momento en Yorkshire lo respiramos en Wuthering Heights. Este libro es un lugar, a imagen del título que lleva. Pero este lugar, señalado en los mapas de Inglaterra, es el alma de Emily Brontë».










