Los pies se hunden en una capa de nieve virgen de unos 20 centímetros de espesor. No es un día de los más fríos, con -8 °C, pero las manos, incluso con guantes, solo resisten un rato a la intemperie. Tymur Kushy, de 43 años, comanda una cuadrilla de técnicos eléctricos de la empresa DTEK, la mayor energética de Ucrania. “Tenemos que devolverle la luz a la gente cuanto antes”, dice, mientras sus compañeros trajinan con los cables congelados. Este invierno no dan abasto. Se juntan las temperaturas más extremas en la última década con el recrudecimiento de los ataques rusos a la infraestructura energética de Ucrania y unas defensas antiaéreas insuficientes.
Los trabajadores energéticos se han convertido en “héroes” en el país, como dice Oleksiy Povolotskiy, director de la Oficina para la Recuperación de la Infraestructura Energética de DTEK. “Es un trabajo duro y peligroso”, explica en su oficina en Kiev.
Esta semana vuelven a estar en alerta. El presidente, Volodímir Zelenski, ha advertido de que sus servicios de inteligencia le han informado de que Rusia se prepara para otro gran ataque, a pesar de la nueva ronda de negociaciones a tres bandas que se celebran este martes y miércoles en Ginebra. Mientras, las temperaturas han vuelto a desplomarse y se registran fuertes nevadas y rachas de viento.
Las jornadas se han alargado este invierno para los trabajadores energéticos, exhaustos. El frío extremo complica las labores en el exterior, con heridas de congelación, según Povolotskiy. Además de muertos y heridos por accidentes laborales en el sector, están las víctimas directas de los ataques de Moscú. Solo en DTEK suman 16 muertos y 113 heridos en estos casi cuatro años de guerra. El 1 de febrero, dos drones rusos atacaron un autobús que transportaba a trabajadores de la compañía y mataron a 12 mineros.
Oleksandr Kharchenko, director del Centro de Investigación de la Industria Energética de Kiev, explica que Ucrania tenía una capacidad de generación de 33 gigavatios (GW) antes de la invasión a gran escala. Este invierno, el país solo alcanza a producir 12 GW, con una demanda de consumo de 18 GW. Ese déficit obliga a los operadores a llevar a cabo cortes de electricidad que en los peores momentos han significado hasta 20 horas diarias sin luz en algunos lugares del país como Kiev.
DTEK, según Povolotskiy, ha llegado a perder el 90% de su capacidad de producción. Sus instalaciones han recibido más de 220 ataques desde febrero de 2022. “[Los rusos] están atascados en el campo de batalla e intentan crear una crisis humanitaria”, denuncia el ejecutivo. “La campaña de bombardeos contra las infraestructuras críticas tiene éxito porque no tenemos suficientes defensas antiaéreas: no hay ni bastantes sistemas ni municiones”, continúa.
Zelenski urge permanentemente a los aliados a proveerles con este armamento. En algunos momentos en enero, ha desvelado el mandatario, sus reservas de misiles estaban prácticamente vacías por retrasos en las entregas. Este fin de semana, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, explicó: “A veces conseguimos llevar nuevos misiles a nuestros Patriot o NASAMS justo antes de un ataque, a veces, literalmente en el último momento”. Moscú además ha incrementado el número de lanzamientos de proyectiles balísticos e hipersónicos, más difíciles de interceptar.
Los trabajos de reparación en el sistema energético parecen infinitos. Tras un bombardeo comienzan las labores de reparación, a las que sigue un nuevo ataque, y la rueda no para de girar. Kharchenko lo ilustra con un dato: “Una subestación cercana a Kiev ha sufrido 73 ataques. La han reparado una y otra vez”. El objetivo es poner en marcha los sistemas cuanto antes, con soluciones ingeniosas aunque no permanentes. “Es ingeniería, pero a veces parece un milagro”.
La capital y Járkov son las ciudades con la situación más crítica este invierno. Además de los ataques a la red eléctrica, Rusia se ensaña con las plantas térmicas, que proveen de calefacción y agua caliente a la ciudadanía. En un ataque el 9 de enero, 6.000 edificios de viviendas de Kiev, la mitad del parque residencial, se quedaron sin suministros. Más de 1.000 siguen sin esos servicios y muchos se han despedido de ellos para lo que queda de invierno.
Con temperaturas que se han mantenido varias semanas en torno a -20 ºC, más de 600.000 residentes se marcharon de la capital. Las autoridades han desplegado carpas de emergencia para que los habitantes de las zonas más afectadas pudiesen cargar sus dispositivos, comer algo caliente, conectarse a internet y dormir a resguardo.
En el interior de algunas viviendas, los termómetros no se han alejado de los cero grados durante días y días. “Es sin duda el peor invierno de la guerra. ¿Cómo se puede sobrevivir así? Los edificios se congelan en un día. Es especialmente difícil para las personas mayores y las familias con niños”, dice Povolotskiy, de DTEK.

Cuando en medio de la oscuridad vuelve la luz, los vecinos aprovechan para cargar baterías y acumuladores, encender radiadores, cocinar, poner lavadoras, etc. Y entonces, las instalaciones colapsan. Kushy y su equipo están reparando una subestación transformadora carbonizada en Hodosivka, una zona residencial a las afueras de Kiev. Alguna vez, cuenta, terminan de arreglar un problema —con la dificultad añadida de que el frío congela los cables y tienen que calentarlos para poder manejarlos—, y a la media hora les llaman para volver.
“Sientes la presión mental de saber que de tu trabajo depende que mucha gente tenga luz”, cuenta el técnico. Como muchos ucranios, ha sentido directamente el golpe de la guerra y sabe que “el peligro está en todas partes”. Él perdió su vivienda por un ataque en 2022. En el frente energético de la guerra, ve su misión como “una aportación a la resistencia del país y a la victoria a largo plazo”.
La tregua energética que mantuvieron las partes durante varios meses, hasta octubre del año pasado, ayudó a empresas como DTEK a recuperarse. Pero los ataques de este invierno “han tenido un efecto destructivo multiplicador”, según Povolotskiy.
La infraestructura está muy tocada y se van a necesitar años y millones de inversiones para recuperarla. También se trabaja en la descentralización del sistema energético y en la diversificación de fuentes, como las renovables. En paralelo, Ucrania busca soluciones defensivas a largo plazo, como el refuerzo de las instalaciones con estructuras de hormigón y redes de acero, o construcciones subterráneas, explica Kharchenko.
El Gobierno anunció hace unos días que compensaría el esfuerzo ingente de los soldados energéticos con un bonus hasta marzo. Kushy y sus compañeros lo agradecen, pero en realidad, lo que más satisfacción les proporciona es la felicidad que ven en la gente cuando consiguen devolverles la luz.
Un ejemplo es Yulia Paviuk, una vecina de 30 años de Hodosivka que se acerca a hablar con la cuadrilla. Estaba desesperada. Llevaba varios días sin electricidad —últimamente, tenían 3,5 horas por la mañana y 3,5 por la noche, pero era algo— y cuando por fin pudo hablar con alguien de la compañía, le dijeron que tendría que esperar dos semanas más. Su esposo y ella se fueron a un hotel, pero un ataque dejó al establecimiento también a oscuras. Paviuk rebosa alegría cuando le cuentan que en un rato esperan tener el problema resuelto. Al menos, las pocas horas al día en las que hay luz, y hasta el próximo ataque.










