La gran depresión mundial de 1929 tuvo, desde sus comienzos, efectos catastróficos para las economías latinoamericanas.
Pese a que la crisis arribó paulatinamente, las clases dirigentes, que habían conspirado contra el yrigoyenismo en épocas mejores, no dejaron de advertir que se avecinaban tiempos de privación y malestar social.
Algunos sectores de la dirigencia política y militar argentina comenzaron a pensar que las democracias liberales no garantizaban una cuota mínima de orden para una época de alta conflictividad social.
Por eso pusieron en marcha el primer golpe de Estado del siglo XX encabezado por el general José Félix Uriburu el 6 de septiembre de 1930. El primer decreto del general ordenaba disolver el Parlamento Nacional.
El argumento utilizado fue insólito: “Las razones (son) demasiado notorias para que sea necesario explicarlas”.
El gabinete de Uriburu estaba compuesto por lo más rancio de nuestra oligarquía, que recuperaba feliz el aparato del Estado, base fundamental de sus negocios.
Uriburu dictó otro decreto, en este caso confidencial y sumamente ingenioso, estableciendo que el gobierno se haría cargo de todas las deudas privadas de los oficiales del Ejército.
Tiempo después, los diarios informaban que el decreto le había costado al país más de 7 millones de pesos. Un buen sueldo rondaba por entonces los 150 pesos.
En medio de tanta ignominia, hubo una mujer que se atrevió a “cruzarle la cara” al general.
Se llamaba Salvadora Medina Onrubia, había nacido en La Plata el 23 de marzo de 1894. Fue maestra rural, activa militante anarquista, autora teatral, periodista en Fray Mocho, PBT y La Protesta.
Madre soltera a los 16 años, amiga de Alfonsina Storni y de Simón Radowitzky. Recordada oradora en el entierro de las víctimas de la Semana Trágica, impulsora de la campaña por la libertad de Sacco y Vanzetti, y esposa de Natalio Botana el creador de Crítica.
Cuando la dictadura clausuró el diario, en mayo de 1931, fue a dar con sus huesos a la cárcel por orden de Uriburu.
Un grupo de notables intelectuales de todo el mundo le envió una carta al presidente de facto para pedir por su libertad.
Lo que sigue es la respuesta de Salvadora: “Gral. Uriburu, acabo de enterarme del petitorio presentado al gobierno provisional pidiendo magnanimidad para mí. Agradezco a mis compañeros de letras su leal y humanitario gesto; reconozco el valor moral que han demostrado en este momento de cobardía colectiva al atreverse por mi piedad a desafiar sus tonantes iras de Júpiter doméstico.
Pero no autorizo el piadoso pedido… Magnanimidad implica perdón de una falta. Y yo ni recuerdo faltas ni necesito magnanimidades.
Entre todas esas cosas defectuosas y subversivas en que yo creo, hay una que se llama karma, no es un explosivo, es una ley cíclica. Esta creencia me hace ver el momento por el que pasa mi país como una cosa inevitable, fatal, pero necesaria para despertar en los argentinos un sentido de moral cívica dormido en ello. Soy, en este momento, como un símbolo de mi Patria. Soy en mi carne la Argentina misma, y los pueblos no piden magnanimidad.
En este innoble rincón donde su fantasía conspiradora me ha encerrado, me siento más grande y más fuerte que Ud., que desde la silla donde los grandes hombres gestaron la Nación, dedica sus heroicas energías de militar argentino a asolar hogares respetables y a denigrar e infamar una mujer ante los ojos de sus hijos.
Pero yo sé que ante los verdaderos hombres y ante todos los seres dignos de mi país y del mundo, en este inverosímil asunto de los dos, el degradado y envilecido es Ud.
General Uriburu, guárdese sus magnanimidades junto a sus iras y sienta como, desde este rincón de miseria, le cruzo la cara con todo mi desprecio”.










