La ofensiva israelí en Gaza, bajo la lupa

La ofensiva israelí en Gaza, bajo la lupa


Contexto. La Franja de Gaza es hoy una alfombra gigante de escombros. Debajo de esas ruinas hay multitud de cuerpos que, cuando todo en ese enorme cementerio sea removido, elevará aún más la montaña de víctimas civiles ya extraordinaria creada en dos años de guerra.

No son cifras de Hamas. El ex jefe de las fuerzas armadas israelíes, Herzi Halevi, calculó en el portal Ynet que 200 mil palestinos del enclave, algo más del 10 por ciento de la población, han muerto o resultado heridos a lo largo de este conflicto. Suman cuatro veces más que el tamaño que se calculaba de la banda terrorista Hamas antes de la guerra.

Esa imagen brutal, tosca, de espanto, es la que ha derrotado y aislado a Israel en la guerra de propaganda, que debió haber vencido ampliamente porque fue la víctima de un golpe sin precedentes al pueblo judío desde el Holocausto nazi.

Hoy se multiplica la denuncia de genocidio en el enclave, con una vibración de tal intensidad que deja en sombras la brutal masacre efectuada por ese grupo fundamentalista en el sur de Israel el 7 de octubre de 2023.

En ese episodio, más de 1.200 civiles fueron vejados y asesinados, muchos de ellos quemados en sus casas, y sus hijos o nietos baleados, como pudo comprobar este cronista en el lugar, aquellos días.

Más de 250 personas fueron, además, secuestradas y llevadas a Gaza como una herramienta vil de negociación. Israel está en guerra debido a ese espanto. Pero la opción de una ofensiva de arrasamiento con resultados que acabaron escandalizando al mundo y denuncias de doble rasero por la condena y sanciones a la dictadura rusa por sus crímenes en Ucrania, ha sido una decisión del gobierno de Benjamín Netanyahu y sus aliados integristas.

Una mujer se arrodilla ante los muertos causados por un ataque israelí a un edificio de Gaza. Foto: Reuters.

Eligieron ese camino pese a la enorme presión en contra que ejercieron en su momento el gobierno de Joe Biden y la comunidad internacional para evitar estas consecuencias. No fue un fallido, sino una estrategia.

Hamas es un grupo terrorista reaccionario que rechaza la solución estatal palestina y ha operado para Irán para mantener encendida la llama de este conflicto desde que en 2007 le arrebató el poder del enclave a la Autoridad Palestina de Ramallah.

Una crisis que la derecha israelí aprovechó porque dividía el frente de ese pueblo y complicaba la “Solución de dos Estados”, la doctrina que por décadas han defendido los aliados occidentales de Israel para cerrar esta pesadilla.

Era la fórmula que también defendía el asesinado premier Yitzak Rabin, que impulsaba una solución política y no militar para la crisis contemplando el lugar histórico de los palestinos y revertir la colonización. Lo mató un extremista israelí.

En cualquier arquitectura que pacifique la región no caben dudas que Hamas debe desaparecer. Esa convicción unificó por izquierda y por derecha a Israel y a las potencias árabes tras los atentados de hace dos años.

Lo que no ha resultado aceptable en todo este arenero ha sido el oceánico amontonamiento de víctimas inocentes en Gaza bajo las bombas israelíes. El gobierno de Biden había propuesto pausas humanitarias y garantizar un flujo intenso de víveres, energía y medicamentos para la población atrapada en el conflicto.

De ese modo se evitaría desacreditar con muertos inocentes el castigo justificado al grupo terrorista. Lo mismo sostenían las potencias árabes, enemigas de Hamas y su tutor persa, pero que recibían una enorme presión de las calles por lo que sucedía en la Franja.

El formato de tierra arrasada de la operación fue premeditado y consecuencia de la politización de la guerra, desbordando el propósito de represión a la banda terrorista.

En Israel, este cronista recogió opiniones de analistas militares que entendían que un plan de guerra diseñado de otro modo hubiera instalado estructuras sanitarias desde el mar y tierra con una cobertura humanitaria de gran visibilidad que hubiese mantenido en el centro la brutalidad del 7 de octubre y aliviado las protestas anti israelíes.

Pero la realidad más dura es que el formato de tierra arrasada de la operación fue premeditado, y consecuencia de la politización de la guerra, desbordando el propósito de represión a la banda terrorista.

El gobierno de Netanyahu es una coalición compleja que suma mínimos partidos ultranacionalistas y a la vez ultrarreligiosos que extorsionan a un gobernante urgido a retener el sillón para evitar la cárcel. Y en el cual todos coinciden en operar un castigo colectivo que desarme lo que queda de la moral del pueblo palestino en Gaza para obligarlo a huir.

Palestinos desplazados huyen hacia el sur de la Franja, siguiendo órdenes de evacuación. Foto: Reuters.Palestinos desplazados huyen hacia el sur de la Franja, siguiendo órdenes de evacuación. Foto: Reuters.

La estrategia ha sumado el incendio de a gotas del otro territorio palestino ocupado en Cisjordania, donde sucede una guerra civil silenciosa, pero intensa.

Miembros del propio partido de Netanyahu, el Likud, entre ellos el diputado Nissim Vaturi, y aquellos aliados del premier, han visualizado este conflicto y el ataque de Hamas como el umbral para profundizar la ambición colonialista y la ilusión de construir el Gran Israel desde el Mediterráneo al Jordán.

Pocas semanas después del atentado del 7 de octubre, un legislador de esas veredas extremas, Yitzhak Kroizer, dijo a la Radio del Ejército que “la Franja de Gaza debería ser arrasada y debería haber una sentencia para todos los que están allí: la muerte, ahí no hay inocentes”.

Ese diputado es correligionario en el partido Otzma Yehudit (Poder Judío) del ministro de Patrimonio, Amichai Eliyahu, quien más expeditivo propuso usar el arma atómica en el enclave. Según Vaturi, “el interés israelí es que no haya ningún árabe aquí; si pudiéramos expulsarlos, ya lo habríamos hecho”.

Declaraciones de desprecio de ese tipo, junto con otras insistentes del ministro de Finanzas Bezalel Smotrich y su colega de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, dos colonos ultras, le brindó a los enemigos de Israel una enorme herramienta de propaganda. Ese ciclo alimentó una furia antisemita en la que se confundió por estupidez o malicia el cuestionamiento a un gobierno con la identidad judía.

El abuso político del conflicto se notó casi inmediatamente después de iniciada la guerra. Tres semanas después del ataque terrorista, el Financial Times revelaba que Netanyahu buscó convencer a los líderes europeos para que presionen a Egipto y éste permita ingresar a los habitantes de la Franja que huyen de las bombas, una maniobra que Francia y Alemania descartaron de inmediato.

Por esas mismas fechas, trascendieron párrafos de un documento redactado por los servicios de inteligencia israelíes, que analizaba un posible “éxodo” de la población de la Franja a la península egipcia de Sinaí en condiciones permanentes.

Después vinieron las versiones de posibles trasiegos masivos de este pueblo a países de África, y últimamente el ya abandonado proyecto de Donald Trump y Elon Musk de construir un Riviera turística en la Franja, sin palestinos.

Una comisión independiente de ONU interpretó como genocidio lo que ocurre con el tipo de guerra elegida por el gobierno del momento en Israel. También se habla de hambruna.

El concepto de limpieza étnica liga con el de genocidio, de ahí que esa palabra sobrevuela con enorme intensidad en este segundo aniversario de la masacre de Hamas.

Una comisión independiente de las Naciones Unidas interpretó de ese modo lo que ocurre con el tipo de guerra elegida por el gobierno del momento en Israel. También la hambruna, que se denuncia como una provocada arma de guerra.

Fue debido a esos excesos que las capitales del norte mundial, históricamente aliadas de Israel en su derecho inalienable a existir, acabaron reconociendo el Estado Palestino.

Es un gesto simbólico, porque la colonización de los territorios complica enormemente crear el Estado que falta desde la partición de la provincia palestina del Imperio Otomano en 1947, un déficit que el mundo árabe contribuyó gravemente a que exista.

Es interesante observar quiénes usan el concepto de genocidio para explicar el escenario macabro de Gaza. No son solo aquellos a quienes las autoridades israelíes califican de modo global como antisemitas, en Europa, EE.UU. o Latinoamérica.

Una etiqueta de la cual se ha hecho un uso exagerado y con la que a veces se falta el respeto a las víctimas del Holocausto del siglo pasado al enrostrar solidaridad con esa barbarie nazi a quien critique los movimientos políticos de Netanyahu, sus ministros o el resto de la dirigencia nacional. Una horrible trampa censuradora.

Puede, sin embargo, sorprender que una de las más entusiastas de la denuncia de genocidio es una de las dirigentes políticas de mayor afinidad y ardiente verticalidad del presidente norteamericano Donald Trump, la diputada Marjorie Taylor Greene.

“No quiero pagar por el genocidio en un país extranjero, en contra de extranjeros en una guerra extranjera con la que no tengo nada que ver”, sostuvo en un extenso tweet en el que formulaba una dura comparación. Se preguntó por qué un pueblo, por ejemplo, como si fuera el de EE.UU., debería ser masacrado por algo horrible que hizo su gobierno y que el mundo le diga sencillamente, cuando pide misericordia, háganse cargo de lo que eligieron.

Son palabras que indican la cima que alcanzó esta polémica también en el oficialismo republicano. Dentro de Israel este debate tiene una resonancia diferente. Una mayoría ha venido clamando por el fin de la guerra, pero esa misma mayoría se expresa con desinterés sobre el destino de los palestinos y su propia tragedia.

Es otra consecuencia del sanguinario asalto terrorista del 7 de octubre que rompió los lazos con el pueblo que vive al otro lado de la valla.

Ahora hay una oportunidad de paz, muy compleja, con los extremos de ambos lados obligados a un acuerdo que haga desaparecer a Hamas y, al mismo tiempo, disuelva las peligrosas ambiciones colonialistas de la minoría ultra israelí. Son enormes las dudas, pero para israelíes y palestinos sería justo que sucediera una salida política que cierre décadas de tragedia.

Shakespeare en La Tempestad alertaba que “el infierno está vacío porque los demonios están aquí”. Con el espectro de la masacre de Hamas y los infinitos muertos de Gaza, no hace falta explicar a estos pueblos el sentido ominoso de esas palabras.

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