La trama desencadenada en el Reino Unido por la más reciente publicación de documentos desclasificados del pedófilo Jeffrey Epstein ha llevado a la policía británica a acometer registros en dos propiedades de Peter Mandelson, el veterano político laborista cuyo nombramiento como embajador británico en Washington y posterior despido en septiembre ha generado una grave crisis política para el primer ministro, Keir Starmer. Los archivos difundidos la semana pasada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos sugieren que Mandelson, responsable de diferentes ministerios en los Gobiernos laboristas entre 1997 y 2010, habría facilitado a Epstein información confidencial en al menos cuatro ocasiones entre 2009 y 2010, cuando era titular de Negocios y número dos oficioso del Ejecutivo de Gordon Brown.
En un comunicado, la Policía Metropolitana de Londres ha informado de que no ha efectuado ninguna detención, pero que las pesquisas continúan, tras las inspecciones ejecutadas en un inmueble en el barrio de Camden Town, al norte de Londres, donde el propio Mandelson se encontraba cuando llegaron los agentes, y en el condado de Whiltshire, al suroeste de Inglaterra.
Los equipos de especialistas aspiran a recabar pruebas de dispositivos de memoria, teléfonos móviles, ordenadores, documentos y fotografías, como parte de una compleja investigación sobre supuesta conducta inapropiada en cargo público, dos días después de que Starmer acusase a Mandelson en el Parlamento de haber mentido sobre el alcance de su relación con Epstein.
El jueves, además, el primer ministro pidió disculpas públicas a las víctimas de la red de explotación sexual de Epstein, ante las que se disculpó por haber dado crédito a quien es conocido popularmente en el Reino Unido desde hace décadas como el príncipe de las tinieblas por sus maquinaciones en la sombra. De acuerdo con Starmer, Mandelson habría dicho que “apenas conocía” al pedófilo estadounidense que en 2008 había ingresado en prisión por prostitución de una menor y que, en 2019, se suicidó en una cárcel de Nueva York, transcurrido apenas un mes tras su detención por tráfico sexual de menores.
El pasado martes, Scotland Yard anunció la apertura de una investigación sobre los lazos entre Epstein y Mandelson. El propio Starmer ha reconocido que era consciente de que el hombre a quien designó embajador para el segundo mandato de Donald Trump había mantenido vínculos con el magnate después de que este saliera de la cárcel en 2009, una admisión que ha abierto la peor crisis para el primer ministro desde que en julio de 2024 se mudara a Downing Street.
Para sofocarla, Starmer quiere publicar las respuestas facilitadas por Mandelson durante el proceso de selección como embajador, con el objetivo de probar su argumento de que este mintió. La policía, sin embargo, ha vetado por ahora la maniobra por temor a que la difusión impacte sobre su propia investigación.
Publicación masiva
Tras una penosa claudicación esta semana en el Parlamento, el Gobierno laborista tendrá que publicar decenas de miles de correos electrónicos y documentos enviados a la Embajada británica en Estados Unidos en los apenas siete meses que Mandelson ocupó el cargo, así como todas las comunicaciones en las que el exministro participó antes y después de su nombramiento, incluyendo mensajes de WhatsApp y correos electrónicos. La difusión llevará meses, pero ya se prevé que sea la mayor publicación de documentos confidenciales del Gobierno desde la comisión de investigación de la pandemia de covid-19.
El problema para Starmer es que, independientemente de qué hubiera dicho Mandelson durante la fase de reclutamiento, su capacidad de juicio, la cualidad más importante de un primer ministro, ha quedado en evidencia. Al admitir que sabía que la relación entre Mandelson y Epstein había continuado después de que el millonario fuese condenado por prostitución de una menor, Starmer abrió un boquete potencialmente irreparable.
Lo que está en juego es su aptitud para tomar la decisión correcta y el exembajador, uno de los grandes arquitectos del Nuevo Laborismo de Tony Blair a final de los noventa, había protagonizado ya sonadas dimisiones por conflicto de intereses: en 1998 por no declarar un préstamo personal y en 2001 por su intervención en un caso de concesión de pasaportes que implicaba a un empresario millonario.
La elección de Mandelson en febrero del año pasado como máximo representante británico ante la Administración de Trump rompía con la tendencia habitual de tirar de diplomáticos de carrera. Se trataba de una decisión estratégica con el propósito de capitalizar ante la Casa Blanca el particular perfil del exministro, conocido por su supuesta habilidad de manejarse en los círculos políticos y sociales y facilitar acuerdos en la sombra.
La apuesta, sin embargo, había acarreado también polémica, debido al controvertido historial de Mandelson, cuya caída en desgracia en última instancia ha puesto el foco sobre la ya cuestionada idoneidad de Starmer, considerado en la actualidad un político con fecha de caducidad inminente. La creciente ira de sus diputados, desde hace tiempo en maniobras sucesorias, han disparado las especulaciones sobre un potencial asalto al liderazgo. Además, el primer ministro está bajo presión para despedir a su jefe de Gabinete y gran estratega, Morgan McSweeney, considerado el responsable de haber convencido al mandatario de la conveniencia de apostar por Mandelson como máximo representante del Reino Unido en Washington.










