la política como fuente de estrés social

la política como fuente de estrés social

La política -además de imprescindible para organizar la vida en común- es una fuente de intensas emociones y tensiones especialmente para quienes la viven desde afuera.

El ciudadano común hace tiempo está inmerso en un flujo incesante de información, opiniones y conflictos y en las que las crisis económicas, los escándalos o declaraciones altisonantes producen una descarga emocional inmediata (de indignación, miedo, enojo o desilusión)

que suelen terminar en discusiones en la vida familiar, en los grupos de amigos y en las redes sociales, generando una forma de estrés social que tiene marcados efectos sobre la salud mental.

El estrés político actúa igual que el estrés laboral o familiar, por lo que no es casual que suelan aumentar los síntomas psicosomáticos en períodos electorales o de crisis institucional.

El problema no radica solo en las ideas sino en la forma del debate, dado que en lugar de argumentar, se grita; en lugar de escuchar, se descalifica; en lugar de matices, se exige adhesión total o repudio.

Peor aún si se termina en una lógica binaria -“conmigo o contra mí”- que lleva a posicionarse de manera emocional más que racional, empobreciendo el pensamiento crítico y la política deja de ser un espacio de reflexión colectiva para convertirse en un campo de batalla ideológico.

Desde la psicología social, se sabe que el cerebro humano busca pertenencia. La identidad política ofrece una vivencia de grupo y de coherencia interna, pero también puede fomentar la agresión hacia quienes piensan distinto.

En contextos polarizados, la discrepancia resulta una amenaza personal y es por eso que tantos vínculos familiares o amistosos se deterioran por las diferencias ideológicas. Detrás de esos conflictos no hay sólo desacuerdos intelectuales, sino también heridas narcisistas por sentirse incomprendido o descalificado.

En el plano neurobiológico, la exposición sostenida al conflicto activa los circuitos de la ira y del miedo (gobernados por la amígdala cerebral) y disminuye la empatía y el razonamiento (fruto de la actividad de la corteza prefrontal).

Cuanto más se está expuesto a discursos agresivos o amenazantes, menor capacidad se tiene de pensar serenamente. La política, en su versión más crispada, literalmente “enciende” el cerebro emocional y apaga el racional.

El efecto no es sólo individual sino también colectivo y la toda la sociedad vive en un clima de tensión, inseguridad y hostilidad.

Cuando la política se vuelve fuente de angustia, la esperanza social se erosiona y aparece la sensación de impotencia.

Esta forma de agotamiento emocional colectivo recibe el nombre de fatiga política, la cual no es indiferencia, sino una reacción defensiva frente al exceso de estímulos y frustraciones.

La política despierta pasiones primitivas -amor, odio, miedo, idealización- que determinan que el líder se perciba como una figura paterna y el adversario como enemigo persecutorio absoluto. Si estas emociones no son reconocidas, se transforman en argumentos ideológicos y la política en un escenario donde cada uno proyecta sus propios conflictos internos.

Por lo tanto, conviene participar pero también mantener con ella una distancia emocional saludable para proteger el equilibrio psíquico y físico de cada uno.

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