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Melen Vergniaud tenía apenas diez años cuando su padre le obsequió una primera máquina de coser. En el salón de su casa en La Plata, capital de Buenos Aires, jugaba a fabricar prendas de vestir para sus muñecas y disfrutaba de mirar a su abuela mientras trabajaba como costurera. “A mí este terreno me fascina, lo traigo arraigado”, dice la mujer que, treinta años después de recibir aquel regalo, está al frente de La Red Textil, una organización liderada por mujeres e integrada por 40 cooperativas que desafían los modelos de producción de una industria caracterizada por la informalidad y la precarización laboral, e impulsan iniciativas con conciencia ambiental.
La Red Textil surgió hace más de una década para dar cauce a la generación de empleos, explica Vergniaud. Desde un comienzo el objetivo fue organizar y ordenar el trabajo de cooperativas textiles para garantizar un flujo que permita ingresos más rentables, abaratando costos al coordinar compras a gran escala y tomar mayor cantidad de trabajos en todos los eslabones de la cadena del sector textil, desde la hilandería, el corte y la confección hasta el estampado.
Pero además, desde sus inicios La Red persiguió un desafío mucho más complejo: transformar un sector productivo donde la mayoría de las trabajadoras son mujeres que sufren la precarización laboral.
Según Vergniaud, entre un 60 y un 80% de las trabajadoras de la industria textil son mujeres, que en su mayoría trabajan en talleres que funcionan dentro de sus propios hogares. “Nos organizamos en cooperativas para ir contra el trabajo precarizado”, asegura.
La agrupación reúne a entre 300 y 400 trabajadoras de unas 40 cooperativas en todo el país, la mayoría en la provincia de Buenos Aires, aunque también en provincias del centro y el norte argentino. Si bien la mayoría se dedica a la confección y el estampado, algunas producen exclusivamente las telas, unas forman parte de toda la cadena productiva y otras se dedican puntualmente al rubro marroquinería o calzado.
Las mujeres al frente
“Yo trabajaba sin objetivos ni sueños. Trabajaba y me ocupaba de mi casa”, recuerda Norma Cisterna (Buenos Aires, 57 años), presidenta de la cooperativa textil Sion y miembro del consejo directivo de La Red Textil. Cuenta que pertenecer a la agrupación le abrió el panorama de lo que implica ser una “mujer trabajadora”. “En La Red se impulsa mucho a las mujeres para que encuentren la fuerza para poder seguir adelante”, relata.
Cisterna trabajó buena parte de su vida como empleada de fábricas y conoció la industria textil hace más de una década, cuando junto con su esposo comenzaron a estampar remeras [camisetas] para amigos y conocidos en la cocina de su hogar. “No sabía lo que era enhebrar una aguja”, recuerda entre risas. Con el paso del tiempo, el proyecto creció, se sumaron clientes y ya no dieron abasto. Entonces, en 2014 crearon su cooperativa y se sumaron a La Red. Hoy se dedican al estampado de bolsos, remeras y abrigos, entre otros.
Para Vergniaud, el componente de género es fundamental. Si bien reconoce que aún en el cooperativismo existen barreras y un techo de cristal, resalta que la gran mayoría de las cooperativas textiles están lideradas por mujeres. “Este es uno de los trabajos más precarizados, muchas mujeres tienen talleres donde se ocupan de la crianza de sus hijos mientras trabajan”, relata.

En Argentina, los empleos de la industria textil están altamente feminizados. De acuerdo con un informe del centro de innovación en políticas de desarrollo Fundar, un 69% de las personas ocupadas en el área de confección son mujeres. En ese rubro, el 76% está en condiciones de informalidad, más de 30 puntos por encima de la tasa de informalidad promedio de la economía.
La precarización comenzó a agravarse durante la década de 1990, con la quiebra de las grandes fábricas que cerraban al calor de la apertura de importaciones —un proceso similar al que atraviesa Argentina en la actualidad— y la apertura de pequeños talleres. Según Fundar, luego de la crisis que sufrió el país con el estallido económico de 2001 alcanzó su pico máximo de informalidad, con el 85%.
Los vaivenes de la economía
El boom importador que vive Argentina bajo el Gobierno de Javier Milei ha dejado bajo amenaza a un sector que emplea a más de 500.000 trabajadores en el país y que desde la asunción del ultraderechista, en 2023, ha perdido más de 16.000 puestos, según cálculos de la Federación de Industrias Textiles Argentinas.
Además, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, en 2025 las importaciones del sector textil e indumentaria han crecido casi 90% en volumen y 60% en valor respecto de 2024, alcanzando registros históricos.
“Más que con la calidad, hoy no hay forma de competir”, lamenta Vergniaud. “Cayó el consumo y, en 2025, la apertura indiscriminada de importaciones impactó mucho. Producir una remera cuesta 5.000 pesos (unos 3,5 dólares), pero importada es de 2.500 (1,45 dólares). Competir contra eso es un caso perdido”, afirma.
Pero, además, pone el foco en la defensa de un oficio artesanal. “Hay trabajadoras que cosen hace más de 20 años, eso no puede ser reemplazado por un trabajador explotado en Asia. Tenemos que potenciar y defender ese valor”, afirma. Por eso, plantea la defensa del “valor humano” detrás de la producción textil.

Tras la pandemia, La Red Textil fue convocada por el Ministerio de Salud de la provincia de Buenos Aires para producir apósitos menstruales reutilizables que se entregaban a las madres de niños y niñas nacidos en hospitales públicos. Estos estaban diseñados a partir de descartes de telas, muy nocivas para el ambiente debido a los tiempos de degradación y la acumulación en basurales.
“Fue muy desafiante pensar el producto y que las compañeras lo utilicen, a muchas les atrajo por una cuestión económica”, resalta Vergniaud, quien señala los elevados costos de los productos de higiene menstrual descartables. También impulsaron talleres para la inserción del producto. “Hoy las costureras se hacen ellas mismas sus propios apósitos reutilizables y algunas los comercializan, para nosotras es un producto muy importante”, cuenta.
A pesar de los obstáculos económicos, Vergniaud y Cisterna miran hacia adelante con optimismo e ilusión. “En todos estos años nos tocaron épocas buenas y malas, pero La Red nunca bajó los brazos, en algún momento pensé: ‘nos caemos’, pero nunca dejamos de poner el pecho para generar trabajo”, dice Norma.
Para Vergniaud, es fundamental combatir el desánimo que producen los “baches de producción”. Por eso, planean capacitaciones para que las costureras y estampadoras con mayor experiencia puedan compartir sus saberes. “Queremos que las compañeras se empoderen a través del conocimiento”, explica. “Miro hacia atrás y veo un camino muy satisfactorio. Siempre me conmovió el trabajo colectivo, que requiere mucho esfuerzo, pero todo es ganancia”, afirma. “Sigo sintiendo que me conmueve lo que hacemos a diario”.










