le ganó a Zverev y a su físico en una batalla de más de cinco horas

le ganó a Zverev y a su físico en una batalla de más de cinco horas

El silencio y los nervios invadieron por un instante al número uno del mundo y al público del Abierto de Australia. Carlos Alcaraz estaba al borde de meterse en la final. Al borde en lo físico, también. Cuando estaba a punto de cerrar la semifinal en sets corridos frente al siempre batallador Alexander Zverev (3), aparecieron los calambres. El alemán aprovechó a un rival casi inmóvil durante varios games para emparejar el partido. Pero el español sacó fuerzas desde lo más íntimo para sobreponerse a puro corazón en una batalla de más de cinco horas y seguir soñando con conquistar el único título de Grand Slam que aún falta en su palmarés.

La primera señal de alarma apareció cuando el nacido en Murcia se tocó la pierna. Estaba arriba en el marcador 6-4, 7-6 (5) y 4-4. A partir de allí, todo cambió: muestras indisimulables de dolor, rengueos y la atención de los médicos. A puro masaje intentaban restablecer el físico del tenista de 22 años. Costó.

A pesar de ser asistido dos veces por los fisioterapeutas para tratar su muslo derecho, no había una mejoría suficiente para plantar cara al alemán, que vio una nueva oportunidad, un panorama distinto, y fue en busca de un partido que parecía perdido.

«Tengo calambres hasta el dedo meñique, hasta el último pelo de la cabeza», decía Alcaraz a su box. Samu López, su entrenador, lo alentaba: «Estarás bien en un ratito».

El tenista alemán se quejó ante la jueza de silla por la atención médica. «No es habitual atender a un jugador por calambres. No es una lesión», reclamó.

Zverev, que hasta ese momento se había mostrado muy errático, aprovechó la oportunidad y supo capitalizar durante largos pasajes la casi inmovilidad del español, aunque debió batallar más de la cuenta. Ganó el tercer set y se impuso en los dos siguientes mediante el tie-break.

Todo parecía encaminado para el alemán, que llegó a estar arriba 5-3 en el último set. Pero el número uno del mundo demostró, una vez más, por qué mira a todos desde arriba en el ranking. Se repuso -solo él sabe cómo- y cerró el encuentro 6-4, 7-6 (5), 6-7 (3), 6-7 (4) y 7-5, después de 5 horas y 27 minutos.

Carlitos se tiró al suelo y se cubrió el rostro con las manos. Después, se abrazó con su rival, que asumió la derrota a pesar de la dureza con la que abandonó la cancha.

«Ha sido uno de los partidos más duros de mi carrera. La clave estuvo en creer. Estoy orgulloso de mí mismo por lo que peleé en este partido», dijo al terminar el encuentro. Y vaya si fue así.

El domingo buscará el título en Melbourne frente al ganador de la otra semi que disputan el italiano Jannik Sinner, número dos del ránking ATP, y el serbio Novak Djokovic, cuarto.

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