Hussein se expresa con cautela. Está rodeado por una muchedumbre que entra y sale del edificio, un centro educativo en las afueras de Beirut que estos días hace las veces de refugio. Como él, muchas de las 1.000 familias que pasan las horas sobre una esterilla en los inhóspitos pasillos son simpatizantes de Hezbolá. Dudar de los disparos que el grupo proiraní inició el lunes, propiciando la brutal ofensiva israelí que los obligó a irse de sus casas, podría herir sensibilidades. De repente, tras aludir a los abusos que Israel comete sobre Líbano “desde hace 15 meses de tregua y décadas atrás”, Hussein se sincera: “La guerra con Israel era inevitable, pero este no era el momento”.
La segunda guerra que el partido-milicia libra con Israel en tres años ―la tercera en dos décadas― ha tenido sobre las comunidades libanesas de mayoría chií, donde Hezbolá es la autoridad de facto, unas repercusiones que el ejército israelí se dio más tiempo en imponer durante ocasiones anteriores. El jueves, después de exigir el desalojo de todos los residentes del sur de Líbano el día anterior, el portavoz castrense Avichay Adraee desató el caos extendiendo la medida a los densamente poblados suburbios de Beirut. Entre ambas órdenes afectan a más de 800.000 personas.
Desde el lunes, la propagación de bombardeos israelíes a zonas donde Hezbolá no tiene presencia golpea a comunidades distintas a la chií que durante la guerra de 2024 pasaron de perfil, manteniendo incluso una cierta normalidad. Ese elemento, junto a la recepción de oleadas de desplazados por parte de territorios que ya padecen penurias económicas, recrudecen la tensión social y avivan el discurso que responsabiliza al conjunto de los vecinos chiíes del retorno de la guerra retomada por Hezbolá, la mayor de las formaciones libanesas que profesan esa religión.
Unos y otros coinciden en señalar al Gobierno. Quienes se declaran hartos de las aventuras regionales de la que se consideró la mayor milicia armada de Oriente Próximo lamentan que el Ejecutivo, formado en 2025, no haya logrado desarmar a Hezbolá a tiempo ―tal y como exige el alto el fuego de 2024, aunque sin marcar plazos― y que la formación vincule el destino de Líbano con el de Irán. El entorno del llamado Partido de Dios, por su parte, recuerda que las autoridades no han logrado impedir la ocupación y los bombardeos israelíes pese a ser las más cercanas a Occidente en lustros.
“No he podido convencerla”, decía el jueves Hussein Ayash, de 33 años y residente de Chiyah, uno de los cuatro municipios -junto con Haret Reik, Hadath y Bourj el Barajne- que Israel exigió vaciar antes de atacar a Hezbolá. Hablaba sobre su madre, de 73 años de edad. “Dice que no quiere terminar en la calle”, declaraba en la prensa local. “Prefiere morir en casa, así que nos quedamos los dos”. Otros se fueron con lo puesto. “A mis niños no les he dicho nada”, decía una madre que huía de la zona y que prefería hablar bajo anonimato. “Solo les comenté que nos teníamos que ir. Pero en la carretera lo entendieron todo y se pusieron a llorar”.
El camino que miles de familias hicieron el jueves hacia un lugar seguro era una pasarela de derrotas y cicatrices recientes. Antes de salir de Dahiye (suburbio, en árabe) pasaron por delante de agujeros donde Israel destruyó torres residenciales en 2024. Más adelante, centenares de vehículos estaban colapsados delante de la sucursal de Blom Bank, donde la libanesa Sally Hafez se presentó con un bidón de gasolina en 2022 para exigir su propio dinero. Fue el primero de varios asaltos populares en un contexto de restricción de capitales. Muchos se reunieron en la zona del Gran Serrallo, que en 2019 acogió las revueltas contra el sistema sectario que terminaron siendo la decepción de una generación, o en la Plaza de los Mártires, el frente de la guerra civil hasta 1990. Al este, otros se alejaron de los drones en el litoral de la parte cristiana, donde se produjo la explosión del puerto de Beirut en 2020.
Una fracción del éxodo llega al barrio musulmán de Hamra. Allí, Fatima, de 21 años, los recibe como voluntaria de un proyecto comunitario que reparte comida, ropa y productos higiénicos a los desplazados. Fatima, vestida con un hijab, es una de ellos. Vive en Deir Ames, un municipio cercano a Israel y afectado por el desalojo, pero tiene una habitación alquilada en Beirut, donde acude cada semana como estudiante universitaria.
Usa la primera persona del plural cuando habla de Hezbolá. “Esto no empezó el lunes ni el 7 de octubre de 2023 [día del ataque masivo de Hamás a Israel], sino mucho antes”, argumenta introvertida, apoyando el nuevo frente regional iniciado por la milicia libanesa. Luego, sube el tono: “Todo el mundo sabe que [los israelíes] quieren tener el Gran Israel [que podría incorporar partes del sur de Líbano]”. Preocupada, una responsable del proyecto se le acerca. Le pide que modere su tono: “Somos una misión humanitaria y no podemos convertirnos en objetivo”. Fatima se quita el peto y sale a la calle a proseguir su alegato. “No sé cómo se puede decir que la guerra empezó el lunes; la guerra nunca terminó y esto no podía quedarse así. ¡Hay niños que durante la tregua han visto a sus padres bombardeados ante sus ojos!”.
Al otro lado de Beirut, mientras se oyen a pocos kilómetros los disparos de la población local de Dahiye para alertar sobre la orden de desalojo, Hussein recuerda que los agravios israelíes sobre Líbano se remontan a “antes del nacimiento de Hezbolá”, en 1982. “Israel nos ha bombardeado sin parar durante 15 meses de tregua. Cuando respondemos, todo el mundo protesta”, razona. “La guerra con Israel era inevitable. Dicho esto”, matiza, “si me preguntas a mí, creo que no era el momento”. La correlación de fuerzas global “es la misma” que durante la guerra de 2024,haciendo imposible “conseguir resultados diferentes”, y en la comunidad que gira en torno a Hezbolá, añade, hay pobreza y cansancio. “Muchos carecen de dinero, de casa y de forma de tirar adelante”.
En Ashrafieh, el distrito cristiano beirutí, Camille Mourani, jefe de relaciones políticas del partido política Bloque Nacional, de aspiración liberal y antisectaria, teme que el espiral de violencia en Líbano cambie el destino del país. “Lo que está sucediendo este jueves es un antes y un después”, dice tras la exigencia israelí para vaciar los suburbios. Cree que pueden convertirse “en la nueva Gaza”, y anticipa que el desplazamiento de seguidores de Hezbolá a zonas donde “están hartos” de esa organización puede crear “disturbios”.
Cree que el Gobierno debería haber desarmado “por la fuerza” a la organización el año pasado, puesto que, asegura, “tiene el apoyo del 70% del pueblo y de la comunidad internacional para hacerlo”, y acusa a la milicia chií de haber sumido el país a debates estériles durante décadas. “Llevamos 40 años debatiendo si Líbano debe tener uno, dos o tres ejércitos. Hablamos de sentido común, no de algo que acepte distintas perspectivas. Y la existencia de una milicia es algo que no puede debatirse”.









