Cuando Argentina e Italia estaban a pocas horas de jugar la Finalissima de 2022, Matías Bauso sacó a su hijo y a varios de sus compañeros de la escuela en Buenos Aires para juntarlos en casa. Era una excusa para regalarse un momento familiar. Este viernes, con la cancelación del partido que iban a disputar Argentina y España, los nenes no podrán escaparse de nuevo por una ilusión similar. Miles de argentinos tampoco dejarán lo que estén haciendo para alentar a su selección y compartir, en un país tan polarizado, una unidad nacional fugaz. La confirmación de dos amistosos con rivales de menor peso de cara al Mundial no genera entusiasmo.
Aquella edición de 2022 se jugó en Wembley, Inglaterra, con victoria de Argentina por 3 a 0. La de este año estaba agendada en Qatar, hasta que el conflicto en Oriente Próximo trastocó los planes. Se plantearon al menos tres escenarios para disputarla, según lo informado por los organizadores: Madrid, Roma y un doble partido en Madrid y Buenos Aires. Sin acuerdo entre las partes, por ahora no habrá cruce entre el campeón de América y el de Europa.
Para Bauso, autor de títulos como 78: una historia oral del Mundial (2018), jugar en Madrid habría sido una buena opción. “Messi tiene varios partidos importantes ganados ahí; ganar de visitante le hubiera dado más épica y eso de ‘visitante’ hubiera sido relativo porque lo habría sido en cuanto a la tierra. Pero, si recibían la mitad de las entradas, los argentinos que hay en España, en el resto de Europa y algunos poquitos que viajaran desde acá, habrían copado el sector que le tocaba a Argentina”, dice.
Argentinos abordando con destino a España no es una escena remota dentro de la historia entre ambos países. Para enero de 2025, el diario La Nación reportó que al menos 450.883 argentinos residían en ese país. En 2018, muchos viajaron hasta Madrid por razones deportivas. Uno de ellos fue Gonzalo Gorno, un hincha de River Plate que cruzó media América y un océano para ver la final de la Copa Libertadores que su club jugó contra Boca Juniors en el Santiago Bernabéu. “Para los argentinos, la Finalissima es un torneo muy importante. Ganarla era una razón de orgullo adicional a los campeonatos en la Copa América y el Mundial”, explica.
Loreana Giménez tiene una perspectiva más amplia. “Me hubiese encantado que se jugara en Buenos Aires. Pero, para ser neutrales —bueno, no tanto—, Roma me hubiese tentado también. En Roma —y en Italia en general— el futbol se vive con una intensidad muy parecida a la nuestra. O peor, ¡están locos! Además, nos quieren mucho. Hubiésemos sido casi locales”, dice.
Giménez creció en un entorno azul y oro. “Nací hincha de Boca. Amo a Boca. Soy socia desde muy chica. Toda mi familia es de Boca y para mí no existe un plan mejor que ir a la Bombonera. Es algo completamente visceral y constante”, explica. Ella veía en la Finalissima contra España “un spoiler de final (de Mundial), un partido que te ordena expectativas y te muestra dónde estás parado de verdad”. Para Bauso, “no jugar con España es un problema; en algún momento tenés que medirte, sobre todo con los europeos porque entre los sudamericanos se miden todo el tiempo. Así, van a llegar casi ciegos al Mundial”.
Germán Benitez, hincha de Chacarita, cree que el partido era una muestra sobre los días futuros. “Nos interesaba medir fuerzas con una selección de Europa para ver quién está mejor parado para el Mundial”, dice. A Laura Solzi, quien vive en Rosario, la Finalissima no le llamaba la atención. “Siempre voy a hinchar por el equipo argentino. Solo que le doy mucha más bola a Newell’s”, explica.
El andar de Lionel Messi en la selección condicionó todo lo deportivo y social en tiempo reciente. “Siento que Messi generó todos estos años un deseo extra en los argentinos: ganar el mundial por Messi. Esto ya sucedió. El Mundial anterior fue increíble. Pero también extremadamente estresante. Mi papá casi muere de un infarto”, dice Giménez.
Gen competitivo
La cancelación de la Finalissima genera dudas sobre la preparación de la selección argentina antes del Mundial. “Era un lindo partido porque era competitivo”, dice Solzi, en relación con la chance de jugar contra España. “Ahora lo veo más como ‘vamos a jugar un partido amistoso para ganar, golear, y ya fue’, sin exigirse. Me parece que pierde todo el atractivo del fútbol”, agrega.
“Un solo partido contra España no demuestra el nivel real de Argentina. No vi nunca una selección argentina tan difícil de destruir desde lo emocional”, opina Gorno. “España es un rival que te exige desde lo futbolístico, no tanto desde lo físico, como si lo hacen otras selecciones. Eso le viene bien a Argentina porque le permite jugar a lo que sabe, mantener la naturaleza de su juego. Va a ser un lindo partido”, analiza Giménez ante un potencial cruce en el Mundial.
En vez de España, Argentina jugará contra Mauritania y Zambia durante esta jornada de amistosos. Dos encuentros cuestionados por la prensa especializada en el país y vistos con sospechas por muchos aficionados. Aun sin Finalissima, hay una diferencia clave en relación con la Argentina que solo tenía dos estrellas en el pecho. “Este plantel reafirmó el vínculo de la selección con la gente. Más allá de las competiciones y lo ganado, todo el tiempo estuvo a la altura. Es un equipo de época que tuvo un largo apogeo de, al menos, seis años. En cuanto al nivel individual de los jugadores, creo que Argentina no llega (al Mundial) en un lugar muy alto. Pero nunca despreciaría el gen competitivo del futbolista argentino. En este tiempo, el equipo desarrolló oficio. Así ganó la última Copa América. No siempre necesita jugar bien para ganar”. explica Bauso.
La dicotomía entre el club y la selección
El perfil del argentino que transmite más interés por su club que por la selección es más común de lo que podría pensarse. Al momento de elegir, descubren cuál de sus pasiones sienten más viva. “Siempre quiero que gane la selección argentina. Pero, si me enfrentan al dilema Racing o la selección, voy a elegir a Racing”, dice Bauso.
Antes del último Mundial, Argentina pasó 36 años sin ganarlo. Para Giménez, quien siendo una niña no iba a la escuela si Boca había perdido el día anterior, el debate entre club y selección no es cuestión de sentimientos contraopuestos. “No creo que la diferencia tenga que ver con querer más a uno u otro, sino con la forma en que se vive. El club es lo cotidiano, lo familiar, lo heredado. El fútbol en Argentina atraviesa la vida diaria, para bien o para mal. La selección, en cambio, aparece en momentos más puntuales. Pero te da algo que el club no puede: una sensación de unidad total”, explica.
Solzi coincide con esa lectura. “Para la gente que es hincha en serio de un club, el amor, la pasión, el sentimiento hacia ese club es tan grande que quizá lo otro le es más indiferente”. Facundo Domínguez, hincha de Independiente, también describe esa relación como distinta. “El club de fútbol es algo que te identifica en relación con los demás, defendés esos colores”, explica. Mientras que Benítez no advierte diferencias entre uno y otro equipo: “Siento la misma pasión por mi club que cuando juega la selección: quiero que ganen”.
Esa sensación de unidad y pasión fue la que se vio en la pasada celebración por el triunfo mundialista en Catar 2022. Las calles de ciudades como Buenos Aires y Rosario se llenaron de cientos de miles de personas a las que no les cabía la sonrisa en la cara. Se estima que solo en Buenos Aires salieron cinco millones a festejar. La gran mayoría solo tenía una camiseta. La de la selección.









