Se suponía que la Inteligencia Artificial llegaba para liberar tiempo, agilizar procesos y aumentar la productividad. Sin embargo, en muchas empresas está ocurriendo lo contrario debido a una avalancha de contenidos artificiales (desde mails hasta informes y presentaciones) que son generados en segundos pero que no sirven de nada y sólo estorban.
Es el auge del workslop, una consecuencia indeseada de estos tiempos sintéticos que está erosionando la calidad del trabajo y sembrando frustración.
El término slop se popularizó para describir el mar de imágenes y textos falsos o de baja calidad que hoy inunda Internet, desde supuestas imágenes de comidas en las apps de pedidos hasta artículos en portales que hablan de hechos y personas que no existen.
Los contenidos slop se están volviendo un problema para plataformas como Pinterest, que durante años fue un espacio de inspiración genuina y que hoy está saturada de este material sintético que multiplica el ruido digital y en ocasiones reemplaza a la obra de artistas humanos.
Es esta lógica la que desde hace semanas comienza a verse en los ámbitos laborales, con materiales que a primera vista son correctos pero carecen de sustancia, contexto o precisión.
Los contenidos slop se están volviendo un problema para plataformas como Pinterest, un espacio de inspiración genuina.
Hace algunos días, la revista Harvard Business Review publicó los resultados de una investigación que determinó que el 40 por ciento de los trabajadores encuestados en Estados Unidos dijo haberse topado con workslop en el último mes.
Si bien en cada caso la reacción fue diferente, quienes se toparon con dificultades tuvieron que pasar hasta dos horas extra corrigiendo o rehaciendo lo que una Inteligencia Artificial había producido.
De acuerdo con la publicación, los números hablan por sí solos: ese tiempo perdido equivale a unos 186 dólares al mes por empleado y puede representar más de 9 millones de dólares anuales en pérdidas para una gran organización.
No se trata, además, sólo de un costo económico, ya que quienes tienen que lidiar con eso terminan frustrados y estresados, obligados a descifrar textos vagos o erróneos.
Por supuesto que la tentación de delegar tareas rutinarias a un algoritmo es grande, pero lo que parece un atajo termina convertido en un dolor de cabeza.
Además, las relaciones laborales se deterioran porque crece la desconfianza hacia quienes recurren a estas estrategias y son vistos como “perezosos digitales”.
Una investigación reveló que el 40 por ciento de los trabajadores encuestados en los Estados Unidos dijo haberse topado con workslop en el último mes.
Una vez más, la pregunta no es si la IA sirve o no, sino cómo y para qué la usamos. En el mejor de los casos puede potenciar la creatividad y agilizar procesos; en el peor, se convierte en una máquina de producir basura elegante que otros deben limpiar.
El workslop nos recuerda que la productividad no se mide en cantidad de texto o velocidad, sino en la capacidad de aportar valor real.
Quizás lo que está en juego sea más profundo: ¿queremos que la IA nos libere tiempo o que nos condene a corregir sus errores? ¿Estamos preparados para domesticar estas herramientas y ponerlas al servicio del ingenio humano, o nos resignaremos a vivir en oficinas saturadas de documentos vacíos?
El futuro del trabajo dependerá, en gran medida, de cómo respondamos a estas preguntas.









