María Corina Machado y la ruta de la no violencia

María Corina Machado y la ruta de la no violencia


Desde su llegada a Oslo en la madrugada del 11 de diciembre, tras la ceremonia del Nobel de la Paz, María Corina Machado dejó claro que su intención era regresar a Venezuela. Ese regreso, finalmente anunciado hace unos días, ha sido una de las decisiones más difíciles de su carrera política. A pesar de los problemas de salud que la aquejaban, la extenuante atención mediática, las obligaciones políticas y el peso emocional de reencontrarse con su familia después de 16 meses en la clandestinidad, estaba convencida de que volver a Caracas era natural e inminente.

Pero el tres de enero, cuando Trump anunció la captura de Nicolás Maduro, echó un balde de agua fría sobre esa certeza. Al rechazar el cambio de régimen que parecía obvio tras la remoción del dictador, en lugar de allanar el camino de Machado como líder de la transición, lo hizo más estrecho y empinado. La visita a la Casa Blanca de mediados de enero, en la que dejó su medalla del Nobel como prenda de empeño, no cambió las cosas. Al contrario, evidenció que Trump estaba cómodo trabajando con la presidenta interina Delcy Rodríguez y que no respaldaría el regreso de Machado hasta nuevo aviso. Primero serían los negocios; la democracia, si acaso, vendría después.

La cúpula chavista post-Maduro, presidida por Rodríguez de la mano de su hermano Jorge al frente de la Asamblea Nacional, ha estado tomando decisiones estratégicas en los sectores energético, militar y minero con el aval de Washington. El desfile de altos funcionarios de la Administración Trump por Miraflores en las últimas semanas ha consolidado ante los ojos del mundo un nuevo statu quo que Machado, después de años de lucha, no podía ignorar.

Y es precisamente por ese statu quo que Machado ha decidido regresar. Pero para que ese regreso tenga sentido político real, ella tendrá que hacer algo que va contra su instinto más profundo: estacionar su aspiración presidencial y concentrarse en lo verdaderamente indispensable. En las actuales circunstancias, la transición democrática es la prioridad. La presidencia pasa a ser un asunto de segundo orden.

Transición por encima de presidencia

Regresar será arduo porque implica nadar contra dos corrientes. La primera, en Venezuela, donde mandan los Rodríguez. La segunda, en Washington, donde se cocinan las decisiones que definen el curso del protectorado estadounidense sobre el país. Machado tendrá que desafiar ambas, evitando convulsiones que disparen nuevas oleadas represivas y generen una inestabilidad intolerable para Trump, a quien un fracaso en Venezuela representaría un duro revés geopolítico en un año electoral clave y en un momento en que tiene abierto el frente de Irán. Pero esa estabilidad también les conviene a los Rodríguez.

La situación tiene además una dimensión política, psicológica y personal que no es menor. Delcy Rodríguez ha dejado claro que si Machado vuelve al país enfrentará las consecuencias de haber trabajado por el ataque de Estados Unidos contra Maduro. Es decir, la cárcel. De modo que al regresar de su breve exilio, Machado corre el riesgo de convertirse en una figura sacrificial, algo que probablemente ella no quiere ni está buscando.

El objetivo del regreso es crear condiciones que energicen la política. Y el mejor método para lograrlo es la lucha civil no violenta. Machado, a quien sus críticos acusan de estar obsesionada con llegar a la presidencia, tiene que demostrar que esa lectura es equivocada: la prioridad es renovar el Consejo Nacional Electoral para que pueda haber elecciones libres, justas y supervisadas internacionalmente. Eso requiere un enorme trabajo de interlocución con actores civiles y políticos dentro y fuera del país, forjar nuevas alianzas entre opositores de distintas posiciones y chavistas desafectos dispuestos a apostar por la democracia, y reconocer la diversidad política nacional como punto de partida para una reconciliación basada en la justicia sin venganza.

Para que todo esto ocurra, es indispensable una movilización ciudadana de escala nacional. Esa movilización cumple dos funciones simultáneas: presionar a la cúpula chavista para que abandone su pretensión de reciclarse sin ceder el poder, y convencer a Trump de que una transición ordenada es la mejor estrategia para alinear sus planes de inversión con las aspiraciones democráticas de la inmensa mayoría de los venezolanos. Como Trump ya le ha mostrado su desconfianza, Machado tiene el reto de hacerse creíble como líder de un proceso democrático pacífico, y demostrarlo en las calles. Trump debe comprar la idea de que la democracia es el mejor negocio que puede hacer en Venezuela.

El rito de pasaje

La lucha civil no violenta no debería ser para Machado una concesión táctica ni una restricción impuesta desde afuera. Es la opción más coherente con años de resistencia venezolana que, pese a episodios aislados de violencia, ha sido en su raíz una lucha pacífica por derechos elementales. Traicionar esa tradición sería traicionar a quienes la han sostenido.

La carrera política de Machado tiene la estructura de una saga de transformación incompleta. Es la heroína de una historia llena de vicisitudes pero aún inconclusa. Viene de una familia empresarial con visión de país y una formación ideológica de tintes liberales. Pasó por la sociedad civil antes de entrar formalmente a la política como diputada opositora por un movimiento minoritario. Frente a sus pares mantuvo siempre una posición disidente, individualista y radical, tan crítica del chavismo como desconfiada de sus propios aliados. En esa etapa, sus soluciones tendían a ser tajantes y maximalistas: el boicot electoral, las protestas de calle para tumbar el Gobierno, como La Salida de 2014. Era una líder que quemaba puentes con la misma energía con que encendía multitudes.

Pero los líderes que desafían su circunstancia no siempre están listos para el momento decisivo. Se forjan en él. Machado ha vivido varios eclipses de los que ha emergido mediante apuestas de alto riesgo, cada una más exigente que la anterior. La más notable fue reinventarse como candidata presidencial en unas primarias de las que salió victoriosa con el 92% del voto, para luego ver cómo Maduro bloqueaba su candidatura. Fue entonces cuando, en un golpe maestro, demostró el fraude que le robó la presidencia a Edmundo González Urrutia. Cada prueba la ha llevado más lejos, pero también más cerca de una paradoja que ahora no puede eludir: la cima de su liderazgo tal vez no sea llegar a la presidencia, sino entender que esa legítima aspiración quizás no sea lo más urgente.

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La prueba que le falta superar es más exigente y más delicada que todas las anteriores. Debe encarnar una lucha civil no violenta por derechos elementales —una elección libre, justa e internacionalmente supervisada— sin hacer saltar a Trump ni provocar una oleada represiva de la cúpula chavista, que conserva intacto el aparato de coerción heredado de Maduro. Moverse en ese espacio estrecho, movilizando a los venezolanos sin incendiar el país, es la verdadera medida de su transformación como líder. El aparato represivo sigue más o menos intacto y está listo para actuar contra ella si es necesario. Con esto, sube el costo de equivocarse.

Las tres tareas críticas

Hay tres tareas que Machado debe manejar con el mayor cuidado.

La primera es su relación con Trump. Aunque sus voceros insistan en que esa relación es sólida, no hay que ser demasiado perspicaz para notar que se trata de una sociedad en tensión. Trump es un socio volátil, lo que en inglés se llama un “fickle lover”, un amante traicionero, capaz de dar la espalda a la confianza depositada en él a la menor provocación. Su regreso causará fricción con Washington. Sin embargo, a estas alturas Trump es un socio inevitable, sin cuya aprobación cualquier avance democrático naufragaría. Además, los venezolanos le están agradecidos por haber hecho el trabajo sucio de sacar a Maduro. La clave es mantenerlo sin mayores sobresaltos y convencerlo de que una democracia con instituciones y reglas de juego confiables es, en el fondo, el mejor negocio que puede hacer en Venezuela. Una movilización ciudadana ordenada y no violenta es el argumento más elocuente para esa conversación.

La segunda es ensanchar las alianzas. Bajo amenaza constante del régimen y con adversarios dentro de la propia oposición, Machado operará en un terreno inestable. Su mejor opción es ampliar su base hacia sectores que en algún momento se asociaron con el chavismo pero que hoy están dispuestos a apostar por la democracia. No le será fácil: su carácter es enemigo de los pactos de media tinta. Pero tendrá que ofrecer a los distintos factores políticos —nacionales, locales y regionales— representación real en la refundación institucional del país. Hacia afuera, debe cultivar un apoyo internacional amplio, independientemente del lugar del espectro político donde se encuentren sus interlocutores.

La tercera es tender los puentes necesarios para el retiro del chavismo. Nadie que haya ejercido poder absoluto durante tres décadas lo suelta sin resistencia. Pero la tarea de Machado es iniciar el desmantelamiento del andamiaje político, legal, económico y policial del régimen sin fracturar más al país. Eso implica forjar arreglos con el régimen y tolerar temporalmente un grado de cohabitación con funcionarios chavistas, y al mismo tiempo construir los mecanismos que garanticen transparencia y rendición de cuentas. Ella y todos los que quieren un país democrático tendremos que tragarnos algunos sapos. Justicia, sí. Pero sin la venganza como combustible.

Estas son las tres tareas indispensables que Machado debe afrontar en su campaña por reanimar la democracia en Venezuela. Y esos trabajos conllevan un enorme nivel de tensión con muchos factores. La cuerda estará estirada al máximo, pero no debe romperse. Su rito de pasaje no termina con el regreso a Caracas. Termina, si termina, cuando esa democracia sea por fin irreversible.

Hay una ironía final que no debe pasar inadvertida: Rodríguez está ejecutando en lo económico buena parte de lo que habría sido el programa de gobierno de Machado. Apertura al capital extranjero en petróleo y minas, desregulación acelerada, señales de confianza a Washington. Desde esa perspectiva, Delcy Rodríguez también enfrenta su propia prueba ritual, y la está navegando con destreza. Puede reciclar el chavismo, hacerlo más eficiente y aceptable para Trump, pero, al mismo tiempo, lo hace sin elecciones, sin transparencia y sin el respaldo democrático popular que le daría legitimidad. Tampoco puede borrar tres décadas de engaños, corruptelas y violencia.

Rodríguez carga con lo que Venezuela necesita dejar atrás. Machado representa lo que Venezuela puede llegar a ser, aunque todavía no sepa del todo lo que es ni cómo serlo.

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