El calendario marcó este 2025 los 89 años del inicio de la tremenda Guerra Civil Española. El bando vencido realizó algunos actos y los pocos sobrevivientes pudieron ver con cierto orgullo flamear su bandera, la republicana, entre los miles de jóvenes indignados de la Puerta del Sol de Madrid o de la Plaza Catalunya de Barcelona.
Flameaba por allí también la poesía de Miguel Hernández, el poeta que sobrevivió a la guerra, pero no a la pena ni a la cárcel ni a saber que su hijito Manuel Miguel pasaba hambre y se alimentaba “con sangre de cebolla”. Años de humillación de su amada Josefina Manresa, recorriendo las distintas prisiones donde lo iban confinando en condiciones cada vez peores.
La guerra también la habían declarado los herederos de la Inquisición a la poesía, al teatro, al amor y como dijo un íntimo de Franco, Millán de Astray, a la vida, cuando proclamó frente a Miguel de Unamuno: “Viva la muerte”.
Conocimos a Miguel allá por los ‘70 gracias a otro grande, Joan Manuel Serrat, que tuvo la valentía de rescatar algunos de sus más bellos poemas y difundirlos por el mundo.
El muchachito nacido en Orihuela el 30 de octubre de 1910 le escribió a la alegría campesina en Romancillo de Mayo y nos habló de las bocas que arrastran bocas, en uno de los mejores poemas dedicados a los besos.
Miguel peleó todo lo que pudo en el Quinto Regimiento, estuvo en el frente en Teruel, Andalucía, Madrid y Extremadura. Sólo pidió una licencia para casarse con Josefina el 9 de marzo de 1937. En diciembre nacerá Manuel Ramón, un motivo más para luchar por la vida.
Era convocado de todos los frentes para alentar a las tropas, para darles el calor que les faltaba y devolverles algo de la poesía que les habían robado. Escribe para ellos Vientos del pueblo, El labrador de más aire y Teatro en la guerra.
Promueve y participa del Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en defensa de la República española. Pero la ayuda nazifascista, la cómplice duda de las potencias occidentales y los conflictos internos entre las fuerzas de izquierda irán minando la suerte de aquel sueño de cambiar la España vieja de la que hablaba Antonio Machado.
A las derrotas se suma la terrible noticia de la muerte de su pequeño hijo, “el niño de la luz y de la sombra”. Sólo habrá luz y alegría con el nacimiento de Manuel Miguel, en enero de 1939.
Vino la derrota y el decreto franquista que mandó quemar toda la obra del enorme poeta. Pero manos del pueblo lograron rescatar dos copias de cada libro y se pudo publicar su obra en Buenos Aires y muchos años después en España.
Tratando de escapar hacia Portugal es detenido y comienza su peregrinar de mazmorra en mazmorra acusado de cantarle a la vida, al amor y a la libertad, por la que había sangrado, luchado y pervivido.
Salió en libertad a fines de 1939 gracias a las gestiones de Pablo Neruda ante un cardenal, pero al volver a Orihuela, alguien lo delató, volvió a prisión y fue enviado a Madrid, donde lo condenan a muerte.
Gracias a las gestiones de varios amigos, se consigue la conmutación de la pena por 30 años de prisión. Pasó por Palencia y Toledo hasta ser confinado al Reformatorio de adultos de Alicante. No dejó de escribir nunca.
A fines de 1941, las durísimas condiciones de detención, la tristeza y sus ansias de libertad encerradas, lo enferman. Primero bronquitis, luego tifus y finalmente tuberculosis. Miguel se fue para siempre el 28 de marzo de 1942, pero sigue vivo en su inmensa y maravillosa poesía con la nada ni nadie ha podido ni podrá.










