Murió Jürgen Habermas, el último filósofo

Murió Jürgen Habermas, el último filósofo

Nos legó Jürgen Habermas, que acaba de fallecer a los 96 años, un testimonio inmenso que aplican pocos: una ética de la acción comunicativa.

La democracia para ese profundísimo y minucioso pensador, quizás el último filósofo clásico, se funda y se despliega en la comunicación utópica. La idea, a la que deberían apuntar todas las sociedades, es precisamente la utopía en la que todos tengan el mismo derecho a la palabra.

La intoxicación del autoritarismo lingüístico rompe a través del discurso agraviante, del insulto, de la tutela de trolls y de bots con el ideal habermasiano. Quiebra el lenguaje.

En su voluminosa y tan substancial Teoría de la Acción comunicativa, la democracia es el esfuerzo hacia el diálogo ético con igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos, aquellos que ejercitan su civismo a través de los actos de habla, de la tarea de pronunciar argumentalmente sus visiones y sus testimonios y de escuchar profundamente al otro.

Los unos y los otros unidos en la divergencia creativa y respetuosa de la ética del discurso.

El lenguaje requiere de una “rectitud normativa”, de reglas que incluyan la representación de todas las voces. Es efectivamente una utopía, pero la libertad se funda en la búsqueda de esa utopía. Es una intención de conversación plena.

Su padre fue un industrial de mediana fortuna y fue nazi, un afiliado al siniestro partido de Hitler.

De joven, casi un niño, Habermas participó de las juventudes hitlerianas, pero salió de allí y se convirtió en uno de los críticos más lúcidos del totalitarismo del Führer, y del contagio de sus súbditos.

El totalitarismo usa la palabra imperativa y demencial de uno por sobre todo el resto. Rompe la ética comunicativa y todo deriva en la barbarie.

Habermas es un representante, ciertamente el mayor referente de la Escuela de Frankfurt en su segunda fase.

La primera, la de genios como Adorno y Horkheimer que debieron salir de Alemania tras el ascenso de los nacionalsocialistas, analizaron la corrupción absoluta del pensamiento en aquellos tiempos oscuros.

Partieron a los Estados Unidos, con la excepción de Walter Benjamin, que se suicidó en la frontera entre Francia y España, cuando un burócrata de Franco le impedía atravesar la frontera de los Pirineos y a Benjamin se le obturó la esperanza de la libertad.

Su suicidio no es un dato menor para la filosofía habermasiana. Con la boca atada por los nazis, y la libertad cortada por los jerarcas menores de las burocracias autoritarias, el camino cercenado a la libertad impedía vivir.

La Escuela de Frankfurt, certeramente criticaba el “Ticket Thinking”, al “pensamiento” ínfimo, al slogan, al formulismo hueco, a la consigna.

En un sentido consideraban que Goebbels, horriblemente había triunfado. En sus obras completas Goebbels proponía crear una segunda corteza cerebral universal configurada por consignas y baratijas lingüísticas capaces de volver autómata y estúpido a todo el mundo.

La ética del lenguaje implica la erradicación del consignismo. Se trata de argumentar, no de jibarizar cerebros con obligaciones irracionales elementales.

Habermas criticó las filosofías sistémicas que conciben a la sociedad como una máquina interconectada, y a las personas como robots que obedecen la hegemonía del todo por sobre el criterio de las partes, de las personas, por ejemplo los sistemas religiosos.

Una asamblea eclesiástica, cualquiera sea la iglesia alude y se ampara en la palabra de Dios. Funciona para renovar identidades colectivas, son actos de fe.

Pero Habermas, que no refuta ese derecho y que comprende la fe, es racionalista.

Asumió el arduo proceso de confrontar con la concepción de las sociedades como unidades ancladas en una identidad religiosa, y también con lo que él denomina la razón instrumental.

Concebía al nazismo como una manifestación extrema de la razón instrumental, de la razón que se niega a sí misma en función de instrumentalizar la subordinación de la verdadera comunicación intersubjetiva en aras de la unidimensionalidad obediente a las órdenes estratégicos de un lunático.

La “razón” instrumental, instrumentaliza a todos en una tecnología belicista que concluye anonadando a cada persona, y liquida toda singularidad.

Fue también un agudo crítico del relativismo.

No es cada hombre, al modo de Protágoras, la medida de todas las cosas. Es el consenso racional surgido del debate el que legitima a la política.

Hay acuerdos que no son relativos.

Todos pueden comprender, para citar un ejemplo extremo, que violar está mal en todo tiempo y lugar.

Si el discurso ético es suprimido por la mera voluntad de poder y de dinero, la colisión cívica es inevitable.

“La racionalidad consiste en emplear la comunicación como un medio para alcanzar el entendimiento” enfatizaba.

Entender implica reflexionar y la reflexión otorga valor a la enunciación.

Propone Habermas una tarea complejísima en éstos tiempos: lograr un entendimiento intercultural entre el mundo del Islam y Occidente marcado por la tradición judeo cristiana.

Para ello es necesaria la secularización de la palabra. Consensuar sin justificar el discurso en la palabra de Dios. Se trata de comprender las diferencias y de apoyar la convivencia en la diferencia.

Pero esa utopía es la fuerza del pensamiento de Habermas, y la potencia del ideal democrático.

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