“Sueño que mi pequeña bebé volvió a la vida; que solo había pasado frío y que la frotamos frente al fuego, y vivió. Despierto y no encuentro al bebé. Pienso sobre esa pequeña cosa todo el día. Estoy desanimada”, escribió Mary Shelley el domingo 19 de marzo de 1815, en Inglaterra, en el diario que se reproduce en Mi corazón congelado (Alquimia). “Lunes 20 de marzo. Sueño de nuevo con mi bebé…”
En enero de 1818 se publicó por primera vez Frankenstein o el moderno Prometeo en una edición sin firma. “Tras la negativa de varios sellos, la novela había quedado a cargo de una editorial especializada en temas sobrenaturales y algunos críticos aprovecharon el detalle para subestimarla. Otros, en cambio, le dieron la bienvenida”, explica la escritora Esther Cross en el prólogo de la reedición de la primera versión de novela editada por Fera, con traducción de Virginia Higa y que incluye frases resaltadas, una guía de lectura, notas al margen y comentarios de Cross.
Con el reciente estreno de Frankenstein, la adaptación que imaginó y dirigió Guillermo Del Toro –protagonizada por Oscar Isaac (como Victor Frankenstein), Jacob Elordi (la Criatura) y Mia Goth (Elizabeth)– el mundo volvió a posar la mirada en la historia escrita por Mary Shelley, que, a los 18 años concibió una obra que aún genera debates sobre los conflictos morales y existenciales.
Una pieza que, como bien se animó a decir el crítico inglés Harold Bloom: “Todo el mundo habla de ella, todo el mundo cree conocerla, pero casi nadie la ha leído”. Algo similar con lo que sucede con el Quijote.
Con sensibilidad literaria, Mary Shelley pudo captar el rumor de su tiempo “eso que a veces llaman el espíritu de la época –analiza la escritora y académica Esther Cross durante su estadía en España, país al que viajó para ser parte del Festival 42 de géneros fantásticos en Barcelona–. Shelley planteó la fascinación, el temor y la admiración por la avanzada científica. Fueron años donde todos estos contrastes estaban muy a flor de piel. Se comparaba la disección con la imprenta. Fue un fenómeno, la disección cadavérica fue la antorcha de los cirujanos. La obra de Shelley encarna esta gran preocupación, y se mete con el gran tema de la literatura: la vida y la muerte”
Afiche de Frankenstein con el personaje del doctor Victor Frankenstein, interpretado por Oscar Isaac. Foto Instagram/@frankensteingdtTenía doce años cuando su padre, William Godwin, precursor del pensamiento anarquista publicó el Ensayo sobre los sepulcros, que rápidamente se convirtió en uno de sus libros favoritos. El padre reclamaba el respeto debido a las sepulturas: era una forma de denunciar su falta.
“El libro hablaba de los crímenes de los ladrones de tumbas sin nombrarlos –señala Cross en La mujer que escribió Frankenstein, una aproximación a la época y a la vida de la autora editada por Minúscula–. Nombrarlos abiertamente implicaba revelar la complicidad de los médicos y esa no era la intención. Lo importante –leía Mary a los doce años, sentada en la tumba de su madre (Mary Wollstonecraft, autora de uno de los primeros libros feministas, Vindicación de los derechos de la mujer, de 1792. Falleció pocos días después de parir) – era concederles a las tumbas el respeto merecido: ´Para el muerto (como muerto) resulta indiferente lo que pase con su cuerpo´, había escrito su padre, racional”.
Nacer y morir
“¿Acaso te pedí, Creador, que de la arcilla me dieras forma humana? ¿Acaso te pedí que me sacaras de la oscuridad?”, con esta cita de El paraíso perdido, de John Milton, Mary Shelley se abre paso a la novela y traza la conexión con los temas que explorará: la desobediencia, la ambición, el abandono paternal y la creación.
La primera aparición de la obra fue en enero de 1818 y se publicó sin firma, “anónimo”, en tres volúmenes. La obra incluía un prólogo de Percy Shelley (pareja de Mary) y estaba dedicada a William Godwin, su padre. No conforme con la versión, seis meses después, la autora ya fantaseaba con corregirla.
“El prefacio que Percy Shelley escribió arroja luz sobre las teorías, los acontecimientos mundiales y las lecturas que preocupaban a Mary (y también a Percy) mientras Frankenstein tomaba forma –señala Cross en la edición cuidada y analizada de Fera–. El doctor Darwin al que se alude en el primer párrafo no es Charles, sino su abuelo, Erasmus Darwin, un científico de renombre que creía que, con los conocimientos necesarios, los científicos pronto aprenderían a galvanizar cadáveres humanos. Según Percy, la novela de Mary se basa en teorías de los científicos de su época, lo que convierte a Frankenstein en una de las primeras novelas de ciencia ficción. El prefacio también revela algunos detalles sobre cómo Percy leyó la novela de su esposa. Según Percy, la fuerza de la novela de Mary radicaba en su poderosa representación de las relaciones familiares y su visión optimista de las virtudes humanas. Al parecer, Percy leyó Frankenstein como muchos lectores contemporáneos aún lo hacen: como una expresión de la idea de Rousseau de que las personas nacen inherentemente buenas, solo para ser corrompidas por una sociedad corrupta. De este tipo de análisis crítico se desprende claramente que Percy comprendió el poder excepcional de Frankenstein y consideró a Mary una autora con una comprensión verdaderamente completa y magistral de la condición humana”.
En agosto de 1823 se publicó la novela en dos volúmenes. Ésta se convirtió en la primera edición publicada con el nombre de Mary Shelley impreso en la portada. Incluyó leves correcciones gestionadas por su padre, quien autorizó la edición para capitalizar el éxito de la adaptación teatral de la novela.
En ese entonces la novela había alcanzado una gran popularidad. Se hacían adaptaciones teatrales por doquier, cada vez más alejadas del texto original. Había hasta parodias, como indica Esther Cross en la edición de Fera: “Como en La puntada de Frankenstein –ejemplifica– donde el monstruo sufría más deformaciones. Pasaba de ser un personaje conflictivo –autodidacta, sentimental y asesino– a una bestia incapaz de articular palabra. Su involución tranquilizaba: si no se parecía al público, resultaba menos amenazante».
No sólo la obra sufrió cambios drásticos, la propia Shelley consideraba que era protagonista de una vida castigada: “La última sobreviviente de una raza”. En pocos años había perdido tres hijos y su marido Percy murió en un naufragio. Tiempo después falleció su amigo Lord Byron. Ahora, como bien sostiene Cross en el encuentro virtual: “Tenía que luchar sola contra una sociedad prejuiciosa, mantener a su padre y ayudar económicamente a su padre”.
Póster de «Frankenstein», de Guillermo del Toro. Foto: NetflixTercera edición
Prometeo se publicó adaptada a las exigencias morales de su tiempo. La novela era la principal fuente de ingresos de Mary. Tenía que vivir de su escritura, despejar el camino para que su hijo pudiera heredar el título de baronet, las propiedades. Tenía que adaptarse para sobrevivir lo que la llevó a realizar una readaptación de la obra para la época.
“Resulta muy interesante descubrir que el libro obra estaba vivo, que se le podían hacer retoques, cambios. Quirúrgicamente se la podía tocar –apunta Esther Cross desde el Viejo Continente–. Nuevamente uno es testigo de cómo se cruzan la vida y la obra. Shelley interviene su propio texto para adaptarlo a la sensibilidad de los tiempos que van cambiando. Además –aclara– ella vivía de su profesión, ya se había generado todo un escándalo cuando se descubrió que Frankenstein lo había escrito una mujer. Cómo una mujer había imaginado un monstruo así”.
La tercera edición, conocida como la “versión definitiva” se publicó en un solo volumen dentro de la colección Standard Novels e incluyó la célebre y extensa introducción de la autora. A pedido de los editores, Shelley narró el origen de la historia.
“Así daré una respuesta general a la pregunta que con tanta frecuencia me hacen: ´ ¿Cómo es que yo, siendo una chica tan joven, llegué a imaginar y a expandir en detalle una idea tan horrenda´? –se puede leer en la introducción–. En el verano de 1816 visitamos Suiza, donde tuvimos de vecino a Lord Byron (…) Sin embargo el verano resultó ser húmedo y desagradable, y la lluvia incesante a menudo nos confinaba en la casa durante días. Cayeron en nuestras manos algunos tomos de fantasmas, traducidas del alemán al francés”, describe la autora y detalla cada uno de esos relatos que despertaron la veta creativa del grupo reunido en Villa Diodati, la mansión que Lord Byron alquiló junto al lago Lemán, cerca de Ginebra.
Allí se reunieron John William Polidori, médico y secretario personal de Byron; el poeta Percy B. Shelley y su futura esposa Mary Godwin, y Claire Clairmont, hermanastra de Mary. La larga noche del 16 de junio leyeron una antología francesa de historias góticas alemanas. Al finalizar Byron propuso que cada uno escribiera una historia escalofriante.
Mi corazón congelado, de Mary Shelley (Alquimia). Foto: imagen generada con inteligencia artificial.“Yo me dediqué a pensar en una historia que estuviera a la altura de aquellas que nos habían alentado en la tarea. Una historia que hablara de las fuerzas misteriosas de la naturaleza y que despertara un terror escalofriante: una historia que hiciera que el lector mirara a su alrededor, que se le helara la sangre y se le acelerara el corazón. Si no lo lograba, mi historia de fantasmas no sería digna de llevar ese nombre”, asegura Shelley.
La idea apareció en un sueño, luego de escuchar con atención las conversaciones de Lord Byron y Percy Shelley en la que discutían de filosofía, la naturaleza del origen de la vida, las ideas del doctor Erasmus Darwin, los debates de las propuestas hechas por el galvanismo: “Tal vez podría reanimarse un cadáver –explica Mary–. Tal vez las partes constituyentes de una criatura podrían ser manufacturadas, ensambladas y dotadas de calor vital”.
Drácula y Frankenstein
Esa noche, en la mansión alquilada, fue clave para que aparecieran dos de los monstruos que marcaron la literatura universal: adelantándose ochenta años al Drácula de Bram Stoker, Polidori escribió El vampiro y sentó las bases de la figura del chupasangre romántico y Mary sugestionada por su pesadilla creó al “pálido estudiante de artes profanas” que se convertiría en el doctor Frankenstein, el mismo que se arrodilló al lado de la cosa que había armado.
“Vi al horrendo fantasma de un hombre estirado que, después, como por obra de algún motor poderoso, mostraba señales de vida y se agitaba con un movimiento inquieto, casi vital”.
Mary Shelley, Literatura revista ÑEn el diario que se reproduce en Mi corazón congelado puede leerse en paralelo con la obra de Mary Shelley y resulta sumamente interesante porque, además de describir lo que ella sentía, lo que le ocurría en su vida, compartía las lecturas, las que hacían Percy y ella. Lo que permite adentrarse en el interés de la época.
“Lunes 6 de marzo de 1815: Encuentro a mi bebé muerta. Jueves 9 de marzo. Leo y hablo. Todavía pensando en mi pequeña niña, en efecto, es duro para una madre perder a un hijo. Lunes 13 de marzo. Me quedo en casa y pienso sobre mi pequeña niña muerta. Esto es una tontería, supongo; sin embargo, cada vez que me quedo sola con mis propios pensamientos, y no leo para desviarlos, siempre vuelven al mismo punto –que fui una madre y ya no lo soy. Miércoles 21 de agosto de 1816. Shelley y yo hablamos sobre mi historia [Frankenstein). Termino Herman d’ Unna y escribo. Shelley lee a Milton. Después de la cena, Lord Byron baja y Clare y Shelley suben a Diodati. Leo Rienzi».
En el prólogo que Mary Shelley escribió a pedido de los editores confiesa que Frankenstein es una obra a la que le tiene cariño: “Es el fruto de días felices, cuando la muerte y la pena no eran más que palabras que no tenían un eco real en mi corazón –aquí, aporta Cross, se refiere a la muerte de Clara, su segunda hija, a la de su hijo William, las de Shelley, Lord Byron y varios amigos más–. Sus páginas hablan de muchas caminatas, muchos paseos y conversaciones en un tiempo que no estaba sola, y en que mi compañero era uno que ya no volveré a ver en este mundo”.
De esta manera presentó a un monstruo corregido. Shelley, en una coyuntura difícil –viuda y madre– ajustó el texto al “gusto victoriano” que era más conservador al que presentó en su juventud. Atenuó el lenguaje, suprimió las referencias a la ciencia radical y Victor Frankenstein se muestra de una manera más piadosa. “Mary afirma la existencia de un Creador (hay un ángel de la guarda y un ángel del mal). Borra las partes que puedan asociar su historia a las teorías científicas caídas en desgracia –apunta Esther Cross–. El doctor deja de ser un romántico independiente y se convierte en un deudor existencial, más parecido a Fausto que a un científico desaprensivo. Convirtió a la criatura en lo más bestial posible”.
Portada de “La mujer que escribió Frankenstein”, de Esther Cross. Editó Minúscula.El monstruo que Mary Shelley había inventado tenía dobles en los escenarios y folletines. “La novela de Mary Shelley acentuó el miedo a los ladrones de tumbas, a la disección, a los cementerios, a los médicos y a algo más temible que la muerte: lo que los seres humanos hacían con ella”, detalla Esther Cross en La mujer que escribió Frankenstein.
En un pasaje de la obra el monstruo le dice a su creador: “Mi forma es una miserable deformación de la tuya, más horrible aún por esa misma semejanza”.
Y en este punto la escritora y traductora argentina rescata el análisis que Harold Bloom hizo de la obra: “¿Sería un monstruo si tuviese otro aspecto?”. El monstruo dice que es imposible que los hombres sean amables con él porque los sentidos constituyen una barrera entre él y ellos. “Pero ¿qué pasaría si no existiese esa barrera? –se pregunta Bloom–. ¿Nos haríamos amigos de la masa cadavérica si tuviera buen aspecto? ¿Qué pasaría si, además de dar vida, el doctor Frankenstein fuera un buen cirujano plástico?”.
Preguntas que también se hace el director mexicano Guillermo Del Toro y que lo impulsó a hacer su propia adaptación, alejándose de la imagen que por años el cine construyó: “Éste es un libro y un mito que ha estado arraigado en mi ADN desde que era un niño –confesó en diferentes entrevistas promocionales–. Básicamente definió quién soy. Cuanto más sabes sobre Mary Shelley, más te das cuenta de que la novela es profundamente autobiográfica para ella. Y yo me dije: ´Bien, el único compromiso que puedo hacer es que la película sea también profundamente autobiográfica para mí´.
La película, según admite el propio director, está plagada de alusiones veladas a la actualidad. No se dicen nombres: “Los nuevos tiranos se sienten víctimas. Los monstruos de hoy llevan traje y corbata, no son fruto de efectos especiales y niegan la diversidad y la humanidad de las personas”.
Esther cross. Archivo Clarín.La tumba de Mary Shelley es muchas tumbas a la vez. “Si alguien la abriera y armara la figura de pelos, huesos y cenizas unidos por la sangre que ya no puede verse, no daría con un cuerpo humano regular sino con una criatura diferente, como un monstruo –escribe Cross en el libro que descubre la época y la vida de la madre de Frankenstein–. Mary Shelley está enterrada con sus padres, con el único hijo que la sobrevivió y su nuera. Está enterrada con ellos y las reliquias que encontraron en su escritorio, guardadas con llave. Encontraron papeles, un cuaderno de apuntes que había escrito con su marido, el corazón de su marido –envuelto en la primera página del poema Adonais– y reliquias de sus hijos. Así, bajo una lápida sobria de mármol, el cuerpo de la mujer que escribió la historia del monstruo hecho de cadáveres, preside una funesta compañía familiar. Ese sepulcro es casi un cementerio resumido”.










