nadie se fijó en mí.

nadie se fijó en mí.


―¿China Zorrilla? -exclamó mi mamá.

Observé cómo pasaba en un parpadeo de la sorpresa al orgullo. Su nena, que se había ido de Bariloche a Buenos Aires a estudiar cine, volvía triunfal: hacía su primera experiencia laboral, nada menos que en una producción internacional. Todo el esfuerzo parecía tener sentido.

Hice acopio de valentía y me dispuse a decepcionarla, aclarándole que mi tarea era apenas servir café y repartir fotocopias. Me miró asombrada, pero por motivos distintos a los que yo anticipaba.

―Si ahora te toca servir café, sé la mejor sirviendo café. Siempre en lo que te toque, tratá de ser la mejor.

No era algo que decía por decir. Estaba convencida de que, de a una taza por vez, yo acabaría por abrirme camino hasta el infinito. Porque si hay algo que mi madre sabe hacer, es mantener la fe incondicional en los suyos. A veces, sostenida en hechos concretos. Otras, distorsionando sutilmente la verdad. En ocasiones, rozando la negación.

Grandes actores. Escena de “Sin querer”, el filme en el que Karen Fogelström fue asistente junior.

Quizás porque el único acto de rebeldía que me había permitido había sido elegir una carrera que a ojos de mis padres no tenía ni salida laboral ni estabilidad, me aferré a la oportunidad de demostrarles que estaban equivocados. Que no se trataba de un capricho ni un impulso, sino de una llamada vocacional impostergable.

Así fue que partí rumbo a la localidad de la estepa patagónica en que se haría el rodaje. Tenía veinte años e imaginaba que estaba ante la bifurcación que definía mi futuro: hacia un lado, una ruta directa hacia Hollywood. Del otro, la nada. No cargaba solo en la mochila el peso de mis propias expectativas desmedidas, sino el de unos padres que ni siquiera concebían la posibilidad de un fracaso.

La ilusión es como un barrilete: si sopla una brisa, podemos controlar su vuelo, regular la altura a la que queremos que llegue y traerlo de regreso. El aliento de mi familia y amigos podría haber sido esa caricia que me sostuviese en el aire. Lo que sucedía en el pueblo, en cambio, se asemejaba más a un torbellino de vientos huracanados, tan cambiantes como el clima patagónico.

Sonrisas. Karen Fogelström, adolescente, con sus padres. ¿La película sería el principio de su carrera?

En cuanto puse un pie en sus calles, desconocidos se acercaban a preguntarme si yo estaba con “la película”. Siempre fui una persona tímida y ese reconocimiento me tomó por sorpresa. De no haber sido tan inexperta, debí haberlo imaginado. En un sitio donde todos se conocen, la llegada del equipo de filmación era todo un acontecimiento. Cualquier cara nueva era detectada y desataba la curiosidad. Querían saber quién era cada uno y qué lugar ocupaba en la estructura.

Al principio balbuceaba incómoda, explicando que no era más que el último orejón del tarro. Decir la verdad solo acentuaba mi sensación de inseguridad. Cambié de estrategia y en ocasiones aseguraba que “estaba en el equipo de dirección”. No mentía, más bien acomodaba la realidad para hacerla más tolerable. Otras veces, amparada en que mitad del equipo era alemán, optaba por permanecer en silencio y les dejaba creer que no les comprendía. No estaba bien, lo admito, pero era muy gracioso ver sus caras cuando descubrían que habían dicho cosas inconvenientes delante de mí.

Ese variopinto grupo de personas de orígenes diversos nos dotaba a todos por igual de un halo de exotismo y estrellato. Una de las primeras tareas que me encomendaron fue la de tomar los datos de los lugareños interesados en ser parte de alguna escena. Ni siquiera sospechaban que tener el poder de anotar en la lista de extras a los voluntarios, elevaba mi estatus de simple mandadera a la poseedora de la llave del paraíso. Me avergüenza confesar cuánto lo disfrutaba.

Incluso quienes nos despreciaban por alterar la rutina de su tranquilo rincón del mundo, nos hacían creer importantes. La almacenera que me increpó por arrasar con su mínimo stock de té de manzanilla o el anciano que me gritó porque le bloqueábamos la entrada a su domicilio, me otorgaron una entidad que no tenía. Yo no decidía nada. Apenas cumplía una indicación y, sin embargo, ser blanco de su enojo me daba visibilidad. ¿O acaso se puede odiar a alguien que pasa desapercibido?

Los escépticos y los cautos fueron minoría. Como si se tratara de un trance colectivo, todos pensamos que, arrastrados por el talento del director, algo se torcía a nuestro favor. Los lugareños soñaron con turistas llegando de todas partes del mundo, derramando su abundancia económica en esas tierras olvidadas.

Yo ponía en cada tarea todo mi empeño, aun ante el pedido más ridículo. Dejé el aliento corriendo por la orilla de una laguna para lograr que los flamencos, espantados, levantaran vuelo y cruzaran el cielo en el ángulo exacto que exigía la toma, segura de que la satisfacción ajena me abriría las puertas a un futuro de prosperidad.

No tenía idea todavía de con cuánta ironía es capaz la vida de hacernos bajar a tierra.

El rodaje terminó y como estudiantes de quinto año de secundaria, nos mentimos que íbamos a seguir en contacto. El barrilete, cortada la cuerda, todavía planeó por fuerza de la gravedad durante un tiempo antes de venirse en picada. Fueron los meses que pasaron entre la última toma y el estreno.

Cuando la estepa se tragó hasta el eco de los intrusos, el pueblo volvió a su rutina de viento y soledad.

Volví a casa y todos escucharon cada pequeña anécdota de mi experiencia. Me llegaban invitaciones de conocidos que me habían ignorado toda la vida, cuyo único interés era saber si Leticia Bredice era tan bella como se la veía en pantalla, o con la esperanza de que tuviese el contacto de Daniel Kuzniecka.

Mamá estaba convencida de que, gracias a mi pericia para lograr dar con la marca específica de chicles que deseaba la española Ángela Molina, no solo había salvado la integridad del film, sino que, si se lo pidiese, ella podría ponerme en contacto nada menos que con Almodóvar. Creo que, en el fondo, imaginaba que en cualquier momento me vería en Cannes, de pie y sosteniendo en alto una estatuilla que le dedicaría.

Papá se aliviaba pensando que el esfuerzo económico que hacían para que pudiese estudiar en Buenos Aires, estaba justificado. No me habían pagado un peso, era cierto, pero nos autoconvencíamos de que había cosas más importantes: la experiencia y los contactos eran invaluables a la hora de necesitar referencias.

Me llegó por fin la invitación a la avant-première de la película. Y como sabemos que aquello que se hereda no se roba, a la hora de contarle a mis padres, denominé “invitación” al llamado telefónico de una colega para preguntarme si asistiría. “Imposible contactar a todos”, me dije. Le pedí los datos y me presenté en el cine a la hora estipulada.

El nerviosismo se sentía en el aire. El agradecimiento del director con la frase hecha de que “sin el aporte de cada uno de los presentes habría sido imposible llevar adelante su sueño”, me llegó al alma. Todavía vivía en la irrealidad de creer que sus palabras me incluían.

Se apagaron las luces y aguardé impaciente las más de dos horas que duraba la película. Por fin, con un plano eterno de la estepa, comenzaron los créditos. Estaba ante ese instante mágico que había estado esperando: ver mi nombre pasar en pantalla gigante.

Las líneas de texto se sucedían unas a otras, casi obligándome a no pestañear para no perderme ninguna. Estaba preparada para ver cualquier cosa escrita en lugar de mi apellido, largo y lleno de consonantes. Sin embargo, no estaba preparada para lo que sucedió.

Se deslizó y desapareció hasta el último rubro técnico. Pasaron el catering, los choferes y hasta los agradecimientos a personas que probablemente solo habían prestado una lapicera. La pantalla se fue a negro.

Mi nombre nunca apareció.

Se encendieron las luces y la gente se puso de pie. Yo permanecí sentada en la butaca, sintiéndome invisible.

A mi alrededor los presentes se reunían en grupos para intercambiar opiniones sobre lo que acababan de ver. Me uní al que tenía más cerca, solo para moverme y mitigar la angustia. Algo se acababa de romper. Eran las alas de papel de seda de ese barrilete que había llegado demasiado alto.

Junté los pedazos de esa ilusión rota y los escondí bajo la alfombra. Ni siquiera se me cruzó por la mente señalar que se habían olvidado de mí. Lo asumí como reclamo inútil. Un berrinche infantil. Y yo acababa de dejar de ser una niña ingenua.

Por vez primera puse en duda la sabiduría de mi mamá. Esta vez, servir el café mejor que nadie no había sido suficiente.

A pesar de sus rutilantes estrellas y el dinero invertido por productores extranjeros, la película duró una semana en cartel. Eran tiempos duros para el cine argentino.

Al pueblo nunca llegó el aluvión de turistas que impulsara la economía local.

Culpar a quienquiera que haya estado a cargo de la lista de créditos por haber privado al mundo de la primera Spielberg patagónica, sería injusto y exagerado. Por más dolida que me sintiese, su decisión no torció mi futuro. Estar tras las cámaras no era mi destino.

Si a alguien debo agradecer el impulso para incursionar en la redacción de guiones, primero, y luego en la literatura, es a maestros, amigos y colegas que advirtieron algo que yo todavía no reconocía: escribir se me daba bastante bien. Al menos lo suficiente como desgranar historias que otros quisieran escuchar. A fin de cuentas, eso era exactamente lo que deseaba esa jovencita que se había ido a estudiar cine, solo que por entonces aún no lo sabía.

Mis padres nunca vieron el film. Lo sigo poniendo en mi currículum porque me enseñó mucho más que los rudimentos del rodaje; me enseñó a desconfiar de los ascensores que prometen falsos viajes hacia la cima.

Sin embargo, no tengo dudas de que, si mamá viese hoy el largometraje, me aseguraría que lo mejor que tiene es la forma exacta en que pasan volando los flamencos sobre el cielo del atardecer.

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