Antes de comenzar la Volta a Catalunya, una de las muchas carreras que ha ganado, Nairo Quintana convoca a la prensa y anuncia que pliega las alas. “He venido a decirles que esta es mi última temporada como ciclista profesional”, dice. “Cada carrera que corra este año será una gran fiesta, un último baile en cada ocasión”.
Narito, que ya tiene 36 años, no volará más. Se retira uno de los eslabones, quizás el más fuerte, de la gran cadena del ciclismo colombiano que surgió en la cordillera con Efraín Forero, el Indomable Zipa, como luz entre las sombras de la gran violencia que asoló, y aún asola, el país. Ramón Hoyos, Martín Cochise Rodríguez, Lucho Herrera manchado de sangre, en la cara conquistando Francia, en las manos, en su tierra, Fabio Parra, músico y pedalista, y luego la generación dorada del siglo XXI, los nacidos en los 90, Chavito, Egan, Nairo.
Un Giro, una Vuelta, Itzulia, Volta, Romandía, dos Tirrenos, dos veces segundo en el Tour, rey de la montaña, mejor joven, una vez tercero…
Ninguno como Nairo. El goce del flechazo, la piel de gallina, el estremecimiento inefable que precede siempre a la devoción que aturde, en 2013 en la cima del Mont Ventoux, donde no hay sombras.
Para las gentes del ciclismo, que aman las leyendas trágicas, el Ventoux es la montaña grandiosa y terrible del inglés Tom Simpson, un ciclista cargado de anfetaminas y malos sueños que murió en el Tour del 67 abrasado por el sol en su superficie lunar. Son solo piedras blancas que reflejan la luz hasta deslumbrar, y entre ellas Nairo vuela. Es el final de una etapa de su primer Tour. Llega segundo, muy cerca del primero, el inglés Chris Froome, y llega exhausto. Periodistas, masajistas, policías empujando se agolpan a su alrededor en la mínima meta, junto a la antena del observatorio. Ahí al lado, al alcance de los dedos, Nairo Quintana. Minutos antes era Nairoman, un superhombre; es ahora Nairito, un niño pequeño en brazos de Borja, su masajista, que lo levanta amoroso, un pájaro frágil que busca el aire a grandes bocanadas, un angelito dormido en éxtasis místico, camino del cielo. Solo unos días antes Alejandro Valverde, el líder del Movistar, había perdido el Tour en un abanico entre campos de girasoles en la llanura de Saint Amand Montrond. Nairo sobrevivió a la emboscada. Por la noche, subió al autobús del equipo a tomar el colacao con todos sus compañeros. Se levantó y se proclamó jefe: “Estoy preparado para ser el líder del equipo”. Tenía solo 23 años. Cumplió. Fue segundo. Nunca pudo ganar el Tour.
Nairo nació y se crio en Tunja, Boyacá.
Para el mundo ha sido el León de Tunja, SuperNairo, Nairoman… Para todos es Nairito en la Colombia en la que el ciclismo es un regalo de los dioses. Un indio muisca nacido para conquistar Europa en una bicicleta.
Cuando llegó a Europa, con la M del Movistar dibujada en su pecho, y la guía de Eusebio Unzue, José Luis Arrieta y Jesús Hoyos, quería ser feroz como deben ser los conquistadores pero solo despertó ternura. Mirada fresca, sonrisa ilusionada; la risa incontenible que le atacaba cuando queriendo emitir el rugido de un león para apabullar a sus compañeros de su boca salía un gallo.
Tomando la carretera de Bucaramanga que asciende hacia el alto del Sote, allí, a la izquierda, nada más salir de una curva, en la Vereda de la Concepción surge una casa que es lienzo para un fresco. El mural pinta a Nairo, de rosa, de pie sobre su bicicleta; Nairo, de lunares de rey de la montaña del Tour. Es Nairo triunfador. Es la casa en la que pasó su infancia, con sus padres, Eloísa y don Luis, con sus hermanos, con su hermana Leidi, que le come a besos y le llama “mi negrito”. Allí, en el páramo a 3.200 metros sobre el nivel del mar, para tocar el cielo no hay ni que ponerse de pie, más bien hay que agacharse por miedo de no darse con él en la cabeza. Viendo el mundo desde esa altura, es imposible que Nairo no se crea conquistador. También lo cree su madre, Eloísa, arrugada de cara, ojos claros, que habla de un hijo predestinado que derrotó a la muerte nada más nacer. Un milagro. Poco antes de cumplir un año, Nairito estuvo muy enfermo varios meses, víctima del tentado del muerto. Se lo transmitió ella misma cuando, con él en el vientre, en un velorio tocó al anciano al que velaban. Eloísa lo alimentó con su leche y lo curó con una infusión de nueve raíces de nueve árboles diferentes preparada por una anciana con conocimientos de medicina chibcha.
Su hermano mayor, Willinton, recuerda al niño Nairo, su mente de negociante, a los 10 años aconsejando a su padre dónde poner el puesto de papas y frutas en el mercado para ganar clientela; a los 14 conduciendo un taxi nocturno en Tunja con una banqueta sobre el asiento para llegar a los pedales y asomar el flequillo por el parabrisas. Un emprendedor que solo quería una bicicleta, porque solo se siente pleno pedaleando todos los días para ir al colegio, a 15 kilómetros de su casa, en Arcabuco: un puerto de siete kilómetros ida y vuelta todos los días, y en la escuela, en clase de arte, modela en arcilla una figura horrorosa y onírica, un sueño premonitorio, la llamó el ciclista futurista.
En Tunja, en 2015, en su plaza mayor, cuadrada, hermosa y colonial se celebra el campeonato de Colombia y no hay quien dé un paso. La multitud espera a su Nairo y enloquece en la espera. Nairo no gana. Ni siquiera termina segundo. Pero el pueblo, su gente, solo lo quiere a él. Lo aúpan y lo empujan, lo vitorean como a un héroe victorioso en la batalla. “¡Lo he tocado, lo he tocado!”, grita una campesina, tan extática como si hubiera tocado a un ser único, con poderes, y no solo a un ciclista. Los más viejos hablan de Efraín Forero, el Indomable Zipa, que en el año 50, cuando Colombia sufría la guerra civil de la gran violencia, ascendió el alto de Letras en bicicleta, a 3.657 metros, entre Tolima y Manizales, donde le recibieron como a un héroe. Nació con él la Vuelta a Colombia que unió al pueblo. Desde entonces, los escarabajos, los ciclistas, son los grandes héroes deportivos del país. También Nairo. El que más.
Armado con la fe del pueblo, su hambre y su talento, entre 2013 y 2016, Nairito cumple su propósito: conquista Europa. El indio conquistado es el conquistador. Pequeño. Ni 50 kilos. Un clavito. Escalador único que admira a los fisiólogos por su relación peso potencia, más de siete vatios por kilo, y nos admira a los aficionados por su relación con el esfuerzo, por su deseo de estar solo, delante, por su relación épica, de batalla y de comunión, con el paisaje, que domina con su presencia, y habita. Gana grandes etapas de montaña, en el Galibier, en montañas de los Pirineos, en los Alpes, en los Abruzos nevados, en el Monte Grappa de los miles de muertos, en el Stelvio descomunal…
Gana el Giro de Italia de 2014, la Vuelta a España de 2016. Las arrugas ya en el Giro de 2017, donde pierde la maglia rosa ante el Duomo de Milán el último día, empiezan a romper su piel, tan tersa. Las preocupaciones, dice: “Cuando no gano, me reprochan mi orgullo que dicen infundado, mi soberbia, mis amistades, mi entorno tan colombiano”.
Más que contra los rivales o contra la ley de la gravedad, los ciclistas, Nairo también, luchan contra el dolor. Dolor de piernas, dolor de carne herida, de huesos rotos en las caídas. No hay ciclista que no se caiga en el Tour y al día siguiente no vuelva a subirse a la bicicleta a trabajar siete horas pedaleando. Ninguno resistiría si no tomara analgésicos. Tampoco Nairito, que, toma tramadol, un opioide, en el Tour de 2022. En un análisis de su orina, la UCI encuentra su rastro. El medicamento no es considerado dopaje, sino sustancia de abuso. A Nairo lo descalifican del Tour, pero no le retiran la licencia. Podría seguir corriendo sin problemas si no fuera porque su equipo, por entonces uno de Bretaña, el Arkea, lo despide. Lo anuncian al comienzo de la Vuelta a España de 2022, que sale de Holanda. Haciéndole eco corporativo, el resto de los equipos se compromete a no ficharlo. De la noche a la mañana, Nairito desaparece del paisaje ciclista.
Triste, abandonado, descubre que los cielos ya no lo protegen. No quiere creer que es verdad. Está seguro de que un día sonará el teléfono con una oferta. Se entrena en Colombia y también en Andorra. Solo tienen 33 años. Está en forma. Dispuesto para volver a ganar pedalea el camino de la amargura. Pasan 12 meses. En Andorra, la desesperación puede con él. Ya no exige justicia, pide solo la oportunidad de volver.
Es el hijo pródigo de Unzue, que se la juega para recuperarlo y ofrecerle una salida honrosa del ciclismo. “No podemos permitir que un campeón termine así su carrera. No es bueno para el ciclismo. Es injusto”, dice. Enero de 2023. Nairo viaja rápidamente a Bogotá y convoca a la prensa. Rodeado de la gente de Telefónica, con su sonrisa abierta y satisfecha, como si siempre hubiera sabido que su mal sanaría, anunció su regreso utilizando la frase grandilocuente que los jefes de la prensa le habían sugerido: “Llevo la M tatuada en el corazón”. Y todos aplaudieron. No volvió a ganar una carrera. Nairo no volvió a ser Nairoman ni el Cóndor ni el León de Tunja. Solo Nairito, el angelito, que, tres años después, alargando quizás demasiado su última etapa, pliega para siempre las alas de ciclista.










