La derrota ante Tigre mostró a un equipo que, además de una mala noche, también sufre problemas estructurales.
Una mala noche. A eso le atribuyó Marcelo Gallardo el catastrófico rendimiento de su equipo y la derrota por goleada (que puedo haber sido más amplia) ante Tigre. En parte es cierto. Fue una mala noche. Pero escudarse en una falsa actuación esconde otras cuestiones estructurales de este River que se impuso mejorar la pobre campaña anterior.
“¡Un nueve, un nueve!”, gritaba la gente que dejaba el Monumental, malherida y malhumorada. Sí, River necesita un nueve pero ni el mejor nueve del mundo será la solución. ¿Quién pone al reclamado nueve mano a mano con el arquero adversario? River no tiene elaboración de juego convincente. Lo insinuó un rato ante Gimnasia y no fue tan claro en el empate con Central ni en el trabajado triunfo ante Barracas, que terminó en victoria con un gol de cabeza de Montiel, un lateral.
El juego de River se parece al de un equipo de handball. El interminable abanico de pases de una banda a la otra hasta que alguno pierde la paciencia y tira esos “centros de mierda” de los que hablaba Barros Schelotto. Le salió con Barracas. Nunca más.
Y tampoco defiende bien River, aunque tenga el atenuante de la mala noche. Puede pasar que se trabe y se pierda. Puede pasarle a Moreno, que cumplió desde su llegada pero pisó la cáscara de banana y se le dio a Russo para el tercer gol. Puede pasar. Lo que no puede pasar es que si se sabe que el adversario se va a replegar y a apelar a los pases largos a Russo y Romero, los centrales Martínez Quarta y Rivero defiendan mano a mano porque el medio no cubre espacios ni presiona, permitiendo esos pases largos, y que los dos laterales se vayan todo el tiempo de viaje como si fueran extremos naturales.
No puede pasar que en el vestuario, con el 0-2 consumado, el cambio con el que River pretenda torcer el rumbo sea sacar a Viña para poner a Acuña, quien evidentemente no está en su mejor forma física. Además, ¿un lateral puede cambiar toda una estructura?
No hay nueve, perfecto. Gallardo dice que no quiere apurar a los pibes, que hay que llevarlos de a poco, pero ya con dos goles abajo entró Ruberto por Colidio, que se cansó de gambetear para los costados sin pisar el área. Y cuando el accidente de la salida subió la chapa a 0-3, entró Subiabre.
¿En qué quedamos? ¿A los pibes hay que llevarlos de a poco o usarlos de bomberos cuando el incendio ya llegó a los cimientos de una endeble casa de madera?
No es sólo eso. Quintero, como cualquier jugador de cualquier equipo, también puede tener una mala noche. La tuvo. Y no tuvo con quien jugar. Pero tampoco sirve el Quintero que se vio ante Tigre, desahogando hacia atrás porque no tenía a nadie destapado o tirando pelotazos cambiando de frente a laterales que ni desbordaban ni se animaban a la aventura de encarar hacia el área.
Gallardo habló de “mala noche”. Vale. Le cabe. ¿Y todo lo demás? Hay un Muñeco diferente al de su primera exitosa etapa, ese que se animaba a limpiar a figuras y hasta atreverse a poner a un chico de 18 años en Madrid, como hizo con Julián Alvarez, cuando Julián era proyecto y no realidad.
No se lo ve a ese Gallardo que acomodaba las piezas en los descansos de partidos adversos o complicados y metiendo mano o modificando posiciones solucionaba los problemas precedentes.
Hay una cuestión más que excede a jugadores y al técnico. Se advierte en la mayoría de los hinchas que con Gallardo alcanza y se pierde de vista que ahora Gallardo tiene otro plantel. Que los jugadores con los que cuenta, que son buenos, son menos buenos de aquellos cuyo punto más alto se vio en el Bernabéu.
El sábado por la noche, River no se tiró un tiro en los pies. Se los ametralló. Asusta, debería asustar, ese 4-1 de local ante Tigre, que, con todo respeto, es una formación bien armada pero de ninguna manera es de los equipos más poderosos del Apertura. Se hundió River. Solito. El peor error es la indulgencia y creer que se trató simplemente de una mala noche.










