Hay un dato que mata cualquier observación y que está sobre cualquier análisis u opinión: el tenis argentino, entre los hombres, tiene esta semana a nueve jugadores ubicados entre los 100 mejores del ranking mundial. Sí, casi uno de cada diez pertenecen a esa elite, «cruzaron ese Rubicón» que es uno de los primeros objetivos que aspira concretar cualquier tenista profesional. Y esto no sucedía desde el 6 de marzo de 2017, hace casi nueve años. Los nombres que están en la cima son los de Francisco Cerúndolo (19°), Tomás Etcheverry (33°), Sebastián Báez (52º), Camilo Ugo Carabelli (59º), Juan Manuel Cerúndolo (70º), Thiago Tirante (76º), Mariano Navone (77º), Francisco Comesaña (82º) y Román Burruchaga (96º). Para destacar: el promedio de edad de todos ellos es de sólo 25 años. Hay presente y hay futuro.
La marca posiciona a Argentina como el tercer país con la mayor presencia en el selecto lote de los mejores, apenas por detrás de Estados Unidos y Francia que tienen 16 y 13 jugadores, respectivamente. Y hay otro dato que da una mayor dimensión: Argentina supera a países con estructuras y presupuestos considerablemente más altos (también lo son los de Estados Unidos y Francia, por supuesto) como Italia (siete), Australia y España (cinco cada uno), Alemania (cuatro) y Gran Bretaña (tres).
El 25 de junio y el 2 de julio de 2007, Argentina tuvo el record de 14: Guillermo Cañas (17°), Juan Ignacio Chela (20°), David Nalbandian (25°), Agustín Calleri (29°), Juan Mónaco (32°), José Acasuso (49°), Juan Martín del Potro (56°), Sergio Roitman (71°), Mariano Zabaleta (83°), Diego Hartfield (88°), Martín Vassallo Argüello (89°), Carlos Berlocq (92°), Gastón Gaudio (99°) y Juan Pablo Guzmán (100°). Aquellas dos semanas fueron la consecuencia final de un crecimiento sostenido que en abril ubicó primero a 12 top 100 y apenas 14 días más tarde a 13.
Sin embargo, hay hitos en la historia del tenis nacional que vale la pena remarcar:
Más allá de las estadísticas, es importante encontrar los por qué de este éxito en un país castigado en lo económico y en la que el último apoyo medianamente significativo al tenis se dio en los tiempos del macrismo con el impulso al deporte desde el Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo con el objetivo primario de los Juegos Olímpicos de la Juventud de Nanjing 2014. Jugadores como Báez, Juan Manuel Cerúndolo, Tirante, Navone, Comesaña y Burruchaga, por ejemplo, en una mayor o menor medida se vieron beneficiados con alguna beca o pasajes al exterior para solventar sus carreras como juniors. Hay que ir bastante más atrás en el tiempo cuando Coria y Nalbandian, en los tiempos de Enrique Morea al frente de la Asociación Argentina de Tenis (AAT) a fines de los 90, tuvieron un fortísimo apoyo. Tiempos del uno a uno, claro.
La tradición es un factor importante en este momento del tenis argentino. Ese contagio de generación en generación, el espejo de los referentes («Si él, que se se entrena conmigo y estamos parejos, pudo ganar tal torneo o alcanzar este ranking, ¿por qué yo no lo podría hacer?», se preguntan muchos día a día) y la imagen que dejan los más grandes se convirtió en un factor importante para los más jóvenes a través de los años. Pero también, por otro lado, están los formadores, los profesores que se formaron a conciencia y que están bien dedicados y dispuestos a apostar al futuro, a dedicar tiempo y esfuerzo, a no ganar dinero cuando el jugador lucha por meterse; y lo hacen con una dedicación y una entrega que no existen en otros lugares del mundo. Y luego aparecen los ex jugadores y su capacidad de involucrarse hasta el límite con los tenistas actuales. Hay muchos de ellos que aparecen como entrenadores y acompañan a los mejores de hoy en el circuito. Eso, por supuesto, marca una diferencia importante con respecto a otros países.
Pero hay además otra causa que es definitiva y que consiste en el acceso que tiene la gente para jugar al tenis. El deporte que popularizó Vilas en los 70 y que se potenció con Coria, Nalbandian, Gaudio y compañía hizo que las canchas se multiplicaran a lo largo y a lo ancho del país y de la cantidad… se sabe. Eso, por ejemplo, no sucede en otros países de Sudamérica en los que incluso el tenis sigue siendo un deporte de elite. En Argentina, en cambio, es claramente un deporte de clase media y hay más chances de jugarlo -en forma recreativa, se entiende- independientemente de los recursos. En todo el país hay casi 20 mil jugadores federados. ¿Y cuánta gente juega de una manera absolutamente social? Para responder esa pregunta hay que remitirse a un estudio que realizó la Federación Internacional de Tenis a través de consultoras internacionales que hicieron un relevamiento para completar el mapa argentino. Ese trabajo de 2024 dio como resultado que 4.500.000 personas habían jugado al menos una vez al tenis en el último año y que 3.500.000 eran mayores de 18 años. Por otro lado, 1.400.000 de aquellos tres millones y medio habían jugado al menos diez veces en los últimos 12 meses.
En definitiva, no hubo un plan concreto para que nueve compatriotas coincidieran en la semana entre los 100 mejores del mundo. Aunque sí hubo razones -el talento individual de los jugadores, el esfuerzo económico de las familias, un mayor número de torneos profesionales masculinos de nivel challenger (habrá ocho en 2026 y seis serán organizados por la AAT) e ITF (diez y todos de la AAT)- que llevaron a ese número que se celebra. Y que asombra en el mundo entero para que se hable de otro impacto del deporte argentino.










