Olegario Víctor Andrade nació el 6 de marzo de 1839 en Alegrete, Río Grande del Sur, Brasil, hijo de Mariano Andrade y Marta Burgos. Su nacimiento fuera de la Argentina fue consecuencia del exilio político de su padre, juez de paz santafesino enfrentado con el gobierno de Juan Manuel de Rosas.
Poco después, la familia regresó y se instaló en Gualeguaychú, donde transcurrió su infancia.
La tragedia lo alcanzó temprano: a los ocho años quedó huérfano de padre y madre, debiendo hacerse cargo de sus hermanos menores. Esa experiencia de responsabilidad precoz lo marcó profundamente.
El propio Andrade evocaría más tarde la orfandad como una herida que lo obligó a templar su carácter: “La soledad es maestra dura, pero fecunda: ella me enseñó a escuchar la voz interior que nunca calla” (fragmento atribuido en sus escritos juveniles).
Protegido por Justo José de Urquiza, ingresó al Colegio de Concepción del Uruguay, donde brilló por su talento literario. Allí comenzó a colaborar en periódicos del litoral, como El Mercantil, bajo seudónimos. Su pluma se convirtió en arma política y estética: denunciaba injusticias, defendía la autonomía provincial y cuestionaba la hegemonía porteña.
En el diario El pueblo entrerriano publicó su “Canto al Chacho”, un homenaje al caudillo Angel Vicente Peñaloza, asesinado por las fuerzas nacionales de Bartolomé Mitre el 12 de noviembre de 1862:
“¡Mártir del pueblo! Tu gigante talla / Más grande y majestuosa se levanta. / Que, entre el solemne horror de la batalla, / Cuando de fierro la sangrienta valla / Servía de pedestal para tu talla / Victima expiatoria inmolada en el ara de una idea”.
En 1864 fundó el periódico El Porvenir, desde el cual criticó con vehemencia la Guerra del Paraguay, llamándola “injusta y fratricida”. Andrade escribía: “No hay gloria en la sangre de hermanos; la victoria sobre el Paraguay será siempre derrota de la conciencia americana”.
Su obra poética se inscribe en el romanticismo argentino, con un marcado tono patriótico y social.
En 1878 publicó Prometeo, donde el mito clásico se convierte en alegoría de la lucha por la libertad. Este Prometeo es, en realidad, la voz de los pueblos latinoamericanos sometidos, un canto a la resistencia y a la dignidad.
Otro de sus poemas célebres, El arpa perdida, es una elegía a la patria y a la poesía como fuerza moral. Andrade clama: “¡Oh patria! tu arpa sonora yace rota en el suelo; nadie canta tus glorias, nadie recuerda tu duelo.”
Además de poeta, Andrade fue diputado nacional por Entre Ríos entre 1878 y 1882. Su oratoria en el Congreso se caracterizó por la defensa de los intereses provinciales y por un tono vehemente. Se decía de él que “hablaba como escribía: con fuego y con música”.
Murió joven, a los 43 años, el 30 de octubre de 1882 en Buenos Aires, y fue sepultado en el Cementerio de la Recoleta.
La crítica recuerda a Andrade como uno de los grandes poetas cívicos del siglo XIX argentino.
Su voz, entre la política y la poesía, fue la de un hombre que quiso transformar la palabra en acción.
Como escribió en uno de sus versos finales: “La poesía no es adorno: es espada, es bandera, es luz que guía a los pueblos.”
La vida de Olegario Víctor Andrade fue un cruce entre el dolor íntimo y la pasión pública. Huérfano precoz, periodista combativo, poeta romántico y diputado, encarnó la figura del intelectual comprometido con su tiempo.
Su obra sigue siendo testimonio de cómo la literatura puede convertirse en resistencia.










