Fue la derrota que hizo rebalsar el vaso de la bronca y la incredulidad. Porque el significado de perder ante un adversario históricamente inferior en varios escalones y el modo en el que se perdió fue bastante más allá de ese 61-44 ante Uruguay. Fue el último cachetazo -al menos hasta ahora- luego de que el basquetbol argentino no se clasificara al Mundial 2023 después de 41 años de presencia ininterrumpida en el torneo ecuménico ni consiguiera el pasaporte olímpico a los Juegos de París 2024. La que sucedió contra los uruguayos hace poco más de una semana fue una de las peores derrotas de los últimos 50 años y, si se tiene en cuenta sólo la frialdad de un número, la que se sufrió con la menor cantidad de puntos convertidos desde 1955; todo, ante un equipo regular que supo sacar provecho de la ansiedad y de lo mal que jugó el equipo nacional sobre todo en el primer tiempo.
Bajo el sistema de las ventanas para la clasificación a los Mundiales, Argentina sufrió tres derrotas (con Uruguay -fue un duelo parejo en el que no alcanzaron los 23 puntos de Luis Scola y Nicolás Brussino-, Puerto Rico y Estados Unidos -ambas ajustadas en juegos definidos por detalles y mínimas diferencias-) y sin embargo llegó a China 2019 pero las cuatro que padeció (ante Venezuela -el equipo no encontró respuestas, mostró una baja eficacia en los tiros libres y fue superado con claridad-, Canadá -no alcanzó con Nicolás Laprovittola– y República Dominicana dos veces -la primera fue en un partido interrumpido por goteras en el techo del estadio y la segunda resultó la más dolorosa porque el encuentro se jugó en Mar del Plata, el equipo tuvo grandes momentos de Facundo Campazzo y Gabriel Deck y dejó pasar una amplia ventaja de 17 puntos en el marcador-) la dejaron afuera de Filipinas, Japón e Indonesia 2023. De cara a Qatar 2027, la de Uruguay fue la primera. ¿Será la única?
Primero y para analizar lo que ocurre, hay que referirse a una realidad: hoy Argentina está a años luz de tener un plantel completo de jugadores con el nivel, la jerarquía y el talento de aquel que, liderado por Emanuel Ginóbili, consiguió dos medallas olímpicas seguidas, alcanzó tres semifinales en cinco Mundiales consecutivos, puso de rodillas nada menos que a Estados Unidos con sus NBA y se metió definitivamente en la historia del deporte.
En la actualidad la Selección cuenta con Facundo Campazzo, Gabriel Deck, Nicolás Laprovittola, Leandro Bolmaro y Luca Vildoza, que son jugadores que se destacan en la Euroliga y considerados de primer nivel internacional. Pero hay algunos problemas alrededor de ellos cinco: el primero es que los clubes europeos a los que pertenecen no ceden con facilidad a los jugadores para las Eliminatorias por la sencilla razón de que sus dirigentes están enfrentados con los de la Federación Internacional de Basquetbol (orgaizadora del Mundial) y no paran su calendario; el segundo es que hay mucha distancia entre ellos y el resto; y el tercero es el nuevo sistema de clasificación similar al del fútbol y diferente a la mayoría del resto de los deportes de conjunto -se hacen Premundiales al final de cada temporada- que dificulta aún más esa cesión de los basquetbolistas.
Aquí vale el trabajo de Pablo Prigioni, el entrenador del equipo nacional. Gracias a sus contactos con técnicos y managers de los equipos europeos, el cordobés levantó más de una vez el teléfono para pedir por los jugadores. Y que Campazzo y Deck hayan venido a Buenos Aires por un sólo partido y luego tuvieran que regresar de inmediato a Europa en vuelos de línea es mejor que nada. Por eso, para una renovación que se encara desde 2023 y para un trabajo a largo plazo, Prigioni es el hombre ideal, el “mejor de nosotros”, según Julio Lamas, porque, además, es el único argentino que está en la NBA como asistente de Minnesota y, en su rol, es absolutamente respetado. Es cierto que tiene poca experiencia como entrenador principal pero desde hace siete años trabaja en el más alto nivel del basquetbol y sabe cómo se debe armar un trabajo de reconstrucción, algo a lo que, a diferencia de la mejor liga del mundo, los equipos FIBA no están acostumbrados ya que a fuerza de billetera esos clubes contratan a los mejores jugadores y directamente salen a la cancha a competir. La NBA, en cambio, tiene otro sistema que es el que le viene bien al presente y a la situación de Argentina: tomar jóvenes y desarrollarlos individual y grupalmente. Es una actividad demandante pero también muy interesante y la lleva adelante Prigioni.
De todos modos hay que escarbar todavía más abajo para entender un poco mejor la realidad de la punta de la pirámide que es el seleccionado. Y entonces hay que bucear en las estructuras y, por ende, en una Liga Nacional devaluada que, si bien sufrió los perjuicios económicos que afectan al país desde hace mucho tiempo, también tiene su cuota de responsabilidad por los malos manejos dirigenciales. Así, por ejemplo, se privilegió reducir los costos de la competencia pero no hubo cirugía donde estaba la enfermedad. Lo primero que se debió haber tocado fueron los salarios de jugadores con sueldos de una Liga rica que no genera dinero. Y no se hizo.
En cambio, se modificó el sistema de juego con una cantidad de partidos desmedida que maltrató a los basquetbolistas, se dejó de jugar los viernes y domingo (más un partido televisado) para pasar a un sistema al estilo de la NBA con partidos sin días fijos y así, un equipo como Boca, por ejemplo, estuvo más de un mes sin acción. Eso hizo que el hincha perdiera interés por la competencia y, por ende, que varias empresas dejaran de apoyar económicamente a los clubes. Pero hubo más: el torneo pasó a tener 19 equipos en lugar de los tradicionales 16 y así ingresó a la escena una masa de jugadores sin nivel (incluso extranjeros de una categoría muy inferior a aquellos que brillaron en los 90 o principios de este siglo) o demasiado jóvenes -pero todos baratos- para la competencia que la perjudicaron («cualquier similitud con la Liga Profesional de Fútbol no es pura coincidencia»). De esa manera también los más destacados, favorecidos por el cambio del dólar, decidieron emigrar para mejorar aunque lo hicieron a ligas históricamente mucho menos competitivas como las de Chile, Uruguay y México.
¿Y la Generación dorada? ¿Hay responsabilidad de parte de aquellos que hicieron gigante el basquetbol argentino y lo llevaron a lugares impensados? Aquí hay un problema: la mayoría de los 12 campeones olímpicos, por ejemplo, viven en el exterior y tienen su vida armada en otro lado. Además pocos fueron los que manifestaron deseos fervientes de «meter los pies en el barro» para participar. Luis Scola quiso hacerlo en su momento pero pretendió introducir un concepto estadounidense y europeo de sociedades privadas que no tuvo recepción en la dirigencia nacional por el concepto diferente que tienen los clubes de nuestro país. Al observar el panorama, el ex capitán de la Selección armó otra vez las valijas y se volvió a Europa. Hoy es el manager general de Varese, donde cambió la forma de trabajo del club italiano al apostar por métodos más relacionados al mundo de la NBA que los que se acostumbran utilizar en aquel continente.
Del resto, Juan Ignacio Sánchez fue nombrado director del Programa educativo de Alto Rendimiento de la Confederación Argentina de Basquetbol por el recientemente fallecido Fabián Borro, Andrés Nocioni trabaja en la Asociación Argentina de Jugadores de Basquetbol, Leonardo Gutiérrez entrena en los seleccionados menores y Gabriel Fernández está involucrado en el basquetbol femenino.
Muchos son los que piensan que Nocioni, con su nombre y su imagen y por el lugar en el que está, en algún momento podría aglutinar si se lo piden, rodearse bien y buscar ser la cara visible de la recuperación del basquetbol argentino. Porque está claro que hace falta un líder, alguien con ideas que permita reacomodar y entender que las decisiones se toman con diálogo y consenso. No será sencillo recuperarse en el corto plazo para que la Selección vuelva a ser el producto de lo que se hace a nivel interno. Porque hoy además la producción de jugadores no es la de los tiempos en los que la Liga daba una primera horneada para irse a Europa y dar ese salto de calidad que el basquetbol nacional merece tener de nuevo y no perder nunca más.










