Por qué Marruecos tiene motivos para reclamar la Copa Africana de Naciones que ganó Senegal

Por qué Marruecos tiene motivos para reclamar la Copa Africana de Naciones que ganó Senegal

El domingo 18 de enero, la selección de Senegal le ganó la final de la Copa Africana de Naciones a Marruecos en Rabat, levantó el trofeo por segunda vez en su historia y lo llevó de regreso a su país para mostrárselo a cientos de miles de personas que se volcaron a las calles de Dakar. Dos meses después, la Confederación Africana de Naciones dice otra cosa: el campeón ya no es el equipo senegalés conducido por Sadio Mané sino el marroquí que dirigía Walid Regragui, a quien echaron tras la derrota.

A 10 mil kilómetros de distancia y con un océano de por medio, la primera palabra que surgió en Argentina fue una sola y forma parte del diccionario futbolero: Marruecos apeló al «escritorio». En Brasil le dicen «virada de mesa», una especie de escritoriazo. Es que en estas latitudes sobran los ejemplos de equipos que apelaron a los reglamentos para torcer o forzar cosas que no habían sucedido dentro de la cancha. Suena antipático mencionar los casos históricos y no hace falta hacer mucha memoria para dar con episodios recientes.

En África la cosa es diferente, y hay que tener en cuenta otras cuestiones para abordar una polémica que a ojos del Primer Mundo (futbolístico, claro) se lee como una injsticia. El continente cuyas raíces nutren de talento a los mejores equipos del mundo, tiene una competición interna con mañas del amateurismo, como quedó demostrado en Rabat cuando los alcanzapelotas les robaban las toallas a los arqueros rivales. También en el arrebato de los senegaleses de irse al vestuario porque no estaban de acuerdo con un fallo arbitral.

Por eso, la dirección que buscan darle en la región al deporte más popular del mundo es la que apunta hacia la formalidad: el respeto por las leyes y los reglamentos. Fue lo que se oía en Rabat aquella noche trágica, cuando Marruecos perdió la chance de volver a ser campeón tras 50 años y frente a su gente. El padre de Brahim Díaz, el chico del Real Madrid que falló el penal en el último minuto tratando de picarla, repetía por todos lados que su hijo «había pateado condicionado».

El enojo con el VAR de los senegaleses, el de los hinchas en las tribunas pero especialmente el de los jugadores enfilando rumbo al vestuario, estiró el final del partido y pudo haber perturbado al pibe Díaz, que estuvo casi 20 minutos pensando dónde patear un penal que lo llenaría de gloria o lo convertiría en un enemigo público. Pero el fallo de la CAF no se basa en conjeturas sino en la frialdad de una ley.

La Federación Real Marroquí de Fútbol (RFMF), que organizó una Copa Africana inolvidable, a la altura de lo que se espera para quien será anfitrión del Mundial 2030, le reclamó a la CAF que se le otorgara la victoria debido al abandono del terreno de los jugadores senegaleses. Y lo hizo apelando al artículo 82 del reglamento, «por incomparecencia», que establece que “si, por cualquier motivo, un equipo se retira de la competición, no se presenta a un partido, se niega a jugar o abandona el campo antes de la finalización del encuentro sin autorización del árbitro, se considerará perdedor y quedará eliminado definitivamente de la presente competición”.

La CAF se tomó 58 días para revisar los videos y comprobar que los senegaleses estuvieron ocho minutos en el vestuario hasta que Sadio Mané los convenció de regresar a la cancha. Y la Junta de Apelaciones consideró a Senegal “culpable de perder por incomparecencia” la final, a la que se le registró un resultado de 3 a 0 a favor de Marruecos, tal como fija el artículo 84 de ese mismo cuadro normativo.

Como era de esperar, la Federación Senegalesa reaccionó con incredulidad y mucha bronca, pero sigue teniendo herramientas formales para que nadie le toque la copa. “Para defender sus derechos y los intereses del fútbol senegalés, la Federación iniciará, lo antes posible, un procedimiento de apelación ante el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) en Lausana», avisaron a través de un comunicado, mientras sus jugadores descargaban su indignación en las redes sociales. Y allí será la ley, otra vez, la que termine teniendo la última palabra.

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