¿Por qué nos deseamos felices Pascuas?

¿Por qué nos deseamos felices Pascuas?

Linda costumbre esta de desearse felicidad para las fiestas de Pascua. Ciertamente que la ocasión lo merece, porque la Pascua tiene mucho que ver con nuestra felicidad. Lo que celebramos en Semana Santa son acciones de Dios que tocan lo más profundo de nuestra vida.

Todos llevamos en el corazón un deseo irrefrenable de felicidad: fui- mos hechos para ser felices. Dios nos regaló la vida para vivirla en plenitud y señaló un camino: el amor, el perdón, la entrega desinteresada a los demás, especialmente a los que sufren. Sin embargo, con nuestra libertad herida, buscamos la felicidad en una autoafirmación egoísta. Esto va contra la ley inscripta en nuestro corazón y nos empobrece como personas. Llama- dos a conformar una gran familia, hemos hecho de la historia un campo de batalla donde cada uno se preocupa por sus propios intereses o –a lo sumo– por los de su grupo. La cosecha de este desorden es la enorme red de sufrimientos, angustias y dolores que nos acosan cada día.

Pero Dios, que no se deja ganar en bondad, no abandonó a sus hijos y se metió de lleno en la historia. Se hizo hombre en Jesucristo y pasó treinta y tres años en la tierra viviendo “como uno de tantos” (Flp 2,7). Tuvo familia, disfrutó de la amistad, trabajó, sintió el cansan- cansancio. Fue, sobre todo, amigo de los pobres y de los que el mundo des- precia. Por eso, nada de lo que nos pasa le es ajeno.

Vino con una misión: mostrar- nos todo lo que puede amar un co- razón humano. Pero su mensaje fue rechazado violentamente, y Él, fiel a su misión, “nos amó hasta el extremo” (Jn 13,1). La enorme telaraña de la maldad humana se volvió contra Él. Su mensaje de amor tan radical tiene la potencia de cambiarlo todo, y eso incubó un odio asesino. En una terrible obnubilación que aún continúa, decidimos que el hombre más bueno que jamás pisó la tierra merecía morir como el peor criminal. Y Él lo so- portó todo con amor. En la cumbre del dolor, solo tuvo palabras de compasión: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Tanto fue su amor que hasta el último suspiro se ocupó de nosotros dejándonos a su madre: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,27).

Lo más grande es que su Amor venció a la muerte. No terminó to- do en la cruz. La muerte lo capturó y, creyéndose victoriosa, proclamó el triunfo del mal. ¡Qué amarga se- ría nuestra vida si todo hubiera terminado el Viernes Santo! Pero poco le duró el triunfo: al tercer día Jesús resucitó. ¡Venció a la muerte! El mal no tuvo la última palabra. Des- de ese primer domingo de Pascua sabemos que en nuestras vidas puede haber muchos males –enfermedades, discordias, angustias, violencia–, pero también sabemos que hay un Amor más poderoso que todos los sufrimientos que puedan tocarnos en suerte.

La resurrección de Cristo nos ha- ce posible ser felices. Su Espíritu, derramado en nuestros corazones, nos revela que somos amados por un Amor más fuerte que cualquier dolor. Creer en ese Amor es la fuerza más poderosa que tenemos para la lucha de cada día. Esa es la alegría que nos traen estas fiestas; es- tá en la raíz de cada alegría de la vi- da. Por eso, de corazón: ¡Felices Pascuas!

Padre Enrique Ciro Bianchi – Teólogo

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