Una argentina de 74 años, dueña de un restaurante en San Pablo bautizado Martín Fierro, tiene un hijo y dos nietos y una vida que desgrana, durante años y con ocasionales fumatas de marihuana, ante una compatriota que es periodista, dramaturga y guionista. En especial, aunque no únicamente, la parte en la que fue oficial de Montoneros, sufrió la muerte de su esposo luego de que él participara del ataque a un cuartel en Formosa en 1975, deambuló clandestina entre Corrientes, Rosario y el Gran Buenos Aires con un hijo chiquito a cuestas y fue detenida-desaparecida en 1978, tras lo cual salió del país, siempre vigilada por represores, en particular por uno, “Beto”, integrante del Ejército. La historia podría ser atrapante si fuese una novela. Pero lo es más porque está basada en hechos reales.
Condimentada con algunas licencias ficcionales, en especial en cuanto al cambio de nombres de ciertos personajes, la trama que se teje en Desaparecida dos veces (Seix Barral), de Teresa Donato, es un alucinante recorrido verídico en el que se cruzan la lucha armada, la Virgen de Itatí, la represión, las pastillas de cianuro, el porro, los documentos falsos, los antidepresivos, las empanadas argentinas en Brasil, el sexo con un criminal y mucho más.
Biografía novelada o relato de no ficción, el libro tiene como hilo conductor la reconstrucción de la vida de Ana María Massochi. “Reconstrucción” en un doble sentido: por un lado, para reunir las piezas sueltas de su historia y darles cierto sentido y, por el otro, para contar una cuasi resurrección, dado que fue secuestrada por la última dictadura durante varios meses y, pese a haber estado sumergida en esa dimensión desconocida para la mayoría del país, pudo sobrevivir.
Diario coral
Donato utiliza a otras fuentes cercanas a Massochi para enriquecer la narración. Aparecen sus hermanas Mónica y Gachi, su hijo Carlos, que tiene un rol central en la vida y en el libro, sus nietos Helena y Tomás, su amiga Silvia, sobrinos, familiares políticos. Desaparecida dos veces se lee también como una suerte de diario coral, o de relato en primera persona sazonado por otros testimonios, que retroalimentan la trama principal. Así, Massochi retoma el hilo a partir de intervenciones de su familia, lo que da el efecto de un texto en permanente ebullición.
Muchos libros sobre la militancia revolucionaria en la Argentina se sostienen en Buenos Aires y alrededores, comprensiblemente porque allí se concentra la mitad de la población argentina, además de estar el centro simbólico, legal y económico del país.
Menos conocidas y difundidas son las obras que tienen como escenarios otras geografías. En Desaparecida dos veces aparecen Corrientes, Formosa, Rosario, San Martín, Caseros, Villa Devoto, un Caballito adivinado entre penumbras. No la Plaza de Mayo, ni Avenida Corrientes, ni la Iglesia Santa Cruz ni La Plata. En el plano internacional, las locaciones son Asunción del Paraguay, Río, San Pablo. Ni París, ni México DF ni La Habana.
Ese foco sobre lugares menos transitados por la bibliografía de la época es otro de los atractivos de la historia, que tiene un antecedente en la obra teatral Mi vida anterior, coescrita por Donato y Dennis Smith. De hecho, lo que se cuenta en el libro es muy visual, con lo cual puede que esté pensada una serie o una película.
Por otra parte, el texto de Donato puede vincularse con esa gema que es La llamada, de Leila Guerriero, que retrata la historia de Silvia Labayru, también militante de Montoneros, también detenida-desaparecida, también sometida por represores y finalmente liberada. Y, por supuesto, y como consecuencia de este último rasgo, despreciada y atacada por muchos integrantes de aquella organización y por otros autopercibidos herederos del peronismo revolucionario. Esto mismo le sucedió en varias ocasiones a Massochi, tal como testimonia en el libro.
Desaparecida dos veces escasea en datos y nombres relacionados con la represión. Y es intencional. Lejos está de pretender ser un libro de investigación periodística ni un ensayo. El represor que juega un rol clave en la vida de Massochi, por caso, solo aparece por un alias, “Beto”, que ni siquiera es el real. Tampoco aparece mencionado el centro clandestino de detención adonde fue llevada ella, y también es una decisión consciente no nombrarlo. Punzante, en el libro dice que pareciera que si la víctima no estuvo en la ESMA fuese de menor importancia. “Como si estar en la ESMA te diera una medalla distinta”, dice.
Esa figura incómoda, tal como aparece retratada Massochi, se vislumbra también en su decisión de no haber declarado nunca ante la Justicia. No testimonió ante la Conadep tampoco. Ni en los Juicios a las Juntas de 1985, ni en los Juicios por la Verdad de 2001 ni en los posteriores luego de la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. “Por miedo”, recalca en más de una oportunidad. Su propio relato lejos está del heroísmo o de buscar posicionarse como una paladín de la memoria y los derechos humanos.
Las reflexiones políticas aparecen en distintos momentos, pero como retazos, fugaces impresiones, sin especial desarrollo. Reivindica los ideales de la generación de los 70, pero señala como punto de quiebre de Montoneros cuando matan al líder de la CGT, José Ignacio Rucci, en septiembre de 1973, y aquella organización del peronismo de izquierda acentúa su giro hacia las operaciones militares.
Es en ese plano inclinado cuando se produce el intento de copamiento de Formosa, en octubre de 1975, y muere Jorge Livieres, su esposo, oficial montonero y padre de su hijo, que en ese momento tenía un año y dos meses. Reconoce, además, que la represión sangrienta y clandestina había empezado antes del golpe de marzo de 1976, con la Triple A y demás bandas asociadas, que actuaban con impunidad.
“Beto”, el represor
Una de las arterias más gruesas del relato es la que cuenta la relación con “Beto”, el represor. Massochi cuenta cómo lo conoce, los diálogos en el centro clandestino de detención, las discusiones, las internas entre el Ejército y la policía, las distintas microtácticas para sobrevivir, o para ser menos torturada o para que no dañaran a sus familiares, que estaban fuera de ese inframundo. Microtácticas que, en mayor medida, utilizaban muchos detenidos-desaparecidos, con diferentes resultados.
La periodista y guionista Teresa Donato es autora del libro Desaparecida dos veces. Foto: Ariel Grinberg.La historia con “Beto” siguió fuera de los calabozos clandestinos. Este personaje se convirtió en una especie de controlador permanente-frecuentador, con todos los matices que pueden caber en estas palabras. Massochi logra irse a Brasil, intenta una vida nueva en Paraguay por breve tiempo y se instala definitivamente en San Pablo, donde monta lo que era al principio un modesto bar-restaurante con comidas argentinas y que, en zigzag, crece hasta volverse un punto de referencia para distintos grupos de bohemios e intelectuales.
“Quisiera contribuir a que nunca se olvide la atrocidad que fue la dictadura y la responsabilidad que tiene el Estado en ella. Nosotros –los jóvenes– también tuvimos nuestra responsabilidad, pero ni se compara”, afirma Massochi.
Metiéndose en caminos repletos de espinas, ella y Donato construyen una obra que evita muchos de los lugares comunes sobre la época, sin pretensión de convertir a nadie en un bronce, ni con dedos acusadores contra quienes compartieron con ella los sótanos de la dictadura, pero también sin escaparse a los temas que erizan la conciencia y el corazón aún hoy.
Desaparecida dos veces, de Teresa Donato (Seix Barral).










