Cuando los ríos estaban más revueltos para la familia Beckham, después de que el pasado enero Brooklyn hablara (entre muchas otras cosas) sobre el “inapropiado” baile de su madre en su boda, el famoso diseñador de eventos Preston Bailey (Panamá, 76 años), encargado de organizar durante varios meses ese enlace, aseguró no haber notado nada raro durante los preparativos. “Nunca hubo ninguna tensión”, dijo al medio estadounidense Page Six, sorprendido por la embestida a sus padres de un joven a quien él recuerda involucrado en los detalles y de trato amable.
El organizador de la boda de Brooklyn Beckham y Nicola Peltz en 2022 —se encargó durante 11 meses, pero luego tuvo que dejarlo por problemas de agenda—, responsable también de los espectaculares enlaces de —entre muchos nombres famosos— Ivanka Trump, Serena Williams y de tres de los hijos de la riquísima familia india Ambani, parece quedarse solo con la belleza de los momentos que crea. En una videollamada con EL PAÍS desde Nueva York, donde vive y tiene su oficina, Bailey habla de su trabajo —es famoso, sobre todo, por sus impresionantes instalaciones florales— con la distancia de quien ha vivido tanto que puede quedarse solo con lo mejor. También lo hace con pasión y humildad: llegó al mundo de la organización de eventos por casualidad o, más bien, por necesidad. “Me moría de hambre y no podía pagar el alquiler”, recuerda sobre sus inicios en Nueva York en los años ochenta, cuando aún no tenía ni idea de organizar nada ni de trabajar con flores. Aquello cambió cuando su mejor amigo —“aún hoy”—, el diseñador de interiores de origen cubano Vicente Wolf, le propuso hacer arreglos florales para uno de sus clientes, lo que acabó siendo su modo de vida.
“Los diez primeros años fueron una pesadilla”, recuerda Bailey. “Estaba aprendiendo, fue una época de exploración”. Cuenta que no sabía cómo tratar las flores, que a veces se le morían y que, en ocasiones, cuando los clientes le preguntaban por una flor, se inventaba el nombre. “Fue una cuestión de supervivencia”, asegura el diseñador, y añade: “Pero algo que supe desde el principio, de forma instintiva, es que, hiciera lo que hiciera, tenía que ser algo diferente”. Puede que también por instinto, el Bailey aprendiz se dedicó a fotografiar sus trabajos con flores durante aquella década. Esas imágenes acabaron conformando su primer libro y ese libro llegó a la familia real en Abu Dabi, que vio sus arreglos y le contrató.
En 2024, para el enlace del hijo mayor de los Ambani, que aún hoy se considera la boda del siglo por la opulencia que se desplegó, trabajó con millones de flores, con las que levantó más de 60 esculturas de jirafas, leopardos, monos y tigres, hechas cada una con miles de ellas (entre 100.000 y 200.000). Cuando alguien le contrata para hacer arreglos florales, cuenta: “La primera pregunta que les hago es cuáles son sus flores favoritas. La segunda, qué flores no les gustan. Todo depende de los gustos del cliente. [La decoración con flores] realmente depende del tipo de trabajo, de la ubicación, de las sensibilidades. Tengo clientes que han crecido con ciertas flores que les traen malos recuerdos. Por lo tanto, ni siquiera me planteo utilizarlas”.
Considerado un mago, una leyenda en la planificación de eventos, a una edad a la que cualquier otro se dedicaría a vivir, Preston Bailey sigue trabajando, diseñando y dirigiendo, como se encarga de precisar: “Creo que es importante que el propio día de la celebración me asegure de que cada momento esté lleno de sorpresas y de que los invitados pasen un tiempo maravilloso”. Sobre el proceso, cuenta que “normalmente, mis clientes llaman, vienen, hacemos una entrevista y vemos si somos adecuados el uno para el otro. [El trabajo] a veces lleva un año, a veces seis meses, muchas veces pueden ser dos o tres meses, dependiendo de la situación”, aclara. Su parte favorita, sin duda, es el contacto con la gente. Y cuando dice gente, se refiere a clientes como Beyoncé y Jay‑Z, que, como explica, le contrataron hace un par de meses para organizar una fiesta: “Son artistas, yo trabajo con artistas muy grandes y tienen una visión maravillosa. Aprendo mucho de ellos e intento conectar con la visión que tengan”.
Sin que el glamour le ciegue y tras más de 40 años en el negocio de los eventos, sigue teniendo claro que se dedica a dar “un servicio”. Su ética se resume en no juzgar y comprender: “Mi trabajo no es decirles a mis clientes qué deben hacer, sino explorar con ellos, salir de mi cabeza y meterme en sus cabezas para entender qué quieren exactamente”. También sabe lo que buscan: “La mayoría espera hacer algo que no se haya visto antes, lo que hoy es muy difícil con Instagram. Para mí siempre es un reto. Normalmente, lo que hago es darles no uno, sino tres diseños diferentes. Quiero que tengan la posibilidad de elegir, como cuando van a comprar un bolso de Gucci: ‘¿Me gusta este o este?’. Y creo que esa es la mejor manera de tratar con clientes de lujo: darles opciones. Uno de los mayores retos sigue siendo encontrar esa idea que haga que digan: ‘¡Oh, Dios mío, esto es perfecto!”, resume.

Sobre la industria de las bodas, recuerda que la primera boda que hizo costó 300 dólares. Hoy, según su experiencia, “en Nueva York no haces una por menos de un millón”. Le sorprende cómo ha evolucionado el negocio, específicamente el suyo: “Ni en mis sueños más locos imaginé que diseñaría bodas reales o que, literalmente, construiríamos edificios enteros para un evento. Al principio esto iba de poner flores pequeñas en las mesas, no sobre transformar, coger una localización y cambiarla completamente. Hacemos flores y son importantes porque ahora todo es una instalación de arte, de techos, de paredes, de suelos”.

“Cualquiera puede tener la boda perfecta”, afirma, aunque con condiciones: “Instagram es a la vez una bendición y una maldición. Las parejas que tienen un presupuesto moderado ven fotos en la red social y creen que pueden hacer lo mismo. No comprenden que el trabajo que lleva está a un nivel diferente. Que no esperen una instalación aérea de 500.000 dólares, pero pueden tener una versión más modesta, hecha con otros materiales. Es un tema de expectativas”.
Aunque su oficina está en Nueva York, él tiene la suerte de trabajar por todo el mundo. Sobre cómo se conciben los enlaces en diferentes latitudes, revela: “Siempre digo que la boda más simple en la India se considera exagerada en Estados Unidos. Su sensibilidad es distinta, celebran de otra forma. En el mundo, la mayoría de las bodas de Europa se consideran más simples. No diseñaría una boda en Los Ángeles con las mismas expectativas que había en la boda de los Ambani, porque son dos mercados absolutamente distintos”.










