La situación de la industria manufacturera es uno de los temas más debatidos de la agenda nacional. El sector atraviesa un momento complejo y heterogéneo analizable en tres planos: el nivel de actividad, la competitividad y el lugar de la industria en el largo plazo.
En el primer plano, el Índice de Producción Industrial Manufacturero del Indec cayó 9,4% en 2024 y se recuperó 1,6% en 2025. Sin embargo, a fin de 2025, continúa por debajo del máximo histórico de noviembre de 2017 y también del pico de 2011. La industria arrastra casi una década de estancamiento.
Detrás de los números agregados, conviven sectores con dinámicas divergentes. Alimentos y bebidas, refinación de petróleo, sustancias químicas y metales básicos exhiben desempeños relativamente más sólidos, apoyados en ventajas comparativas naturales, capacidad exportadora o mayor productividad relativa. En contraste, textiles, indumentaria, calzado, línea blanca, segmentos de autopartes y otros rubros enfrentan caídas pronunciadas, presionados por importaciones y por la debilidad del mercado interno. El mercado laboral formal refleja esta dinámica, con una caída en la cantidad de asalariados registrados (sin estacionalidad) del 4,6% entre enero de 2024 y noviembre de 2025 en todo el sector.
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Pero conviene ampliar la mirada. En las últimas dos décadas, la participación del valor agregado manufacturero en el PIB argentino ha tendido a disminuir hacia niveles cercanos al 15%. Parte de esta tendencia responde a dinámicas globales donde los servicios ganan participación. Sin embargo, en Argentina el proceso fue más marcado y estuvo asociado a inestabilidad macroeconómica recurrente, baja inversión y pérdida de competitividad sistémica.
Ese trasfondo estructural se combina con la coyuntura. El ordenamiento macroeconómico es condición necesaria para estabilizar la economía, pero estos procesos, sobre todo en sus etapas iniciales, están tensionados con la microeconomía de determinados sectores y empresas. Las elevadas tasas de interés encarecen el capital de trabajo, el atraso cambiario complica la competitividad, la apertura comercial incrementa la presión importadora y una demanda interna que no termina de reactivarse limita las ventas. Esto significa que la estabilización macro no es neutra en términos sectoriales, sino que fortalece a algunos y presiona a otros.
En ese contexto debe leerse la reforma laboral. La introducción de mayor flexibilidad contractual, la reducción de litigiosidad y los cambios en los esquemas indemnizatorios apuntan a reducir costos no salariales y aumentar previsibilidad. Esto puede mejorar el clima de inversión y facilitar decisiones de contratación en el mediano plazo, pero, mientras la demanda no se consolide, difícilmente se produzca una expansión significativa del empleo industrial.
Los cambios sectoriales actuales deben interpretarse en el marco de procesos más amplios de destrucción creativa. La apertura comercial, la innovación tecnológica y la reasignación de recursos generan ganadores y perdedores. Algunos sectores podrán adaptarse mediante mejoras de productividad, reducción de costos e integración en cadenas de valor más competitivas. Otros, en cambio, difícilmente recuperen el espacio que ocuparon bajo esquemas más cerrados.
Por eso, el debate sobre la industria no puede reducirse a la dicotomía entre “protección” o “apertura”. La cuestión central es cómo consolidar un entorno macroeconómico estable y, al mismo tiempo, generar condiciones de competitividad real para aquellas actividades con potencial de expansión, gestionando los costos sociales y productivos de la transición.
Más que un simple ciclo adverso, la industria argentina atraviesa un proceso de redefinición. La pregunta clave es qué tipo de industria tendrá Argentina en los próximos años como resultado de la combinación de dos elementos cruciales: el nuevo régimen de política económica y los cambios globales.
*Profesor de Economía en IAE Business School.










