Si uno recorre las orillas del siglo XIX argentino con atención, a veces encuentra figuras relegadas. La de Martiniano Chilavert es una de ellas: artillero, ingeniero, docente, patriota sin uniforme fijo, que terminó en un paredón de fusilamiento de Caseros.
Su biografía ilumina el temblor de una época: la educación ilustrada que coexiste con la pólvora, las convicciones que viran cuando el mapa del poder cambia, y el costo humano de las lealtades en guerras civiles que se llamaron “nacionales” pero desgarraron a compatriotas.
Nacido en Buenos Aires el 16 de octubre de 1798, hijo de un oficial de milicias, Chilavert pasó parte de su infancia y juventud en España, una matriz formativa que lo situó entre el mundo ilustrado y la disciplina castrense.
Volvió al Río de la Plata en 1812 con su padre, en la misma fragata Canning que traía a José de San Martín y a Carlos María de Alvear. Ingresó al Regimiento de Granaderos y obtuvo el grado de subteniente de artillería.
En 1820 se unió a la invasión de Buenos Aires de Estanislao López, combatiendo en Cañada de la Cruz y en Pavón. Terminó exiliado en Montevideo, volvió en 1821 y renunció al ejército para completar estudios de ingeniería, una decisión que habla de su doble vocación: la ciencia aplicada y la defensa.
Su participación en la Guerra del Brasil consolidó su experiencia en el conflicto regular, sumándose luego a las guerras civiles entre federales y unitarios, el teatro mayor de su vida pública.
Chilavert enseñó en un colegio secundario y en 1823 participó como ingeniero en la fundación de Bahía Blanca: un acto de Estado y de frontera que sintetiza el período, entre fortines, puertos y cartas geográficas que avanzan sobre el territorio.
Es un dato que revela una faceta menos conocida: el militar que también traza, mide, transmite, construye -la ingeniería como política y pedagogía.
Esa combinación de aula y batería artillera lo convertirá en un cuadro singular, capaz de leer el terreno con la mente del ingeniero y disparar con la precisión del artillero.
Como tantos oficiales de su generación, su trayectoria zigzaguea entre bandos en una década marcada por bloqueos, exilios y pactos.
En la batalla de Caseros, Martiniano Chilavert fue el jefe de la artillería de Rosas.
Imaginemos la escena: el mediodía de Caseros ya había sellado la suerte de Rosas. La batalla estaba perdida, pero en el centro del campo quedaba un hombre que no aceptaba rendirse.
Chilavert, ingeniero y artillero, sabía que la pólvora se había acabado, pero no la dignidad. Ordenó cargar piedras en los cañones y siguió disparando contra el ejército imperial.
Cuando ya no quedaba nada, se apoyó en el cañón, encendió un cigarrillo y esperó. No era un gesto de derrota, sino de desafío: “Aquí estoy, hagan lo que quieran”.
Lo fusilaron poco después.
Chilavert eligió resistir hasta el final, y en ese gesto se convirtió en un símbolo de la tragedia argentina. Su muerte en Buenos Aires, el 4 de febrero de 1852, marca la conclusión de una carrera atravesada por la Guerra del Brasil y las guerras civiles, y por el dilema de la unidad nacional en el lenguaje del cañón.
Si la historia es una conversación entre el presente y el pasado, Chilavert nos interpela con una pregunta incómoda: ¿qué pesa más, la fidelidad partidaria o la responsabilidad con la nación cuando la nación todavía se está inventando?
Ingeniero que fundó ciudades y coronel que sostuvo artillerías, Chilavert vivió en el punto exacto donde la tiza y la mecha se tocan.
Su paredón de fusilamiento en Caseros no clausura un traidor ni canoniza un héroe: abre un expediente sobre cómo decidimos quién merece memoria en un país que tantas veces confundió la pólvora con la verdad.










