Roger Federer se da una vuelta por Melbourne Park y el tiempo construye algo extraño. Ya no es aquel tenista deslumbrante, uno de los más grandes de todos los tiempos. Pero vuelve en un dobles de exhibición, en una y mil selfies, en sonrisas para todos, en la compañía ideal para una leyenda desde la primera fila de la tribuna, en las caminatas con su mujer, sus cuatro hijos y sus padres que se interrumpen con un saludo, con un gesto, con una declaración al paso a un periodista. Vuelve algo más íntimo que es una sensación de que si algo se hizo bien alguna vez y por mucho tiempo, eso queda en el aire de un modo permanente.
Federer fue mucho más que un deportista. Fue la elegancia sin arrogancia, fue la perfección aún con los errores lógicos de todo ser humano, fue la pulcritud con algún doblez y, sobre todo, fue la certeza de que, con él, algo muy grande siempre podía suceder.
Por eso el estadio Rod Laver se sacudió con su presencia cuando salió a la cancha “vestido” de tenista pero siendo todavía un tenista para jugar y divertirse con otras estrellas. Y luego la gente se emocionó y vibró con sus golpes perfectos, de libro, que todavía perduran.
Si hasta Novak Djokovic, el más grande de la historia, lo disfrutó en vivo. Lejos de los egos y las vanidades. Porque también el serbio sabe que si bien él ganó más Grand Slams que nadie, competir con Federer es imposible. Porque es único e irrepetible.










