Amanda Anisimova jugó por primera vez las semifinales de un Grand Slam cuando tenía 17 años y sobre el polvo de ladrillo de Roland Garros bajó a la campeona defensora, Simona Halep, para meterse entre las cuatro mejores. Esa actuación en París generó enormes expectativas por su futuro, pero las presiones y las exigencias del circuito fueron quemándole la cabeza y terminaron transformando al deporte que tanto amaba en un calvario. Así, a mediados de 2023, decidió tomarse un descanso para enfocarse en su salud mental. En los ocho meses que estuvo alejada del circuito, pasó un tiempo largo sin tocar una raqueta y perdió muchísimo terreno en el ranking. Pero aprendió a vivir el tenis de otra manera. Y en un 2025 que ya es el mejor de su carrera, llegó motivada a Wimbledon y, a paso firme pero sin hacer mucho ruido, volvió a meterse en las semis de un «grande».
La estadounidense, que ya tiene asegurado un lugar en el top 10 por primera vez, derrotó en cuartos de final por 6-1 y 7-6 (11-9) a la rusa Anastasia Pavlyuchenkova para romper una nueva barrera en el torneo. Y este jueves irá por el gran batacazo ante la número uno del mundo, Aryna Sabalenka.
«Muchas cosas cambiaron para mí desde aquella semis en Roland Garros. Mi ética de trabajo y mi profesionalismo dieron un vuelco de 180 grados. Ahora me preparo lo mejor que puedo, todo se centra en mi tenis, en cómo puedo llegar a la cancha lo mejor posible, además de recuperarme después de cada partido. Hace unos años tal vez no lo hacía así, aunque todo era nuevo para mí, cuando jugué esos cuartos en París era mucho más joven que ahora. Alejarme del tenis me ayudó a encontrar esta nueva perspectiva, este sentido de luchar por todo y aceptar los desafíos que se avecinan», analizó en los últimos días en Londres.
«Ha sido un año extraordinario para mí. Tantos puntos altos y disfruté cada momento», contó, feliz, tras su triunfo de cuartos. «Incluso en momentos como los de hoy, en los que no sabés si vas a cruzar la línea de meta, me sigo recordando que tengo que disfrutar. No pasa todo los días que podés jugar en esta cancha tan especial».
Nacida en Nueva Jersey hace 23 años e hija de inmigrantes rusos, Anisimova tuvo una gran carrera como junior -alcanzó el segundo escalón del ranking ITF de esa categoría y se coronó campeona en el US Open en 2017- e irrumpió haciendo mucho ruido en el circuito profesional en 2019, con ese histórico resultado en París. Pero a fines de ese año, cuando parecía que se afianzaba en la elite, sufrió un durísimo golpe. Konstantin, su papá y entrenador, falleció de un paro cardíaco, a los 52 años.
The smile on her face!
Amanda Anisimova takes down Anastasia Pavlyuchenkova 6-1, 7-6(9) to reach her first #Wimbledon semi-final pic.twitter.com/8QMwLHtGap
— Wimbledon (@Wimbledon) July 8, 2025
«Es lo más duro que me tocó vivir», le contó a mediados de 2020 a The New York Times.
En ese momento, el tenis era lo único que la mantenía a flote. Por eso, cuando unas temporadas más tarde empezó a sufrir con la competencia, los viajes y los entrenamientos, no dudó en decir basta. «Alejarme del circuito me hizo darme cuenta cuánto trabajo, sudor, lágrimas y dolor experimenté por este deporte», afirmó luego de pasar algunas semanas en el «retiro».
Estuvo cuatro meses sin tocar una raqueta. Retomó sus estudios de la licenciatura en ciencias empresariales con especialización en psicología. Trabajó como voluntaria, viajó, disfrutó de su familia y adoptó un nuevo hobbie, la pintura, que se convirtió en una gran vía de escape y en una manera de «hacer algo importante fuera del tenis», porque llegó a exponer y vender sus cuadros para ayudar a organizaciones benéficas.
Eventualmente se animó a agarrar una raqueta otra vez y en el primer entrenamiento, se dio cuenta que estaba disfrutando del tenis como hacía mucho no hacía.
Volvió al circuito en enero del año pasado, en el 373° escalón del ranking y sin muchas expectativas. En su segundo torneo, alcanzó los octavos de final en el Australian Open y se despidió ante Sabalenka; en agosto fue finalista en el WTA 1000 de Toronto; y cerró la temporada dentro del top 40.
Este año, conquistó en Doha su primer WTA 1000 (y su tercer trofeo) y alcanzó su mejor ranking, el 12° puesto que ocupa hoy, luego de jugar la final en Queen’s. Y en el All England -donde no jugaba desde 2022- fue dando pasos firmes hasta meterse por primera vez entre las cuatro mejores del certamen y convertirse la primera jugadora de su país en alcanzar sus dos primeras semifinales de singles en Grand Slams fuera de canchas duras desde Jennifer Capriati (Roland Garros 1990 y Wimbledon 1991).
Ahora tendrá el desafío mayor, enfrentar a una Sabalenka que llega con mucho hambre de gloria, tras haber perdido las finales en los dos primeros Majors del año, pero que se mostró muy vulnerable en cuartos ante la alemana Laura Siegemund, a quien le ganó 4-6, 6-2 y 6-4 con muchísimo trabajo.
Las expectativas volvieron a aparecer alrededor de Anisimova. Y ella misma contó que empezó a sentir la presión de saber que está ante una gran oportunidad. Pero todo lo que aprendió durante ese parate hace una par de temporadas la preparó para encarar este tipo de situaciones.
«Al final de cada día intento recordarme a mí misma que solo debo concentrarme en el presente, disfrutar del momento, enfocarme en los aspectos que puedo controlar y alejarme de todo lo demás», explicó la estadounidense, de niña prodigio a semifinalista de Wimbledon.










