Se casó con el hijo de Gilda y la rompe en redes con consejos para criar sin excesos de pantallas

Se casó con el hijo de Gilda y la rompe en redes con consejos para criar sin excesos de pantallas


En medio de una reunión familiar, un niño mantiene la cabeza gacha, la mirada fija en el teléfono celular. No importa de qué se habla a su alrededor, si lo mencionan o no. La hipnosis es más fuerte.

“Las pantallas están destruyendo lentamente a nuestros niños, niñas y adolescentes. Y a los adultos también”, dice Brenda Tróccoli, especialista en crianza y familias, puericultora, coach y autora del libro El nudo invisible (Planeta, 2025), que propone una forma de criar con menos pantallas, mayor autoconocimiento y momentos de comunidad.

Con más de 500 mil seguidores en su Instagram @brendatroccoli, Tróccoli comenzó a compartir sus conocimientos en redes de forma descontracturada, a veces casi como una catarsis, intentando hacer visible lo que duele, lo que no se dice de la maternidad y la crianza.

El disparador para adentrarse en el tema (hoy está a punto de recibirse de licenciada en psicología) fue su propia experiencia como víctima de violencia obstétrica cuando a los 23 años fue mamá por primera vez junto a su pareja, Fabricio “Chío” Cagnin, músico e hijo de la cantante Gilda.

La historia de la leyenda de la música tropical -que en sus inicios trabajó como maestra jardinera-, afirma Tróccoli, está presente en el día a día familiar como un ejemplo para sus dos hijas. “Fue una mujer que se superó a sí misma, que luchó por concretar sus sueños”, asegura.

Tróccoli propone que, para mejorar la crianza y resolver los problemas que enfrentan las familias, es necesario que sean los adultos los que reflexionen primero sobre su propia niñez y qué heridas les quedaron de ese período que hoy condicionan su paternidad.

“Si la crianza que nosotros le damos a nuestros hijos impacta en su vida adulta, ¿cómo no nos va a impactar nuestra propia crianza en cómo nosotros estamos criando?”, interroga.

En el caso de los celulares, Tróccoli los define como “la adicción permitida” que afecta a chicos y grandes. El uso de la tecnología cambió y la pantalla dejó de ser una herramienta de distracción momentánea.

“Lo que era una parte del día, ahora es parte de la crianza. Si nosotros estamos las 24 horas con el teléfono, ¿cómo los niños no lo van a querer? Además, son dispositivos que están hechos para ser adictivos porque generan altos niveles de dopamina y se normalizó que cada integrante de la familia tenga su propia pantalla a una edad cada vez más temprana. Pero primero tenemos que aflojar nosotros”, advierte.

Entre los riesgos del uso excesivo del celular -que se profundizó con la pandemia-, Tróccoli menciona que, según un estudio publicado en JAMA Network Open (la revista de la Asociación Médica Estadounidense), “se observó un 35 por ciento más de síntomas de depresión por exposición prolongada y en los casos registrados de cyberbullying se duplicó el riesgo de ideas suicidas o uso de sustancias”.

Asimismo, la luz azul de la pantalla altera el ritmo circadiano, lo que perjudica el sueño y puede aumentar “el riesgo de depresión y bajo rendimiento académico” en niños y adolescentes.

En el último tiempo, en la Argentina y otros países se formaron grupos de madres y padres que se juntan para unificar criterios y retrasar la compra de un smartphone para sus hijos. De esta manera logran evitar que los niños se comparen entre sí y pidan un teléfono “porque todos lo tienen”.

Para Tróccoli, es importante hablar del uso responsable de los dispositivos con los niños a medida que van creciendo.

“No es la prohibición total. Es importante dialogar, supervisar lo que ven y explicar por qué se toman determinadas decisiones. Yo propongo que se determinen momentos para usar el celular, no llevarlo a la habitación y llegar a acuerdos en los que los chicos se sientan escuchados. Hay que manejarse con el prisma de lo que es posible y cada familia va a hacerlo lo mejor que puede”, sugiere.

Además, agrega, es necesario que organismos estatales intervengan y comuniquen los riesgos del uso del celular y cómo es posible emplearlos mejor.

En 2024, ejemplifica, el Gobierno porteño prohibió el uso de dispositivos digitales personales en las aulas en todos los niveles educativos: se pueden utilizar sólo con fines pedagógicos en secundaria.

Lo que está en la base

El nacimiento de Delfina, su hija mayor, fue un quiebre en la vida de Tróccoli. No sólo por la situación de violencia obstétrica que vivió durante su cesárea, sino porque las dificultades que se le presentaron después no se condecían con la “maternidad rosa” que ella esperaba.

“La lactancia me costó muchísimo. Mucho tiempo después me di cuenta de que tenía que ver con lo que me pasó en el parto, pero en ese momento tenía un deseo muy fuerte de poder amamantar a mi hija y me puse a investigar”, dice Tróccoli y recuerda que encontró un grupo en Facebook que se llamaba Amamantar en red.

“Ahí descubrí a las puericultoras -agrega-, pero en lugar de llamar a una dije: ‘Yo quiero ser una puericultora’. ¡Fue medio kamikaze! Me recibí cuando estaba embarazada de mi segunda hija.”

Fue así que empezó a tener consultas con familias y notó que muchos padres manifestaban una “desconexión” o “baches emocionales” que nada tenían que ver con la posición del bebé a la hora de amamantar.

“Ahí había heridas invisibles. No son grandes traumas, sino cosas que tienen que ver más con lo cotidiano que vivieron esos padres cuando ellos eran niños. Se intenta desplazar el conflicto hacia afuera, decir ‘a mi hijo le cuesta gestionar las emociones’, ¿pero por casa cómo andamos?”, plantea.

En su libro, Tróccoli se apoya en estudios previos para afirmar que, aunque los recuerdos nítidos se forman entre los 5 y los 7 años, la memoria emocional “se empieza a formar desde que los bebés están en la panza de la mamá”.

Algunas experiencias pueden dejar “heridas invisibles” que se exteriorizan durante la adultez en el momento de la crianza a través de lo que llama “mecanismos de supervivencia”, como puede ser el deseo de salir corriendo cuando un hijo no para de llorar, la sensación de malestar, de distancia, de tener un nudo en el estómago ante alguna dificultad.

“Con el coaching se hace un trabajo de detective porque hacés preguntas a los consultantes para que ellos mismos traigan las respuestas. Poner palabras donde hay silencio trae una sensación de alivio porque pueden decir ‘yo actúo así porque de chico conmigo hacían esto’ y ahí empezar un cambio. Esto se puede ver en procesos terapéuticos más profundos, yo abro una puerta de entrada”, señala.

El nudo invisible. El libro de Brenda Tróccoli. Editorial Planeta. $ 39.900.

En El nudo invisible. Sanar tu origen para darles a tus hijos un mundo emocional seguro, Tróccoli propone esta mirada introspectiva. Además, recurre a la Teoría del Apego del psicoanalista inglés John Bowlby para darle herramientas a los padres para que logren formar vínculos seguros teniendo en cuenta los desafíos que existen hoy.

El libro está escrito en un tono personal, íntimo, porque “la maternidad es un momento muy vulnerable y yo no quiero estar con el dedito diciéndole a alguien que tiene que hacer así o asá”. Y explica: “Lo que comunico es una filosofía de vida, una crianza respetuosa y consciente”.

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