“El infierno son los otros” decía Sartre, pero Severance (Apple TV) dice que el infierno son las grandes organizaciones. El guión no lo expresa así con estas palabras, sin embargo las dos temporadas (2022 y 2025) dan forma y figura a un infierno terrenal organizado por seres humanos.
Severance nos encierra en Lumon Industries -un infierno helado y corporativo- en el que es posible trabajar con un microchip inserto en el cerebro que divide la vida laboral de la vida personal. Gracias al chip, no hay memoria entre el adentro y el afuera. Kafka, Dante Alighieri y C.S. Lewis -además de J.P. Sartre y quizás René Girard -parecen integrar el equipo de guionistas liderados por su creador Dan E. Erickson y dirigidos por Ben Stiller.
¡Spoilers Alert! Severance transcurre en un infierno distópico (¿habrá uno utópico?) donde siempre está nublado o es de noche, mientras que la luz brilla sin sombra en los pasillos de la empresa -blancos e inmaculados como un quirófano. Sus protagonistas, muchas veces, usan un sonriente y quirúrgico lenguaje empresarial. Con él se describe lo que sucede en términos de porcentajes, como por ejemplo el “índice de afecto”.
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Con él se escriben carteles que en las paredes animan al empleado y refuerzan la ética corporativa:“este es un palacio sin malicia” (No-Malice Palace!). Se les dice “Lumonte escucha”, pero esto solo significa que los están espiando. Se les ofrecen experiencias outdoor -como acampar en la nieve- para reforzar el trabajo en equipo y cada tanto, se controla su bienestar con auditores independientes.
Los líderes consultan sus decisiones en manuales perfectamente impresos y reciben evaluaciones de desempeño donde se les observa -de modo irritante- algún error formal o menor y algún rasgo de su particular forma de ser.
La tesis de Severance es que un infierno organizacional se consolida con cada individuo que se separa de sí mismo, con cada integrante de la empresa que no es “el que es” de verdad. No se trata solo del chip, sino de que la separación (severance, en inglés) les permite huir del dolor (Mark S. y Harmony C.), huir del conflicto interno (Helly R.) o evadir la vergüenza o la debilidad (Dylan G.) como si nada de esto les perteneciera.
Severance es una metáfora del sufrimiento, tanto del que padecemos como del que infligimos a otros en el contexto de las organizaciones. Allí el sufrimiento se sirve de la burocracia -y se recicla en ella. Al reciclarse se enmascara, se enclaustra, se encierra y adquiere diversas formas corporativas. Algunas son calmantes -o paliativas- como las recompensas de la primera temporada. Estas intentan satisfacer el deseo de reconocimiento humillando al que las recibe. Otras tienen la forma de rituales o de sacrificio de chivos expiatorios.
Hace 100 años murió Franz Kafka y nos dejó una palabra única: “kafkiano”
En la segunda temporada, cuando despiden a Irving B. de Lumon, los que lo sobreviven le rinden un tributo caníbal: se comen una cabeza de sandía tallada con el rostro de Irving. Y en su “lápida” reza que Irving B. vivió del trimestre 870 al 882. Su vida se mide en quarters al igual que el desempeño financiero de la corporación.
El yo se transfiere a un ser burocrático, colectivo, despersonalizado o anónimo que los habilita a hacer sufrir a otros.»
En Severance, el infierno es sostenible gracias a que la gente ha decidido no ser ella misma. Severance los hace corresponsables: reciclan su debilidad y su dolor y los convierten en poder.
El yo se transfiere a un ser burocrático, colectivo, despersonalizado o anónimo que los habilita a hacer sufrir a otros. La gran burocracia le permite al yo esconderse de los otros (tanto como antes ya se había escondido de sí mismo mediante el proceso de severance que le ofrece el chip). La gran organización le facilita convertir a otros en víctimas sacrificiales que sufren en su lugar -vicariamente- catalizando de este modo y sin culpa el dolor que quiso y supo evadir.
Severance quizás confirma lo que decía la novelista norteamericana Flannery O’Connor: que describir el infierno es mucho más fácil que describir el Cielo. Christopher Nolan, el director de cine, dice lo mismo que ella. Sin embargo, en Severance, los destellos de amor entre algunos de los personajes y los deseos de liberación de algunos despejan finalmente el cielo de nubes, derriten un poco la nieve y les hacen surgir auténticas ansias de reintegración, de volver a ser ellos mismos, de unir el “yo de adentro” de la empresa con el “yo de afuera”.
Flannery O’Connor (1969) decía que describir el infierno no es de ningún modo caer en el pesimismo. Por el contrario, la narrativa cruda o la ficción horrorosa intentan golpear la “cabeza dura” del lector y hacerlo consciente de la necesidad de redención. Se me ocurre que Dan E. Erickson también tuvo a Flannery en su equipo de guionistas porque en Severance, la gracia y la esperanza se atisban -por ahora- como libertad y como amor.
Veremos qué pasa en la tercera temporada.










