Son muchos los intentos de explicar el curioso caso de Argentina, dado que, pese a contar con generosos recursos naturales y humanos, sufre un estancamiento económico que lleva a la pobreza de muchos. Curiosidad que invita a indagar sobre el papel que las orientaciones ideológicas de los gobernantes juegan en los resultados económicos y sociales de las sociedades que gobiernan.
Los prototipos de sociedades que surgen de esas orientaciones serían: 1) una social democracia que suma liberalismo político y propiedad privada de los medios de producción, promoviendo un desarrollo económico creativo de una riqueza que permite un relativo bienestar material en sus ciudadanos; 2) sociedades que, haciendo una lectura infantil de El Manifiesto de Marx, socializan los medios de producción, con lo que generan una riqueza insuficiente, que se traduce en pobreza generalizada; y 3) un híbrido que muestra sociedades gobernadas con mayor o menor apego al liberalismo político, pero que pese a no socializar los medios de producción, no se ocupan del desarrollo económico o peor aún, ponen trabas a los inversores que llevan a un subdesarrollo económico responsable de la pobreza.
En base a estas ideas generales revisemos las ideologías (explícitas o no) de las fuerzas políticas que nos gobernaron en las últimas décadas, así como su relación con nuestros niveles de pobreza. Comenzamos con el gobierno de Perón, quien después de una primera etapa “combatiendo al capital”, durante su segundo mandato organiza en 1952 un Congreso de la Productividad, que aprueba políticas que invitaban al capital nacional y extranjero a invertir en el país, y así salir del estancamiento económico. Propuestas enarboladas también por Frondizi, pero las que, al igual de las propuestas desarrollistas de Perón, son clausuradas por golpes de Estado de militares oscurantistas, en sintonía con valores de la Iglesia católica que prefiere la pobreza del rebaño, tal como surge de su prédica en cuanto a “ser más probable que un camello pase por el ojo de una aguja antes que un rico llegue al reino de los cielos”.
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Recuperada la democracia ejerce el poder el radicalismo; gobierno que se ubicaría más como ejemplo de socialdemocracia por su fuerte apego al liberalismo político, pero que llega a deshacerse de su ministro Sourrouille, quien proponía medidas que favorecían el desarrollo económico; llevando a una parálisis productiva y golpe inflacionario que, entre otras cosas, alimentaron la pobreza. Lo sigue el gobierno de Menem, quien prometía una revolución productiva que, de cumplirse, hubiera sido un gran paso hacia el desarrollo económico y el combate a la pobreza. Sin embargo, después de un primer mandato relativamente exitoso pierde el rumbo durante el segundo, con poco desarrollo y mucha corrupción. La insignificancia del corto período de De la Rúa favorece la crisis del 2001, de la que surge el kirchnerismo. Fenómeno político económico que se conoce como “populismo”, con una política que pone trabas al capital productivo (con excepción de los empresarios amigos), la que fue acompañada de un uso corrupto y dispendioso del Estado que, junto a rentables negociados particulares, lleva a un descontrolado asistencialismo que intentaba sustituir la falta de empleo genuino.
Escenario este último que lleva a preguntarnos por qué, pese a los niveles de pobreza derivados de esa práctica, el kirchnerismo recibió apoyo electoral durante décadas. Algunos piensan en la influencia de una ideología conocida como “socialismo del siglo XX”. Sin embargo, la explicación podría ser menos ideológica y más pragmática. Al poner trabas al capital competitivo y sustituirlo por un capitalismo de amigos, consagra un escenario de escaso empleo genuino y abundante pobreza. Escenario que se enfrenta echando mano a un fuerte asistencialismo desde el Estado, el que corroe la libertad de los asistidos en cuanto a tomar decisiones propias; sometiéndolos al poder de los que distribuyen esas “ayudas”.
Se crea así un “ejército electoral de reserva”, que les aseguraba el renovado apoyo electoral del fuerte contingente de asistidos por temor a perder esa “ayuda”. Algo similar a lo hecho por la burguesía durante la primera revolución industrial, cuando aprovecha la masa de desocupados generada por la aparición de las máquinas, para imponer sus propias condiciones de trabajo y de salarios a los “privilegiados” que tenían empleo. Es lo que Marx llamó “ejército industrial de reserva”; al servicio de la burguesía dominante
*Sociólogo.










