Sylvie Geronimi, la zapatera que diseñó para celebrities como Marilú Marini y Brigitte Macron

Sylvie Geronimi, la zapatera que diseñó para celebrities como Marilú Marini y Brigitte Macron


“Un diseño cobra vida cuando una mujer lo interpreta”, dice Sylvie Geronimi, diseñadora de calzado con más de 35 años de trayectoria. Lo dice y lo repite como un mantra, en el espacio cuasi sagrado de su atelier boutique de Palermo.

Ex actriz de teatro en Europa, esta mujer franco-argentina, defensora a ultranza del lujo artesanal, fue creando calzado con sello propio, inconfundible. Sus zapatos evolucionaron a los pies de las mujeres que crecieron rompiendo techos de cristal y asumieron una nueva feminidad.

A finales del siglo XX y en la actualidad, ya no se comulga con el precepto de la incomodidad glamorosa -tacos, zapatos de punta- y hoy se aspira al confort sin descuido de la estética. Las zapatillas dieron un paso al frente saliendo del circuito deportivo y las hormas se hicieron amigables para jóvenes que calzan 40.

“Mi padre fue un diplomático francés y mi madre es argentina, pero vive en Francia. Yo nací en Malasia, a él le interesaba mucho el Sudeste asiático y fue un precursor al entrar en los mercados asiáticos, en los años ‘50 -dice Sylvie, abriendo su relato-. Vivimos luego en Singapur, pero cuando yo tenía 8 años -éramos 5 hermanos-, por nuestra educación y por mi madre argentina que no quiso mandarnos a un internado, como hacían los diplomáticos en ese entonces, volvimos a Francia.

Conocí un taller donde fabricaban zapatos para policías y me dije: ‘Acá quiero quedarme y hacer zapatos’.

Sylvie GeronimiDiseñadora

La casa familiar estaba a 30 kilómetros de París, en Chevreuse, y allí hice el primario. El secundario fue en un colegio de París. A mí siempre me gustó el teatro. Hice talleres e inclusive trabajé profesionalmente. Pero mi padre, Jean Geronimi, me dijo que alguna otra carrera tenía que hacer. Él había trabajado mucho con la alta costura francesa -era como un embajador de la Haute Couture-, y a mí me encantaba ese mundo… Christian Lacroix dice que la alta costura es la unión de sus dos amores, que son el teatro y la moda. Entonces entré a la École de la Chambre Syndicale de la Couture Parisienne que hoy es el Institut Français de la Mode (IFM).”

-Y fue un antes y un después.

-Fue un flash. Disfruté moverme entre maniquíes y empecé a mirar las prendas como esculturas. Hice los dos primeros años y en el tercero había que presentar una colección. Pero no lo cursé porque empecé a trabajar con Balenciaga, mientras hacía sombreros, como autodidacta, y los vendía bien.

-¿Qué hacía en Balenciaga?

-Aprendí cómo funcionaba la alta costura, los procesos, el diseño. Pero aquí me di cuenta que yo no me imaginaba solo diseñando. Yo me veía diseñando y haciendo.

– ¿Y cómo llegó su conversión a zapatera prodigiosa, parafraseando a Lorca?

-Viajé a Brasil de vacaciones, en Río conocí unos argentinos que me incitaron a visitar Argentina, donde había sido la Bienal de Arte Joven. Yo había estado en Buenos Aires para un casamiento cuando tenía 14 años. Pero en ese momento yo era otra. Me alojé en casa de una tía y descubrí que la familia de mi madre amaba el arte y mi primera salida fue a la Galería de Ruth Benzacar. Conocí a la periodista Felisa Pinto y a una arquitecta joven, Marcela Pico, que armaba desfiles para marcas de jeans. Y ahí me entero que la marca Marithé + François Girbaud necesitaba zapatos. Me engancho con un chico y hacemos los zapatos. Y gustaron. Entonces me dijeron lo que quería oír. Que en este país diseñás y realizás; las dos cosas juntas. ¡Me encantó!

-Hasta ese momento los zapatos no estaban en su universo…

-Los dibujaba, pero no sabía hacerlos. Entonces aparecí en un taller donde fabricaban zapatos para la policía. Y me dije: “Acá quiero quedarme. Quiero vivir en este país, armar un taller, aprender y hacer zapatos”. Y conocí a Natalio Fischetti, un gran maestro y como un abuelo para mí. Dueño de un taller que en su época había hecho chinelas para exportar a Japón, que había cosido calzado porque no existía el pegamento… Conocí gente mayor con expertise: armenios, italianos.

-¿Cómo empezó a vender su propia producción?

Me vinculé al mundo de la moda, diseñaba para una marca francesa: iba y venía de Francia. Pero no me veía viviendo ahí. Era el año 2000 y acá estaba complicado. Además, me separé de mi primer marido argentino con quien no tuve hijos. Pero a pesar de todo, fui haciendo zapatos para Via Vai y Cemento que después fue Ona Sáez. Y Carlos Sáez, con su generosidad, me ayudó a tener mi primer taller.

¿Había diferencias sobre cómo se trabajaba en Europa y acá?

-Para mí el oficio, hacerlo todo, desde el diseño a la ejecución, era algo que me hacía feliz. Allá, en Europa, cada parte del proceso estaba en diferentes manos. Además, yo me encerraba en el taller de Natalio y era feliz, disfrutaba… No pensaba si las cosas eran rentables.

Un buen zapato con el taco adecuado empodera a una mujer

Sylvie GeronimiDiseñadora

-¿Cuándo decide tener su propio taller, invertir, tener equipo?

-La inversión se fue generando con mi trabajo en Ona Sáez. Y también vendí a María Vázquez, Martín Churba, Fabián Zitta, Lonté y para marcas que ya no están como Anonimato o Rosita Lazo. En 2008 supe que, si quería quedarme, tenía que tener algo propio. Si quiero armar mi historia, tengo que poner mi propia boutique en Buenos Aires, pensé. Y aquí fue clave la ayuda de una súper amiga del teatro -con ella fundamos una compañía- que vi en Francia y que trabajaba en finanzas. Me ayudó a armar la boutique en la calle Guido, en Recoleta. Fue un local espectacular que me alquiló Manuel Zamora, donde él y su hermano exhibían sus muebles. Fueron 12 años.

-¿Por qué se fue de Guido?

– En la boutique mostrabas productos terminados y yo también quería mostrar la factura de un zapato artesanal.

-¿Cuáles son los pasos?

-Todo empieza con el diseño, sigue la moldería, el cortado, el aparado, el armado sobre horma y la colocación de plataforma, suela y taco. Después se manda a un taller de pulido, una parte muy específica del proceso, donde lo pulen y laquean. Vuelve y pasa a empaque donde el zapato se saca de la horma, se pone el número en la suela, la plantilla interior con la marca y así terminado, va a la caja.

-¿Y no podía llevar el taller al local de Recoleta?

-Justamente mi sueño era unificar los espacios. Pero en Recoleta no te habilitan un taller de calzado, porque implica uso de pegamentos y gases. Se admiten en Palermo, donde tenés fabricantes de botas de polo, talabarterías y, antiguamente, casas de compostura de zapatos. Igual yo insistía, pero llegó la pandemia y la vida nos llevó por caminos insospechados. Entonces dije, tenemos que armar talleres en provincia de Buenos Aires porque la gente, mis artesanos, no pueden viajar a Capital. Armamos una parte. Pero bueno, todo empezó a ser un chino hasta que un día entré acá, a Uriarte, que era todo taller. Y le dije a mi marido, estamos pensando en algo que no estamos pudiendo hacer. Y así decidimos refaccionar esta hermosa casa y hoy, sueño cumplido. Todo en uno, atelier y boutique.

Sylvie Geronimi tiene zapatos atemporales. Foto: Fernando de la Orden.

-Tiene otro marido y está con usted en el negocio.

-Sí. Lo conocí en 2004, también argentino. Se llama Morris Iglesias, mitad irlandés, mitad español. En los papeles es Mauricio, el padre de mi hija Nina que tiene 13 años. La tuve a los 45, casi 46. Como madre grande, capaz que te faltan cosas, pero te sobran otras. Me pasa que hacemos intercambio de información con madres del colegio, el Liceo Francés, que podrían ser, algunas, mis hijas. La diferencia de edad no significa necesariamente falta de afinidad o edadismo.

– Siempre le dio valor a lo artesanal y a los materiales nobles. ¿Lo suyo es lujo artesanal?

-Claro. Y hay algo más. Cuando hablo de lujo tengo que hablar de oficio. Porque no hay verdadero lujo si es industrializado. No digo que las industrias sean malas, digo que tienen que estar al servicio del oficio. El artesano trabaja y se siente respetado, entonces lo hace con orgullo. Esto es lo que me interesa y lo que siempre quise transmitir. Por eso hemos formado y seguimos formando gente. Aquí trabajó el padre y continuó el hijo. Nuestro armador actual, Víctor, es el hijo de Celso que fue el primero que tuvimos y falleció. Recuerdo cuando me llamó la mamá de Víctor para decirme que quería que su hijo se formara conmigo. Una satisfacción.

-¿Hay escuelas de oficios en Buenos Aires como en Europa?

-No. Hay escuelas técnicas o el INTI o clases que se dictan en el Centro Metropolitano de Diseño… pero son cosas desmembradas. Hay gente muy copada que enseña muy bien y da talleres… Gracias a la capacitación, se puede trabajar el confort en el zapato, cosa que es fundamental. No solo por una cuestión de bienestar, sino porque un buen zapato con el taco adecuado, empodera a una mujer. Tengo una clienta, médica, súper detallista en su atuendo. Una profesional destacada que asiste a congresos y da conferencias, pero no es muy alta. Para ella es fundamental sentirse arriba de un zapato alto.

Viví rodeada del mundo del arte, el cine, la literatura y el teatro.

Sylvie GeronimiDiseñadora

-Dice: “Un diseño cobra vida cuando una mujer lo interpreta”.

Me ocurrió encontrarme con mujeres en un museo, en un restaurante que usaban mis zapatos. No me daba cuenta de que eran míos. Las miraba de arriba abajo porque las veía elegantes y cada una, con su estilo, usaba mis diseños. A partir de esto empecé a hacer ciclos que se llaman Mujeres en sus zapatos, donde cada una recibe un par y expresa con qué prenda lo usaría, para qué ocasión.

-¿A qué celebrities les vendió?

-Cuando estuvo en la Argentina, le regalé un par a Brigitte Macron. Le hice zapatos para una película inglesa que en parte se filmó acá, a la actriz y cantante Charlotte Gainsbourg. A Carla Peterson, a su mamá… a María Elena Walsh le hice zapatos hasta que falleció. Alejandra Radano es una clienta y amiga. Y tan fan de mis zapatos que acaba de aceptar un nuevo musical y en el contrato puso que el calzado tiene que ser mío. A ella la conocí cuando trabajaba con Alfredo Arias, gran honor de conocer a Alfredo. Le hice también unas botas bucaneras a Marilú Marini y todo gracias a Alejandra que me iba presentando gente tan valiosa. Alejandra es amante de los oficios, ve el teatro y el ser actor como un oficio en capacitación permanente. Del espectáculo, mucha gente elige mis zapatos: Nacha Guevara y Reina Reech…

Mujeres, a sus zapatos

Sylvie ha recibido varios premios como L’Escarpin de Cristal (Paris 2003) y Le Lyon d’Or (Lyon 2004). Expuso en el Centro Iberoamericano de la Cultura (ICI), la Galería Art House, el Centro Cultural Recoleta, el Centro Cultural Borges y el Museo Nacional de Bellas Artes. También en la Alianza Francesa de Buenos Aires hizo una exposición del proceso con el que realiza zapatos. Esta muestra se presentó luego en una galería parisina de arte.

Sylvie, además de ser una gran diseñadora de zapatos, es mamá. Foto: Fernando de la Orden.

-¿Se viene una nueva edición del ciclo Mujeres en sus zapatos?

-Sí, esta vez la protagonista será Carla Peterson con una estética inspirada en la Nouvelle Vague del cine francés. Es un concepto artístico, una cápsula para redes, que celebra la esencia de las mujeres que se atreven a ser, crear y expresarse de manera auténtica. En esta edición se remarca a la mujer libre y audaz, que vive su vida con pasión y determinación. Yo viví rodeada del mundo del arte, el cine, la literatura y el teatro. Y la Nouvelle Vague fue la inspiración de toda mi vida. Mientras iba creciendo, mi amor por la moda y el arte se fusionaban con mi admiración por directores como Jean-Luc Godard y François Truffaut.

-¿Qué estilos integran su colección otoño-invierno?

-Yo no hago todo nuevo. Me gustan las transformaciones, pero muchas veces tengo clásicos que considero atemporales. Puedo modificarlos, ponerles plataformas. No hago liquidaciones. Tengo los uniques que son los pares que quedan, con único número. Hago desde el 33 hasta el 42, aunque no todos los modelos. Porque no todo diseño queda bien en 42, por ejemplo.

– ¿Realiza medidas, piezas únicas como si fueran vestidos de Haute Couture?

-Hay tres instancias. Una, llevás un zapato tal como lo diseñé. Otra, pedís un taco distinto y otro color de cabretilla, entonces yo considero que el zapato está personalizado. Y otra opción, ves un zapato original, pero querés cambiarlo tanto, que es hacerlo todo de nuevo, a medida y a gusto personal, siempre con mi asesoramiento. Tengo que empezar haciéndole una toile (un borrador), tomando medidas, con un nuevo molde. Viene, lo prueba y se hace el retoque. Obviamente, son tres precios diferentes.

Sylvie Geronimi tiene esa alquimia creativa que mezcla la esencia de su espíritu francés con una pasión latina, que pudo expresar con libertad, cuando eligió una vida argentina. Digámoslo en francés: ¡Chapeau!

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